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MI ENCUENTRO CON CLEMENTE DOMÍNGUEZ, EL PAPA DEL PALMAR


«Recuerdos de lo preternatural»

Sede «pontificia» de Clemente Domínguez el papa de Palmar de Troya


Ahora cuando está de actualidad la muerte de Pedro II el papa de Palmar, me he decidido  a narrar algunas  experiencias «sobrenaturales» (entiéndase el adjetivo) que desde entonces me han dejado vacunado contra la avidez de lo extraordinario en la vida espiritual.

Por una amiga, testigo de las apariciones de NªSª en Garabandal pude contactar con algunos grupos «aparicionistas» que por entonces pululaban en  España. Era en los años ochenta. Margarita, que así era su nombre y que en gloría esté, había oído de una de las videntes de San Sebastián de Garabandal que la Virgen había dicho de ella que era una «buena hija mía». Y esto bastó para mantenerla en una envidiable espiritualidad. Era  alérgica a las «apariciones». Para ella sólo existía Garabandal. Además tenía un instinto  notable para detectar «desviaciones» e interferencias diabólicas. A las personas «mareadas» con tantas apariciones y que además escribían sobre ellas, ella los calificaba de «podriditos». Omito nombres por razones obvias. Esa fue la razón por la que no quiso participar en la excursión a la que me sumé  por curiosidad.

Salimos por la mañanita de un día de un año que quizás era de los primeros de la década de los ochenta. Nuestro objetivo era visitar el paraje boscoso de una pedanía cercana a Fátima. Su nombre era «Ladeira de Pinheiro«. Allí acudían muchos españoles (más que portugueses que en esto al parecer eran más sensatos) con ganas de ver a la «Mística«. Esta era una mujer de edad mediana  «favorecida» por imnumerables carismas «sobrenaturales» . Me acuerdo que la saludé con algo de miedo. Los comarcanos portugueses le llamaban la «bruja». Yo tenía miedo de sus dones de «adivinación de la conciencia» y sobretodo por las predicciones proféticas que pudiera hacerme. Recuerdo que en el claro de bosque donde estaba su casa había un pequeño huerto en el que trabajaba ajeno a todo su marido (o lo que fuera). A este huerto ella lo llamaba el jardín del Paraiso  y de su marido decía que era San José. En una dependencia de su casa había una lámpara de aceite que nunca se consumía. También había una mata de larga cabellera que al decir de los devotos no dejaba de crecer. Todos iban con avidez de ver y presenciar cosas «sobrenaturales». Pronto me tocó ver algo que, de ser cierto, estaba entre lo maravilloso y lo sacrílego. En un pequeño espacio del predio había decenas de «hostias» por el suelo. La Mística, cuyo nombre era Concepciaô, decía que había sido el arcángel San Miguel quien las había traído del cielo, y esparcido, por el suelo.

Pero aún me tocó ver más. Un hombre vino sujetando a su joven hijo, como de 12 años, que al parecer estaba endemoniado. Los acompañaban algunos familiares que clamaban por su curación. El chico daba gitos en medio de convulsiones y alaridos. Se le pudo reducir con dificultad y acostarlo sujetado en el suelo. Yo pensaba en la escena similar que nos narra el evangelio. La Mística armada de una rama de árbol previamente mojada en agua bendecida por ella misma, hizo aspersiones al niño que padecía enormes convulsiones echado por el suelo. Todos teníamos la mirada fija en la escena y sobretodo en el cuadro horripilante del niño «endemoniado». Yo gravé en mi pequeña grabadora los ayes y quejidos en medio de increpaciones, quizás blasfemas,  del joven endemoniado, o del demonio por medio de él (Más tarde hice oir la grabación a un familiar próximo que se mostró horripilado por aquellos gritos. Fue necesario deshacerme de aquella grabación con aquellas voces del demonio). La Mística conjuró a Satanás para que saliera de aquel cuerpo con grandes voces de imperio e increpación.»Sal espíritu maligno..»etc.. El agua «bendita» rociaba la cara y pecho desnudo de aquel joven. De repente ante nuestro asombro el niño se incorporó tranquilo pidiendo a voces la Cruz para besarla. «A cruz, a cruz» sollozaba entre lágrimas». La Mística le cogió de la mano y  lo entregó a su padre que se mostraba agradecido, también entre lágrimas.

Pero no acabó ahí la cosa. Un amplio grupo de devotos acabó rezando  el rosario quizás dirigido por la Mística (ya no recuerdo muy bien). Muchos de ellos caían por el suelo en las más extravagantes posturas, en «éxtasis». Los extáticos, que se contaban por decenas,  estaban ajenos al mundo que los rodeaba y quizás vivían una experiencia sobrenatural. Me fijé en una compañera de viaje a la que llamábamos la «Marquesa».. Al parecer era aficionada al «turismo»religioso aparicionista. Debía de gozar de una boyante situación económica. Vivía en un buen piso de una zona selecta de Madrid. El título de su marquesado no lo recuerdo. Iba siempre acompañada de un grupito que como suele suceder en casos similares, se beneficiaban de su rumbosidad, y de los extras que ella solía pedir a los camareros de los sitios donde parábamos. Como anécdota diré que utilizaba palabras propias de su alcurnia y condición. Por ejemplo pedía un «rosée» y no un clarete o vino rosado. También vestía elegantemente. Se tocaba de una gran «pamela» que contrastaba bastante con las cabezas de un simple peinado de las demás féminas. Esta dama cayó en extasis de rodillas y con los brazos en cruz. Yo me fijé bastante en el cuadro que ofrecía su faz transida de misticismo y lágrimas abundantes defendida del sol con la gran «pamela». A mí me pareció un cuadro ridículo.

