ALL POSTS

TRADICIÓN E INFALIBILIDAD


Se ha dicho en un anterior  post que el hecho de restringir la tradición al magisterio solemne, en la práctica lo elimina. Esto es lo que ha pasado  en los últimos cuarenta años. Los papas no han ejercido voluntariamente el magisterio infalible y los católicos han quedado a merced de millares de opiniones provenientes de teólogos más o menos atrevidos. No es extraño que la Tradición por boca de conspicuos intelectuales como Romano Amerio y Brunero Gherardini reclamen el ejercicio del magisterio infalible. El mismo Concilio Vaticano II cuyas constituciones fueron solemnemente pronunciadas fue  MÁS TARDE declarado magisterio meramente auténtico por un Papa asustado de las consecuencias que sobre él se abatirían a la vista de la ruptura de la doctrina de sus documentos con el Magisterio infalible tradicional. Pero al mismo tiempo que hizo esto sometió los documentos del Concilio a la criba de la razón, dejándolo poco menos que en papel mojado. Que es justamente la situación actual en la que se habla de un Concilio meramente pastoral-lo cual es falso como se ha  demostrado en el post ¿Concilio Vaticano II meramente pastoral ?.

Este artículo de Sandro Magister expone la cuestión con exactitud no sin abandonar su óptica que es, en mi opinión, discutible.

LOS DEFENSORES DE LA TRADICIÓN 
RECLAMAN LA IGLESIA INFALIBLE


Hacen este reclamo precisamente a uno de los
usurpadores de la Sede Apostólica, e importante
ideólogo del nefasto Concilio Vaticano II

Suplican al Papa que condene «ex cathedra» los errores del Concilio Vaticano II. Un nuevo libro de Romano Amerio volverá a dar fuerza a su pedido. Pero Benedicto XVI no está de acuerdo

por Sandro Magister

ROMA, 12 de julio de 2010 – Desde hace algunos días está en las librerías italianas un nuevo volumen de Romano Amerio, el tercero de la «opera omnia» de este autor, que está publicando Ediciones Lindau.

Amerio, fallecido en 1997 en Lugano (Suiza) a la edad de 92 años, ha sido uno de los más grandes intelectuales cristianos del siglo XX.

Filólogo y filósofo de primer nivel, Amerio se ha vuelto conocido en todo el mundo a causa de su ensayo publicado por primera vez en 1985 y traducido a muchos idiomas, titulado: «Iota unum. Studio delle variazioni della Chiesa cattolica nel secolo XX».

Pero este mismo ensayo, justamente por las tesis que contiene, le hizo ganar a Amerio el ostracismo de la cuasi totalidad del mundo católico. Un ostracismo que sólo ha perdido vigencia desde hace poco tiempo, también gracias a la reedición de «Iota unum».

Amerio dedicó medio siglo a la redacción de «Iota unum». Y también este tercer volumen de la «opera omnia» ha sido escrito en un lapso muy amplio, desde 1935 hasta 1996. Tiene por título «Zibaldone» y – como la obra homónima del poeta Giacomo Leopardi – recoge pensamientos breves, aforismos, narraciones, citas de autores clásicos, diálogos morales y comentarios sobre hechos cotidianos.

Con sus más de setecientos pensamientos, «Zibaldone» forma una especie de autobiografía intelectual del autor. En ella están naturalmente presentes las cuestiones planteadas en «Iota unum».

Como ser, por ejemplo, en esta pequeña página fechada el 2 de mayo de 1995:

