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INFALIBILIDAD RESTRICTIVA: CONSECUENCIAS EN LA ACTUALIDAD


En el debate sobre la infalibilidad se expusieron dos concepciones de la misma: Una que otorga al papa la infalibilidad tal como se hizo hasta el Concilio Vaticano I y otra surgida desde este Concilio-malinterpretado- que restringe la infalibilidad al magisterio solemne y extraordinario.  Como es lógico a esta concepción se han agarrado aquellos que quieren implantar ideas contrarias a la Tradición, tal como hicieron galicanos y jansenistas, y en la actualidad tradicionalistas y filotradicionalistas. Esto se ha hecho para mantener la ficción de un Pastor de la Iglesia a quien se reconoce jurisdición pero a quien en la práctica se arrebata capacidad definitoria sobre la doctrina y a quien se le resiste descaradamente, en su mismo magisterio. La situación ha acabado por explosionar ya que los papas modernistas han optado por no dar magisterio infalible, según el sentir aceptado. Incluso se ha arrebatado este magisterio al Concilio Vaticano II que ha acabado, como hemos dicho, en papel mojado.

Ha explosionado porque la situación de la Iglesia conciliar ya es insostenible. Mentes tradicionalistas claras pero  pero que se adscriben a esta concepción del magisterio han acabado por reclamar la infalibilidad urgiendo que el Papa se pronuncie y acabe con las tensiones en la Iglesia, en la teología y en la moral. Este ha sido el caso de Romano Amerio cuyo ultimo libro, Zibaldone– póstumo, publicado por su editor Radaelli  expresa el siguiente patético testimonio de la situación actual

La autodemolición de la Iglesia, deplorada por Pablo VI en el famoso discurso pronunciado el 11 de setiembre de 1974 en el Seminario Lombardo, se vuelve cada día más evidente. Ya en el Concilio el cardenal Heenan (Primado de Inglaterra) lamentó que los obispos hubiesen dejado de ejercer el oficio del Magisterio, pero se consolaba al observar que tal oficio se había conservado íntegramente en el Pontificado Romano. La observación era y es falsa. Hoy, el Magisterio episcopal ha cesado y también el papal. Hoy, el Magisterio es ejercido por los teólogos que ahora han dado la impronta a todas las opiniones del pueblo cristiano y han descalificado el dogma de la fe. He tenido una demostración impresionante de esto al escuchar ayer al teólogo de Radio María. Él negó impávida y muy tranquilamente artículos de fe. Enseñó […] que los paganos, a quienes no les es anunciado el Evangelio, si siguen el dictamen de la justicia natural y si se deciden buscar a Dios con sinceridad, alcanzan la visión beatífica. Esta doctrina de los modernos es antiquísima en la Iglesia, pero siempre fue condenada como un error. Pero los teólogos antiguos, mientras sostenían con firmeza el dogma de la fe, experimentaban al mismo tiempo toda la dificultad que encuentra el dogma y buscaban la forma de vencerla con razonamientos profundos. Por el contrario, los teólogos modernos no advierten las dificultades intrínsecas del dogma, sino que corren directamente a la ‘lectio facilior’, guardando en el desván los decretos doctrinales del Magisterio. Y no se dan cuenta que niegan así el valor del Bautismo y de todo el orden sobrenatural, es decir, toda nuestra religión. También en otros puntos está difundido el rechazo del Magisterio. El infierno, la inmortalidad del alma, la resurrección de los cuerpos, la inmutabilidad de Dios, la historicidad de Cristo, la malignidad de la sodomía, el carácter sagrado e indisoluble del matrimonio, la ley natural y la primacía de lo divino son otros tantos argumentos en los que el magisterio de los teólogos ha eliminado al Magisterio de la Iglesia. Esta arrogancia de los teólogos es el fenómeno más manifiesto de la autodemolición”. *

«De este análisis suyo fuertemente crítico, que él aplicaba también al Concilio Vaticano II, Amerio extrajo lo que Enrico Maria Radaelli, su fiel discípulo y editor de la publicación de las obras del maestro, llama el “gran dilema subyacente en el fondo del cristianismo actual”.

