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NUEVOS RITUALES Y OTRAS REFORMAS LITÚRGICAS


Traigo este comentario  de nuestro Fray Eusebio de Lugo O.S.H  al post sobre las declaraciones del exorcista P.Amorth, inmediatamente anterior a éste, porque creo trasciende al tema tratado por el P.Amorth  y se adentra- con profundidad y erudición- en las reformas litúrgicas y canónicas que los católicos estamos sufriendo desde el Concilio Vaticano II y desde muchos antes, que van parejas a la pérdida del sentido sobrenatural de la Tradición por parte de los «oficiales» (por usar su símil) de la Militia  Christi, jerarquía, teólogos, peritos, canonistas, liturgistas, causantes del estropicio que lamentamos, y perpetrado con frivolidad y aun cayendo de facto en la herejía,que los deslegitima en su ejercicio.

Es un artículo denso, pero que su lectura merece el esfuerzo. Los énfasis son míos, para facilitar su lectura.

Por  Fray Eusebio de Lugo O.S.H.

En el cincuentenario de la Veterum Sapientia, parece que no sobran los buenos latinistas en el Vaticano, para que la propia CEI tenga que rechazar las traducciones.

Fruto de la ignorancia y la inexperiencia. Tremendo si pensamos que precisamente esos eclesiásticos son los que más obligados están a conocer, teórica y prácticamente, las particularidades de la lucha contra los demonios, a la que Nuestro Señor dedicó buena parte de su ministerio en esta tierra. Si juzgaran a los eclesiásticos ante un tribunal con el mismo rasero que a un mal médico culpablemente ignorante de su arte, y responsable de la muerte y abandono de la mayor parte de sus pacientes, no sé si saldría alguno indemne.

Imaginen por un instante si Uds. se atreverían a ponerse en manos de un “cirujano” que no sólo jamás hubiese practicado, sino que ni siquiera tuviese conocimiento de la literatura especializada, porque su especialidad fuese la puericultura, por ejemplo.

Los expertos del Concilio eran peritos, sí, pero en demoliciones controladas…

Aquí tenemos un ejemplo de verdadero y sano progreso litúrgico: Los exorcistas saben que tienen en el Ritual un tesoro elaborado y refinado por Providencia especialísima de Dios, que recoge lo mejor y sobre todo LO QUE SE HA REVELADO MÁS EFICAZ en la lucha contra el poder del infierno, con oraciones que a su venerable antigüedad unen el haber sido utilizadas ininterrumpidamente durante muchos siglos, por muchos santos, por lo que acumulan un enorme caudal de Gracia añadida, que las hace mucho más eficaces que cualquier otra oración más reciente. Todo ello viene luego estabilizado, codificado, canonizado y mandado por la máxima autoridad eclesiástica, por lo que nos encontramos ante un buen ejemplo de lo que en verdad constituye la Tradición litúrgica de la Iglesia, tal como la describe Dom Guéranger.

Pero junto con la adecuada conservación de lo que ha sido retenido por el Espíritu Santo, alguna vez es posible introducir ciertas mejoras, siempre que no se altere lo ya recibido. Y eso es lo que propone el P.Amorth, sugiriendo la inclusión del Dulce Nombre de María, puesto que saben por experiencia que multiplica la eficacia de esas oraciones. Sugiere además introducir algunas plegarias no de exorcismo, pero sí de liberación, que han probado su eficacia con la experiencia de muchos años, eso sí que es renovación dentro de la continuidad con lo ya recibido, y no su exacto contrario, la reforma conciliar, que por los mismos principios enunciados en la Constitución conciliar sobre la liturgia, no puede sino destruir totalmente el antiguo edificio litúrgico, para sustituirlo por una monstruosidad que ninguna hermenéutica de la continuidad puede salvar.

Los textos y demás elementos pertenecientes a las diversas tradiciones litúrgicas no son algo que pueda ser modificado impunemente, sobre todo cuando ya han sido codificados por la Iglesia. Si la Iglesia ha estabilizado definitivamente su liturgia en una serie de libros litúrgicos oficiales, es precisamente para declarar que todo ello es obra del Espíritu Santo, que es su deseo que las cosas litúrgicas sean exactamente así, y no de otra manera, por más perfectas que se supongan las nuevas, de modo que cuando alguien, quienquiera que fuese preguntase en el futuro cuál era la liturgia auténtica de la Iglesia Romana, sin perder un segundo en polémicas, pudieran enseñarle los libros en que viene grabada como en placa de bronce. Así quedaría salvaguardado el estricto derecho de cada sacerdote y fiel a SU liturgia, más allá del abuso de poder de unas autoridades que por el mero hecho de querer privar a sus fieles de lo más precioso que tienen a esta orilla del cielo, demostraría que ha perdido la legitimidad de ejercicio, y que quizás tampoco ha poseído nunca la legitimidad de origen.