«La autodemolición de la Iglesia, deplorada por Pablo VI en el famoso discurso pronunciado el 11 de setiembre de 1974 en el Seminario Lombardo, se vuelve cada día más evidente. Ya en el Concilio el cardenal Heenan (Primado de Inglaterra) lamentó que los obispos hubiesen dejado de ejercer el oficio del Magisterio, pero se consolaba al observar que tal oficio se había conservado íntegramente en el Pontificado Romano. La observación era y es falsa. Hoy, el Magisterio episcopal ha cesado y también el papal. Hoy, el Magisterio es ejercido por los teólogos que ahora han dado la impronta a todas las opiniones del pueblo cristiano y han descalificado el dogma de la fe. He tenido una demostración impresionante de esto al escuchar ayer al teólogo de Radio María. Él negó impávida y muy tranquilamente artículos de fe. Enseñó […] que los paganos, a quienes no les es anunciado el Evangelio, si siguen el dictamen de la justicia natural y si se deciden buscar a Dios con sinceridad, alcanzan la visión beatífica. Esta doctrina de los modernos es antiquísima en la Iglesia, pero siempre fue condenada como un error. Pero los teólogos antiguos, mientras sostenían con firmeza el dogma de la fe, experimentaban al mismo tiempo toda la dificultad que encuentra el dogma y buscaban la forma de vencerla con razonamientos profundos. Por el contrario, los teólogos modernos no advierten las dificultades intrínsecas del dogma, sino que corren directamente a la ‘lectio facilior’, guardando en el desván los decretos doctrinales del Magisterio. Y no se dan cuenta que niegan así el valor del Bautismo y de todo el orden sobrenatural, es decir, toda nuestra religión. También en otros puntos está difundido el rechazo del Magisterio. El infierno, la inmortalidad del alma, la resurrección de los cuerpos, la inmutabilidad de Dios, la historicidad de Cristo, la malignidad de la sodomía, el carácter sagrado e indisoluble del matrimonio, la ley natural y la primacía de lo divino son otros tantos argumentos en los que el magisterio de los teólogos ha eliminado al Magisterio de la Iglesia. Esta arrogancia de los teólogos es el fenómeno más manifiesto de la autodemolición». *

De este análisis suyo fuertemente crítico, que él aplicaba también al Concilio Vaticano II, Amerio extrajo lo que Enrico Maria Radaelli, su fiel discípulo y editor de la publicación de las obras del maestro, llama el «gran dilema subyacente en el fondo del cristianismo actual».

El dilema es si hay continuidad o ruptura entre el Magisterio de la Iglesia previo y posterior al Vaticano II.

En el caso de una ruptura, si ésta fuese tal como para «perder la verdad», entonces también la Iglesia estaría perdida.

Amerio no llegó jamás a sostener esta postura extrema. Siempre fue un hijo obediente de la Iglesia. No sólo eso. Sabía por la fe que, no obstante todo esto, la Iglesia jamás puede perder la verdad y, en consecuencia, jamás puede perderse a sí misma, porque está asistida indefectiblemente «por las dos grandes promesas de Nuestro Señor: ‘Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella’ (Mt 16, 18) y ‘estaré con vosotros todos los días hasta el fin de los siglos’ (Mt 28, 20)».

Pero Amerio estaba convencido – y Radaelli lo explica bien en su amplio epílogo a «Zibaldone» – que ese amparo asegurado por Cristo a su Iglesia vale solamente para las definiciones dogmáticas «ex cathedra» del Magisterio, no para las enseñanzas inciertas, huidizas, opinables y «pastorales» del Concilio Vaticano II y de las décadas posteriores.

En efecto, a juicio de Amerio y Radaelli, justamente ésta es la causa de la crisis de la Iglesia conciliar y postconciliar, una crisis que la ha llevado a la más que próxima perdición, «imposible pero también casi alcanzada», como es el haber querido renunciar a un magisterio imperativo, con definiciones dogmáticas «inequívocas en el lenguaje, ciertas en el contenido, obligantes en la forma, como se espera sean al menos las enseñanzas de un Concilio».

La consecuencia, según Amerio y Radaelli, es que el Concilio Vaticano II está lleno de aserciones vagas, interpretables en modos deformes, algunas de las cuales están también en abierto contraste con el anterior magisterio de la Iglesia.

Este ambiguo lenguaje pastoral es el que habría abierto el camino a una Iglesia hoy «recorrida por miles de doctrinas y cientos de miles de nefastas costumbres», inclusive en el arte, en la música y en la liturgia.

¿Qué hacer para poner remedio a esta calamidad? La propuesta que hace Radaelli va más allá de la hecha recientemente – a partir de juicios críticos por demás duros – por otro estimado cultor de la tradición católica, el teólogo tomista Brunero Gherardini, de 85 años de edad, canónico de la basílica de San Pedro, profesor emérito de la Pontificia Universidad Lateranense y director de la revista «Divinitas». *

Monseñor Gherardini ha anticipado su propuesta en un libro publicado en Roma el año pasado, con el título: «Concilio Ecumenico Vaticano II. Un discorso da fare».