«El dilema es si hay continuidad o ruptura entre el Magisterio de la Iglesia previo y posterior al Vaticano II.»

Radaelli reclama el ejercicio de la infalibilidad y no solamente con tonos apagados como lo hace  Gherardini, sino con tonos fuertemente exigentes, incluso anatematizantes.  (Para la mejor compresión de todo esto recomiendo la lectura del anterior post- Tradición e Infalibilidad- que traslada el artículo de Sandro Magister)

Para llegar a la situación actual ha ayudado desde hace tiempo, el Angel de la obscuridad   suscitando apariciones falsas que parecen urdidas para que los católicos de sensiblidad tradicionalista caigan inermes en manos de papas que han predicado el mordenismo tanto en su magisterio como en sus intervenciones particulares como «doctores privados» (noción que no aceptamos) pero de gran repercusión universal (libros, entrevistas, alocuciones etc..). Es el mismo caso de las «revelaciones particulares» de extraordinaria difusión, como las del P.Gobbi (que parecen urdidas para afianzar el magisterio y actos de Pablo VI) y en nuestros días esas revelaciones de un alma anónima que pululan por toda la Red que «proclama la Verdad» en un libro de amplia circulación en el que se anuncia un próximo cisma, la huída de Benedicto XVI del Vaticano y un próximo milenio precedido del «rapto». El argumento es similar al de otrora:  Mi amado Papa Benedicto XVI es el último verdadero Papa en esta Tierra.  A él seguirá un falso profeta (se atreven a dar nombres, Bertone).

He dicho todo lo anterior  para que se vea la confluencia en los fines de aquellos que restringen el magisterior infalible, que acaban por eliminarlo, los tradicionalistas «cismáticos» que «resisten» al mismo papa que reconocen, los teólogos del interior de la ciudadela, adeptos del magisterio infalible restrictivo, que reclaman un magisterio infalible justo a aquél que tiene interés en no darlo y por fin los llamados «sobrenaturales» al reconocimiento de pontífices que propagan el modernismo, aunque «no infaliblemente» dicho esto para tranquilizar las conciencias. A todo ello se suma la próxima fagotización de la FSSP que podría acabar en la constitución dentro de la Iglesia conciliar de una «High Church» en todo semejante a la anglicana, pero que no va más allá  de una elección «nostálgica» movidos por una sensibilidad en la liturgia y en la Fe «tradicionalista» pero que no llega a la proclamación de la  Fe católica excluyente de «ecumenismos» apóstatas, hasta el martirio. La Iglesia conciliar se convertiría en la «casa común» de un espectro de confesiones que irían del tradicionalismo, hasta el satánico vudú, pasando por la ortodoxia oriental, anglicanismo, y confesiones protestantes, todas las cuales merecedoras de los buenos auspicios de Benedicto XVI. No es extraño que un alma atormentada, como vemos en Radio Cristiandad  se haya expresado así:

Por eso, el acercarse a la Roma modernista, para mi es inútil, y peor aún perjudicial, pues hasta ahora ha demostrado devorar a todo grupo tradicionalista y reducirlo a la síntesis de lo que ello creen es la Iglesia, el Vaticano II. Y por supuesto tenemos en Benedicto XVI su principal mentor. Y parece que Usted y Mons. B. Fellay le creen y creen que salvará la Iglesia: “Podemos esperar, en efecto, que Dios recompensará el innegable valor que Benedicto XVI ha manifestado concediendo los dos presupuestos que le solicitaba la Fraternidad, y que lo dotará de las fuerzas y luces necesarias para concretar una restauración que parece imposible desde el punto de vista humano….

No cabe duda que todo esto apunta a que  en los Últimos Tiempos, en los cuales es evidente-en mi opinión- que estamos, vencerá- quizás por la seducción- la  Bestia del falso profeta a los santos,-hará guerra contra los santos y los vencerá”Apo 13:7- por lo menos en cuanto a Instituciones aunque se reclamen de tradicionalistas, y sólo quedarán individualidades  por amor de las cuales se acortarán aquellos días, porque si no, también perecerían.