Así como era evidente para los antiguos que cualquier modificación de la ley era un mal, que sólo era tolerable si la modificación era claramente MUCHO mejor, la ley litúrgica sólo debe ser modificada si es que se le puede aportar algo muchísimo mejor, y sin que altere en lo más mínimo lo que ya es patrimonio común de todos.

Lamentablemente, también en la Iglesia, desde el S. XIX, los clérigos empezaron a perder la antigua noción de Tradición, en Derecho, Litugia, Teología, o cualquier otra cosa, y empezaron a creer que les era lícito actuar como los gobiernos revolucionarios-liberales, que hicieron tabula rasa del pasado y plantearon una reforma total de la legislación y la sociedad.

También los eclesiásticos empezaron a soñar con una reforma general de la Iglesia, que empezó a concretarse en el terreno litúrgico con la reforma del Breviario, cuando lograron convencer nada menos que a un San PÍo X de que le era lícito modificar totalmente la estructura básica del Oficio Divino, que venía nada menos que de las manos de san Jerónimo y san Dámaso, y que había sido restaurada y codificada precisamente por san Pío V. Cuando los destructores litúrgicos contemplaron su éxito,pretendieron convencer al Papa de que hiciera lo mismo con el Misal; Pío X comprendió entonces su error,despidió a esos malos consejeros y disolvió la comisión,pero el mal ya estaba hecho, los clérigos de todo el mundo empezaron a pensar que si era lícito una mutación tan radical en algo tan venerable como el Oficio Romano, cabían iguales mutaciones en el resto de las instituciones eclesiales.

Algo parecido ocurrió con el Derecho Canónico. Hasta el Código de 1917, el Derecho de la Iglesia era una ciencia exigente, porque estaba repartido en toda una serie de colecciones, cuyas prescripciones había que concordar entre sí, pero que tenían la gran ventaja de obligar al estudiante a asimilar el espíritu fundante de esas prescripciones jurídicas. Una de las principales características del Derecho Tradicional, es que todos sus documentos forman una unidad moral, que sigue vigiendo en el tiempo, a no ser que sean específicamente abrogadas.

El derecho moderno,por su parte, da por supuesto que no existe otro derecho que lo que libremente se pueda disponer, sin importar la existencia de otras realidades anteriores.

Los modernistas empezaron a presentar el Código de 1917 como si fuera el de Napoleón, que suprimía todo lo anterior no recogido expresamente por él. Así pueden sostener muchos que un documento tan importante como la Bula Cum ex Apostolatus de Pablo IV ha quedado abolida simplemente porque los nuevos cánones no recogen exactamente todo su tenor

El santo Abad Dom Guéranger entendió muy bien que uno de los principales peligros que amenazaban a la Iglesia del S. XIX era la pérdida del sentido de la Tradición: Seguir observando las prescripciones, pero sin penetrar en su significado ni percibir su enorme valor, por lo que no eran capaces ni de conservar inteligentemente, ni de mejorar discretamente. Carne de cañón para los embaucadores que venían predicando reformas generales liberadoras de un pesado e inútil conjunto de normas y tradiciones cuyo sentido habían olvidado hace mucho tiempo…
Así se entiende que tras haber escrito sus Instituciones Litúrgicas, tuviera proyectadas unas Instituciones Canónicas, que lamentablemente nunca vieron la luz.

Algo parecido ocurrió con las melodías gregorianas: Eran el fruto de muchos siglos de trabajo del Espíritu Santo, consiguiendo sintetizar en ellas las grandes tradiciones hebreas y greco-romanas del canto, depurado por muchísimas horas de canto en el coro, de Maitines a Completas, donde se podían comprobar de una manera práctica y empírica los efectos de ese canto no sólo sobre los hombres, sino incluso en la misma naturaleza.
Ese mismo camino siguieron los monjes de Solesmes,  con la asídua práctica coral unida al estudio devoto y concienzudo, para la restitución de la auténtica interpretación, de modo que pudiera desplegar todos sus efectos PRÁCTICOS.

No lo entendieron así los especialistas romanos, formados no pocos en el simple trabajo especulativo de gabinete, bastantes de los cuales jamás habían asistido en su vida al canto completo de un sólo día del Oficio, de Maitines a Completas. Esos fueron los conceptores de engendros como el oficio de san José Obrero, mejor conocido en Italia como san José Comunista!!!

Y porque sabía Dom Guéranger que esa pérdida de las esencias tenía raíces aún más profundas, luchó toda su vida contra el Naturalismo, que tiende a minimizar lo más posible la influencia de cualquier principio no natural en la vida de los seres humanos, de modo que la influencia de la gracia, sobre todo a través de cosas creadas y materiales, o a través de los ángeles o los demonios, era algo que ya en el S. XIX se ponía en duda, de modo más o menos público, por buena parte del Clero, que tuvo su respuesta en las visiones de Ana Catalina Emmerich, entre otros muchos, que veía la complejísima madeja de influencias preternaturales y sobrenaturales en medio de la que vivimos sin darnos cuenta.