El libro concluye con una «Súplica al Santo Padre», a quien se le pide que someta a un nuevo examen los documentos del Concilio, para aclarar una vez por todas «si, en qué sentido y hasta que punto» el Vaticano II está o no en continuidad con el anterior magisterio de la Iglesia.

El libro de Gherardini tiene al comienzo dos prefacios: uno de Albert Malcolm Ranjith, arzobispo de Colombo y ex secretario de la Congregación vaticana para el Culto Divino, y el otro de Mario Olivieri, obispo de Savona. Éste último afirma que se une «toto corde» a la súplica al Santo Padre.

Ahora bien, en su epílogo a «Zibaldone» de Romano Amerio, el profesor Radaelli recoge la propuesta de monseñor Gherardini, pero «sólo como una primera instancia para limpiar el corral de muchos, de demasiados malentendidos».

En efecto, a juicio de Radaelli no es suficiente aclarar el sentido de los documentos conciliares, si tal clarificación es luego ofrecida también a la Iglesia con el mismísmo estilo ineficaz de enseñanza «pastoral» que se ha hecho costumbre con el Concilio, propositivo más que impositivo.

Si el abandono del principio de autoridad y el «discusionismo» son la enfermedad de la Iglesia conciliar y postconciliar, para salir de allí – afirma Radaelli – es necesario obrar en forma contraria. La máxima jerarquía de la Iglesia debe cerrar la discusión con un pronunciamiento dogmático «ex cathedra», infalible y obligante. Debe golpear con el anatema a quienes no obedezcan y debe bendecir a los que obedecen.

¿Qué es lo que Radaelli espera que decrete la cátedra suprema de la Iglesia? Al igual que Amerio, él está convencido que en al menos tres casos se ha dado «una ruptura abismal de la continuidad» entre el Vaticano II y el magisterio anterior: allí donde el Concilio afirma que la Iglesia de Cristo «subsiste en la» Iglesia Católica, en vez de decir que «es» la Iglesia Católica; allí donde asevera que «los cristianos adoran al mismo Dios adorado por los judíos y los islámicos»; y en la Declaración «Dignitatis humanæ» sobre la libertad religiosa.

Tanto Gherardini como Amerio-Radaelli reconocen en Benedicto XVI a un Papa amigo. Pero hay que descartar que él acceda a sus ruegos.

Más aún, tanto en el conjunto como en algunos puntos controvertidos el papa Joseph Ratzinger ya ha hecho saber que no comparte en absoluto sus posiciones.

Por ejemplo, respecto a la continuidad de significado entre las fórmulas «es» y «subsiste en la» ya se ha expresado la Congregación para la Doctrina de la Fe en el verano del año 2007, al afirmar que «el Concilio Ecuménico Vaticano II no ha querido cambiar ni de hecho ha cambiado la anterior doctrina sobre la Iglesia, sino que sólo ha querido desarrollarla, profundizarla y exponerla más ampliamente».

En cuanto a la Declaración «Dignitatis humanæ» sobre la libertad religiosa, Benedicto XVI ha explicado personalmente que si ella está separada de anteriores indicaciones «contingentes» del Magisterio, lo ha hecho precisamente para «retomar nuevamente el patrimonio más profundo de la Iglesia».

El discurso en el que Benedicto XVI ha defendido la ortodoxia de la «Dignitatis humanæ» es el que dirigió a la curia vaticana en la vigilia de la primera Navidad de su pontificado, el 22 de diciembre de 2005, precisamente para sostener que entre el Concilio Vaticano II y el anterior magisterio de la Iglesia no hay ruptura sino «reforma en la continuidad».

El papa Ratzinger no ha convencido hasta ahora a los lefebvristas, que se mantienen en estado de cisma justamente en este punto crucial.

Pero no ha convencido – acorde a lo que escriben Radaelli y Gherardini – ni siquiera a algunos de sus hijos «obedientísimos en Cristo».

El libro de Amerio:

Romano Amerio, «Zibaldone», editado por Enrico Maria Radaelli, Lindau, Torino, 2010, pp. 624, euro 32,00.

Y el de Gherardini:

Brunero Gherardini, «Concilio Ecumenico Vaticano II. Un discorso da fare», Casa Mariana Editrice, Frigento, 2009, pp. 264.