Sólo nos queda para nuestro aleccionamiento- pensar  que de la situación actual la historia nos ha dejado un paradigma tal como el que se dio en la crisis arriana. Frente a ella  tenemos por una parte el grito de San Atanasio, que he colocado en la barra lateral del blog,

«Ellos PRETENDEN representar a LA IGLESIA pero en realidad, ellos mismos se han salido de ella y se pierden. Aunque los CATÓLICOS fieles a la TRADICIÓN se reduzcan a un puñado ellos son la VERDADERA Iglesia de Jesucristo…» – (SAN ATANASIO).

Por otra parte, tenemos el cántico, dicho atanasiano, quicumque  que es de una extraordinaria actualidad en nuestros días. Describe a los verdaderos tradicionalistas que se agarran a la Fe bimilenaria, y  a no a meros sentimentalismos de los fieles que empujados  por esta misma sensibilidad acaban aceptando- por mor de revelaciones particulares, falsos «Tercer Secreto de Fátima» como el publicado por el Vaticano o invitaciones generosas de un papa de corazón inmenso, véase en este blog  síndrome del pobre papa Benedicto /strong>- lo que en realidad  es certificado de su defección de la Fe.

Subo el siguiente comentario de nuestro habitual comentarista, del post anterior, Tradicionalismo e Infalibilidad, que es extraordinario por su lucidez, raramente encontrada hoy en sitio alguno, y que además realiza un excursus histórico y disecciona la situación actual, atreviéndose a adelantar probables hechos de un futuro próximo.

Fray Eusebio de Lugo O.S.H.

Pueden ver por este último artículo que la cuestión de la infalibilidad de la Iglesia, y la indebida restricción que desde hace más de un siglo vienen operando muchos católicos tiene unos efectos que van mucho más allá del mundillo “tradicionalista”.

Estamos ante una compleja maniobra de altísimo voltaje religioso-político:

Desde siempre, todos los buenos católicos habían creído que el Magisterio de la Iglesia, y su órgano principal, el Papa, no podían enseñar el error en lo que toca a Fe y moral, e incluso en todas las demás verdades simplemente naturales conexas de una y otra manera con aquellas.

Lamentablemente, desde los siglos XIV y XV,diferentes corrientes heréticas propiciaron que se introdujera en el clero la idea de que el Papa podía caer en herejía, y enseñarla a la Iglesia, por lo que cuando el Papa pretendía definir sólo, sin el resto del cuerpo episcopal, una verdad de Fe o de moral, e imponerla a todos los cristianos como verdad de Fe divina, para que ese acto fuera irreformable, pretendieron que era necesario obtener el consenso de toda la Iglesia, reunida en Concilio, o representada por la que se creía su parte más sabia, la Sorbona de París.

Así fue cómo dos Concilios que se pensaban ecuménicos, los de Constanza-Basilea, enseñaron que el Concilio estaba por encima del Papa, también en la definición de la doctrina. Hubieron de transcurrir decenios hasta que los Papas pudieron invalidar todas aquellas partes perfectamente heréticas, cuya ideología conciliarista perseveró en las corrientes galicanas o jansenistas, llegando todavía vivas y actuantes hasta el Concilio Vaticano I.

Esta gente pretendía hacer del Papa un monarca constitucional, sometido a su Parlamento, el Concilio, que debía reunirse obligatoriamente cada diez años, y sin el cual ninguna decisión del Papa se estimaba vinculante o irreformable para toda la Cristiandad.

Por no haber tenido en cuenta este contexto, muchos han sido los que han malinterpretado la definición de Pastor Aeternus, afirmando su intención era restringir los casos en que el Papa era infalible a unas poquísimas ocasiones, indicando para ellas unas condiciones fuera de las cuales el Papa no sería infalible.