Uno de los elementos que más influye en todos los ámbitos de nuestras vidas, desde el más etéreo y espiritual hasta los más materiales y pegados a la tierra, es la celebración solemne del Oficio Coral, que entre otros, tenía un fuerte carácter exorcístico, de lucha perpetua contra el poder de Satanás. Los cristianos, cuando aún merecían ese nombre, sabían que los clérigos eran absolutamente necesarios para cumplir ese ministerio de interés general, mientras que hoy día, hasta los más ilustrados entre los clérigos, y peor, entre los monjes, han olvidado por completo ese aspecto de su misión.

¿Cómo extrañarse de la reacción de la mayor parte de los clérigos? Como vimos en el caso de la vida clerical, lo que era archi-evidente para todos se ha convertido en la excepción apenas tolerada y totalmente incomprendida, debido a la pérdida completa del sentido de las cosas. Los hechos hablan más elocuentemente que las palabras. No pocos clérigos afirmaban la recta doctrina, pero demostraban por sus actos y omisiones que ya no la poseían. Hoy día, el jesuíta Masiá puede decir exactamente lo contrario que el P. Amorth, negando la misma existencia de los demonios y dando por mentiroso al mismo Autor de los Evangelios, sin que nadie proteste…

Ojo con la referencia al P. Pellegrino Ernetti, benedictino de la famosa abadía de san Giorgio, en Venecia, excelente científico, y especialista estudioso de los increíbles efectos del sonido en la música antigua prepolifónica, presunto inventor del cronovisor, sobre el cual no me pronunciaré ahora…http://www.alpoma.net/tecob/?p=146
Éste sabía lo que decía…

En cuanto a que esos obispos negadores de la existencia del demonio no son herejes formales, recordar que se es hereje formal cuando se niega A SABIENDAS la enseñanza propuesta por la Iglesia. NO SON NECESARIOS JUICIOS NI MONICIONES. Sobre todo en el caso de eclesiásticos, más aún obispos o cardenales, estrictamente obligados al conocimiento de la doctrina, muchos todavía han prestado el juramento antimodernista, por lo que no pueden afirmar de ningún modo que no saben…En ese caso la formalidad y la pertinacia se suponen, y son los encausados los que tienen que lavar esa infamia con sus palabras y sus actos, lo que se niegan pertinazmente a cumplir.

Una vez más, aplicando el sano sentido común cristalizado en las instituciones políticas de todos los pueblos, sabemos que en cualquier autoridad son necesarias dos tipos de legitimidad: La legitimidad de origen, que nace de haber sido designado conforme a derecho, y la más importante, la de ejercicio, que implica gobernar de acuerdo con los fines y principios aceptados implícita o explícitamente por gobernantes y gobernados.
Si el gobernante actúa contra esos fines y principios, y como vemos en ese caso, no sólo no combate al enemigo, sino que procura desarmar a los defensores, a todos debería quedar claro que aun si hubieran gozado de la legitimidad de origen, han perdido totalmente la de ejercicio, por lo que no merecen respeto ni obediencia.
Esa es la terrible situación a la que alude el entrevistado, sin querer sacar de ello todas sus consecuencias: Somos un ejército traicionado por sus oficiales, entregados por ellos a sus peores enemigos atados de pies y manos, y que aun así, persisten en querer obedecerlos, cuando los mismos Reyes autores de las Ordenanzas, no menos que el sano sentido común, han declarado que no se los debe obedecer, si acaso, fusilar sumariamente.

La revisión conciliar no fue de simple detalle. Los principios enunciados en la Sacrosanctum Concilium son un ácido tan corrosivo que destruyen cualquier liturgia sobre la que se apliquen.

¿Tantas profecías, aprobadas por los Papas, advirtiéndonos de la infiltración en curso, y de su cuasi total éxito, antes del triunfo anunciado, nos nos abrirán los ojos de una vez?

Él,[P.Amorth] que tan bien conoce las tretas de los demonios, Mentiroso por antonomasia, ¿Se dejará engañar por el teatrillo de esos demonios que lloriquean ante la mención de evidentes usurpadores?

¿Hasta cuando nos mostraremos tan necios y tardos en entender lo que hasta el más lerdo de nuestros antepasados hubiera comprendido a la primera?

1 respuesta »

  1. Como es habitual en Fray Eusebio de Lugo O.S.H., simplemente excelente su artículo. Por mi parte nada que añadir, no sólo a la clara síntesis de su erudición, sino tampoco a la finura de su ‘olfato’ para desmontar esa pretensión de legitimación del ‘juanpablismo’ que los medios sedicentes católicos quieren leer en las declaraciones del P. Amorth.

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