__________
Sobre los dos anteriores volúmenes de la «opera omnia» de Amerio, sobre su autor y sobre su editor:

> Grandes retornos. «Iota unum» y «Stat veritas» de Romano Amerio(15.7.2009)
__________

El discurso del 22 de diciembre de 2005 de Benedicto XVI a la curia romana sobre la interpretación del Concilio Vaticano II:

> «Despierta, hombre…»
__________

El servicio de http://www.chiesa con el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe del 29 de junio de 2007 respecto a la doctrina sobre la Iglesia afirmada por el Concilio:

> Tarea para el verano: volver a estudiar la doctrina sobre la Iglesia(10.7.2007)
__________

Traducción en español de José Arturo Quarracino, Buenos Aires, Argentina.
__________
Los últimos tres artículos de http://www.chiesa:

8.7.2010
> Para el Papa Benedicto el horrible 2010 es año de gracia
Penitencia, perdón y nueva evangelización. Como en el Jubileo del 2000 y más. Una comparación sorprendente. Con una entrevista al cardenal Ruini

6.7.2010
> Cuando los jueces se improvisan como teólogos
En Bélgica pesquisan en las tumbas de los obispos, en los Estados Unidos llaman a juicio público al Papa. Se perfila un vuelco en la cultura jurídica y en la práctica de los tribunales. El análisis del profesor Pietro De Marco

2.7.2010
> Mientras Roma está bajo asedio, los cardenales litigan
Schönborn contra Sodano, Sepe contra Bertone. El caso serio del arzobispo de Viena. Benedicto XVI castiga, pacifica y mira más allá. También con tres nombramientos en tres puestos claves de la curia
____________________________________________________________________

Fuente: http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/1344019?sp=y

Visto en  Católicos-Alerta

1 respuesta »

  1. Pueden ver por este último artículo que la cuestión de la infalibilidad de la Iglesia, y la indebida restricción que desde hace más de un siglo vienen operando muchos católicos tiene unos efectos que van mucho más allá del mundillo «tradicionalista».

    Estamos ante una compleja maniobra de altísimo voltaje religioso-político:

    Desde siempre, todos los buenos católicos habían creído que el Magisterio de la Iglesia, y su órgano principal, el Papa, no podían enseñar el error en lo que toca a Fe y moral, e incluso en todas las demás verdades simplemente naturales conexas de una y otra manera con aquellas.

    Lamentablemente, desde los siglos XIV y XV,diferentes corrientes heréticas propiciaron que se introdujera en el clero la idea de que el Papa podía caer en herejía, y enseñarla a la Iglesia, por lo que cuando el Papa pretendía definir sólo, sin el resto del cuerpo episcopal, una verdad de Fe o de moral, e imponerla a todos los cristianos como verdad de Fe divina, para que ese acto fuera irreformable, pretendieron que era necesario obtener el consenso de toda la Iglesia, reunida en Concilio, o representada por la que se creía su parte más sabia, la Sorbona de París.

    Así fue cómo dos Concilios que se pensaban ecuménicos, los de Constanza-Basilea, enseñaron que el Concilio estaba por encima del Papa, también en la definición de la doctrina. Hubieron de transcurrir decenios hasta que los Papas pudieron invalidar todas aquellas partes perfectamente heréticas, cuya ideología conciliarista perseveró en las corrientes galicanas o jansenistas, llegando todavía vivas y actuantes hasta el Concilio Vaticano I.

    Esta gente pretendía hacer del Papa un monarca constitucional, sometido a su Parlamento, el Concilio, que debía reunirse obligatoriamente cada diez años, y sin el cual ninguna decisión del Papa se estimaba vinculante o irreformable para toda la Cristiandad.

    Por no haber tenido en cuenta este contexto, muchos han sido los que han malinterpretado la definición de Pastor Aeternus, afirmando su intención era restringir los casos en que el Papa era infalible a unas poquísimas ocasiones, indicando para ellas unas condiciones fuera de las cuales el Papa no sería infalible.

    Pastor Aeternus no restringía la infalibilidad, puesto que en Dei Filius, recordaba que todos los fieles venían obligados a creer con fe divina no sólo el Magisterio extraordinario, sino también el ordinario.