Después, a la hora del yantar le comenté que había estado observándola en su éxtasis. Me preguntó interesada que qué me había parecido. Yo le contesté que me pareció un cuadro sublime, sólo desentonado por un largo moco que pendía de su nariz y cara envuelta en lágrimas, hasta el suelo. Mi observación no le debió de sentar nada bien porque ya no volvió a dirigirme la palabra.

Yo deambulaba  por el predio sosteniendo la grabadora y observando a la gente. De un pequeño microbús había bajado un buen grupo de monjas. Todas vestían de negro y llevaban la toca propia de su instituto (algo ya raro para entonces). Ellas asistían atónitas al show  de los extáticos.

Ridículos estigmas de Clemente

Un poco más tarde pude asistir a un éxtasis especial. Un joven español ofrecía a la contemplación de un buen grupo, su rostro claramente extático como mirando fijamente algo o alguien que los demás sólo alcanzábamos a imaginar. Recuerdo que jadeba profundamente. Hablaba entrecortadamente pajabras difíciles de comprender. Se le oía decir «Zeñó, Zeñó». Pregunté en voz baja quién era. «Es Clemente, el del Palmar de Troya». Para entonces todavía no había fundado su famosa orden de los «Carmelitas de NªSª del Carmen y de la Santa Faz». Ni que decir tiene, que no era obispo ni era la cabeza del gran emporio que le llevó a la construcción de la catedral que se levantaría más tarde gracias a las donaciones que le llegaban de algunas partes del mundo. Simplemente era un acreditado vidente, quizás el más acreditado por estos pagos, que gozaba de éxtasis, revelaciones, estigmas, reviviscencias de la Sagrada Pasión, anuncios y directrices del más allá etc..

El grupo que le rodeaba esperaba, en un sacral silencio, a que terminara su éxtasis y pudieran conocer algo de las revelaciones hechas por los celestiales personajes que le comunicaban sus místicas revelaciones. Terminado el éxtasis, Clemente volvió en sí. Con las manos apacigüaba al grupo que le demandaba aclaraciones sobre su mística experiencia. Él jadeaba  y respiraba profundamente. El grupo respetaba su «vuelta en sí» que quizás parecía algo aparatosa. Entonces para mi asombro pidió ¡UN PURO¡ Pronto lo tuvo encendido en sus labios. Aspiró profundamente el humo del tabaco y comenzó ceremonioso a contarnos su visión. Era ni más ni menos que «Nuetro Zeño». Con un marcado acento andaluz y en su habla sevillana que es especialmente apta para narrar chistes y sucedidos cómicos, Clemente espezó a explicar su visión.  Al mismo tiempo que sujetaba en sus dedos el puro que de vez en cuando llevaba a la boca aspirándolo y gesticulando nos desribía su aparición del Zeñó. Se demoró bastante en describir la indumentaria del Señor. Su túnica, el cabello que le caía sobre los hombros. Aún recuerdo que nos decía que el cinturón del Señor era de un «rojo intenso» que resaltaba sobre la túnica.

Yo ya no pude más. Me separé de aquel grupo que rodeaba a Clemente. Todo me parecía ridículo y al mismo tiempo patético. Me reprochaba a mí mismo el haber ido en esa excursión y haber visitado un lugar como aquél. Me prometía a mí mismo no visitar ya nunca más un lugar de «apariciones». Todo superaba mi capacidad de asombro. Y lo que más me inquietaba  era si todo esto no era producto del «maligno». Si fuera así, era evidente que tenía mi conciencia manchada por la temeridad e imprudencia en haberme puesto al alcance de los «juegos» del maligno enemigo infernal. Volví a leer a San Juan del Cruz en la «Subida» cómo nos previene sobre las visiones y revelaciones y como es mucho mejor y más seguro caminar en la fe que nos hace tan gratos a Dios.. Aquella misma tarde abandoné el grupo de la excursión con que había venido y tomé el tren en la cercana estación para volver a Madrid.

Clemente ya de papa y ciego después de un accidente extraño

Atrás quedaban en mi vida las correría religiosas y aparicionistas. Atrás quedaba   mi asistencia en el año 1981 a un lugar ya por entonces célebre, aunque estaba comenzando su andadura. Allí pude asistir a un supuesto milagro que remedaba -en una escala muy inferior- el supuesto «milagro solar de Fátima». Ví cómo el Sol apareció de repente entre las nubes cerradas y oscuras de un día muy lluvioso, y se mostró como un disco intensamente plateado y girando sobre sí mismo. Despedía unos rayos multicolores: azules, naranjas  rojos y morados. Las caras de los asistentes se teñían de color. Pero fuera del asombro causado no me confirmó en la verdad de aquella supuesta intervención celestial. Y la pregunta inquietante era de si aquello era cosa de Dios. Desde entonces aposté por la verdad que se nos da en el Catecismo de la Iglesia.

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