    Los sempiternos enemigos del Pontificado no fueron los últimos en darse cuenta de la enorme utilidad que les ofrecía esa confusión: Ya que no podían controlar la función docente del Pontificado mediante la exigencia del asenso conciliar, lo controlarían mediante la utilización de dóciles coros de «teólogos». Cada vez que el Papa pronunciase alguna palabra susceptible de impedir el avance de la subversión en la Iglesia, se pondrían a croar cual el coro de las ranas de Aristófanes: ¡No es infalible, el Papa no ha hablado Ex Cathedra!

    Por Ex cathedra no quisieron entender, según la mente de la Iglesia, que el papa habla como tal, y no como simple particular o doctor privado, sino que lo presentaron como sinónimo de pronunciamiento extraordinario, único infalible.

    Eso se vió muy bien cuando tuvieron que enjuiciar las Enciclicas antiliberales del S. XIX. o el Syllabus, concluyendo siempre que eran poco más que unas opiniones particulares y revisables de unos Papas reaccionarios y que no comprendían su siglo, motejando a los que las reconocían como infalibles con los nombres de ultramontanos, neocatólicos, y ya a fines de siglo, precisamente en España, integristas; ¿Les suena? No nació el mote con Mons. Lefebvre…

    Lo mismo volvió a reproducirse, por ejemplo, ya en tiempos posconciliares, con Humanae Vitae, u Ordinatio Sacerdotalis, tenidas por los conciliares progresistas como no infalibles, y perfectamente revisables por un Papa, o mejor, un Concilio futuro…

    Esa es una de las razones por las que necesitaban un Concilio: Si un Papa, solo, hubiese puesto en marcha la revolución en la Iglesia, siempre hubiera sido posible a los resistentes utilizar la estratagema anti-infalibilista de los progresistas en contra de éstos últimos, afirmando, como lo hacen muchos tradicionalistas, que la doctrina subversiva de ese Papa concreto no era infalible, ni irreformable.

    Pero si hacía lo mismo todo un Concilio, contando con el asenso unánime de sus obispos, e incluso de los hermanos separados que para eso habían enviado delegados, ¿Cómo era posible negar la infalibilidad de toda la Iglesia reunida en Concilio?

    ¿Qué escapatoria le quedaban a los católicos tradicionales?

    1. Negar la legitimidad tanto del Concilio como de sus aprobadores y partidarios, es decir, la posición conocida como sedevacantista, que tenía el inconveniente de quedarse en la calle, y expuestos a la persecución y el desdén de los que hasta entonces habían sido compañeros de fatigas. Son los únicos que aún mantienen la infalibilidad ordinaria y cotidiana de los Papas, por lo que no cabe en ellos la escapatoria de reconocer la legitimidad de las autoridades conciliares, a la vez que se desobedece sistemáticamente tanto sus enseñanzas como su presunto poder de jurisdicción.

    2. Afirmar que el Concilio sólo pretendía ser pastoral, sin intención de definir, y que por lo tanto, era falible y discutible. Discutible tesis sostenida sin embargo no sólo por la FSSPX, sino por un creciente número de significados eclesiásticos del Establishment conciliar.

    3. Afirmar la tesis Williamson: Las mentes liberales de los eclesiásticos conciliares sufren de una especie de «locura filosófica» que destruye el principio de identidad y no-contradicción, por lo que aún creyendo definir, realmente son incapaces de hacerlo…

    4. Afirmar que las contradicciones entre el magisterio conciliar y el precedente son puramente aparentes, y hacer un acto de fe en que misteriosamente concuerda lo que tanto su lógica como su Fe les manifiesta ser totalmente irreconciliable. Exigencia de todos los Ocáriz que por allí pululan.

    5. Pedir a quien reconocen como legítimo sucesor de san Pedro que utilice su poder infalible (Para ellos, únicamente una definición solemne) para condenar las novedades y errores que no pueden dejar de reconocer en el Concilio y enseñanza y práctica subsiguientes. Lo que evidentemente jamás harán los pontífices conciliares, por unas razones muy comprensibles…

    Leía hace unos meses en religión digital el comunicado de cierto famoso teólogo alemán, notoriamente modernista, una auténtica requisitoria contra Benedicto XVI, con una forma y argumentación sorprendentemente clásica y escolástica, en que se acusaba al susodicho de cisma y herejía, por intentar disminuir la importancia del Vaticano II y consiguiente magisterio posconciliar, y amenazando en el mejor estilo de los doctores de Basilea con la deposición si se atrevía a condenar implícitamente el Concilio, readmitiendo a la plena comunión a los cismáticos y heréticos lefebvrianos.

    Una de las cosas que más me llamaron la atención, fue que la argumentación había abandonado la tesis restrictiva de la infalibilidad tanto del Concilio como de los Papas: Tanto el Concilio como el Magisterio subsiguiente eran absolutamente infalibles, intocables e irreformables, por lo que cualquier vuelta atrás supondría una verdadera declaración de guerra, que legitimaría la sustracción de obediencia respecto de Benedicto XVI, e incluso la convocatoria de un nuevo Concilio, con deposición del susodicho y posible elección de sucesor.

    Contemplando, por una parte, los vientos de rebelión que soplan en diversos países, así como las amenazas de persecución que las autoridades civiles van haciendo pesar sobre los eclesiásticos poco conformistas con la ideología mundialista, y por otra, habiéndose hecho pública la versión del Tercer secreto de Fátima, que anunciaría, junto con otras muchas profecías, esa persecución, se abre un escenario realmente ingenioso:

    Yo la llamaría la estrategia del «pobre papa Benedicto».

    Él, tan bueno, tan bienintencionado, tan tradicional, se arriesga a ser despedazado y perseguido por la jauría progresistas y su brazo secular mundialista, por intentar no sólo reintegrar a los tradicionalistas, y corregir los desastres del Concilio, sino además, por reunir todas las sensibilidades tradicionales en un movimiento de resistencia a las derivas mundialistas.

    ¿Por qué otra razón habría estado acogiendo a los «tradicionalistas» anglicanos, y sobre todo, intentando una alianza estratégica con la muy conservadora Iglesia Ortodoxa Rusa?

    Y resulta que en pago de tanta bondad, el pobre papa Benedicto se ve perseguido, expulsado del Vaticano por la revolución generalizada que ya se anuncia en diversos países de Europa, despreciado por los episcopados progresistas o cobardes, y al final, ya bien amortizado, quien sabe si martirizado sobre una colina romana, en cumplimiento literal de la versión vaticana del supuesto tercer secreto de Fátima.

    Con ese golpe maestro, lograrían engañar a casi todos los que hasta entonces seguían resistiendo y denunciando la nueva iglesia conciliar, habiéndose éstos acostumbrado durante muchos años a guiarse mucho más por la sensiblidad que por el análisis racional y el instinto de la Fe.

    La reacción de los fieles de la FSSPX ante la actual operación de seducción-recuperación muestra demasiado bien lo fácil que será engañarlos, y que su sensibilidad consiga lo que no habría conseguido la amenaza.

    Viendo la extrema virulencia despertada por las declaraciones recientes del obispo de Alcalá, es fácil prever que las autoridades demonocráticas que nos tiranizan encontrarían poca resistencia eficaz si, amparadas por un estado bélico o prebélico cada vez más probable, decidieran tomar medidas de excepción y persecución contra esos indeseables y antidemocráticos católicos tradicionales.

    Sometidos a extrema presión sicológica, serían una masa dócil en manos de los expertos manipuladores que los controlan desde el principio mismo de la resistencia anticonciliar.

    Para aumentar todavía más la confusión, podríamos encontrarnos con una reedición del Gran Cisma: Sería elegido de manera más o menos anticanónica un papa del lado de los somos iglesia, mientras que Benedicto XVI, tan ilegítimo como el otro, haría figura de Papa auténtico y perseguido. Los tiradores de hilos controlarían, como siempre, ambos lados de la balanza, los dos anillos.

    Si recuerdan cómo se prolongó la situación de 1378, estaríamos en un buen lío.

    Esto último es altamente hipotético y algo novelesco, simplemente intenta ser una posible prospección de futuro que nos ayude a entender el maquiavélico funcionamiento de las instancias romanas y mundialistas.

    Se me ocurre pensar que la situación de crisis general anunciada en Garabandal para cuando el Aviso y el Milagro, el «como un cisma», tal vez podrían tener algo que ver con un escenario de estas características.

    Me gusta

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s