Pastor Aeternus no restringía la infalibilidad, puesto que en Dei Filius, recordaba que todos los fieles venían obligados a creer con fe divina no sólo el Magisterio extraordinario, sino también el ordinario.

Los sempiternos enemigos del Pontificado no fueron los últimos en darse cuenta de la enorme utilidad que les ofrecía esa confusión: Ya que no podían controlar la función docente del Pontificado mediante la exigencia del asenso conciliar, lo controlarían mediante la utilización de dóciles coros de “teólogos”. Cada vez que el Papa pronunciase alguna palabra susceptible de impedir el avance de la subversión en la Iglesia, se pondrían a croar cual el coro de las ranas de Aristófanes: ¡No es infalible, el Papa no ha hablado Ex Cathedra!

Por Ex cathedra no quisieron entender, según la mente de la Iglesia, que el papa habla como tal, y no como simple particular o doctor privado, sino que lo presentaron como sinónimo de pronunciamiento extraordinario, único infalible.

Eso se vió muy bien cuando tuvieron que enjuiciar las Enciclicas antiliberales del S. XIX. o el Syllabus, concluyendo siempre que eran poco más que unas opiniones particulares y revisables de unos Papas reaccionarios y que no comprendían su siglo, motejando a los que las reconocían como infalibles con los nombres de ultramontanos, neocatólicos, y ya a fines de siglo, precisamente en España, integristas; ¿Les suena? No nació el mote con Mons. Lefebvre…

Lo mismo volvió a reproducirse, por ejemplo, ya en tiempos posconciliares, con Humanae Vitae, u Ordinatio Sacerdotalis, tenidas por los conciliares progresistas como no infalibles, y perfectamente revisables por un Papa, o mejor, un Concilio futuro…

Esa es una de las razones por las que necesitaban un Concilio: Si un Papa, solo, hubiese puesto en marcha la revolución en la Iglesia, siempre hubiera sido posible a los resistentes utilizar la estratagema anti-infalibilista de los progresistas en contra de éstos últimos, afirmando, como lo hacen muchos tradicionalistas, que la doctrina subversiva de ese Papa concreto no era infalible, ni irreformable.

Pero si hacía lo mismo todo un Concilio, contando con el asenso unánime de sus obispos, e incluso de los hermanos separados que para eso habían enviado delegados, ¿Cómo era posible negar la infalibilidad de toda la Iglesia reunida en Concilio?

¿Qué escapatoria le quedaban a los católicos tradicionales?

1. Negar la legitimidad tanto del Concilio como de sus aprobadores y partidarios, es decir, la posición conocida como sedevacantista, que tenía el inconveniente de quedarse en la calle, y expuestos a la persecución y el desdén de los que hasta entonces habían sido compañeros de fatigas. Son los únicos que aún mantienen la infalibilidad ordinaria y cotidiana de los Papas, por lo que no cabe en ellos la escapatoria de reconocer la legitimidad de las autoridades conciliares, a la vez que se desobedece sistemáticamente tanto sus enseñanzas como su presunto poder de jurisdicción.

2. Afirmar que el Concilio sólo pretendía ser pastoral, sin intención de definir, y que por lo tanto, era falible y discutible. Discutible tesis sostenida sin embargo no sólo por la FSSPX, sino por un creciente número de significados eclesiásticos del Establishment conciliar.

3. Afirmar la tesis Williamson: Las mentes liberales de los eclesiásticos conciliares sufren de una especie de “locura filosófica” que destruye el principio de identidad y no-contradicción, por lo que aún creyendo definir, realmente son incapaces de hacerlo…

4. Afirmar que las contradicciones entre el magisterio conciliar y el precedente son puramente aparentes, y hacer un acto de fe en que misteriosamente concuerda lo que tanto su lógica como su Fe les manifiesta ser totalmente irreconciliable. Exigencia de todos los Ocáriz que por allí pululan.

5. Pedir a quien reconocen como legítimo sucesor de san Pedro que utilice su poder infalible (Para ellos, únicamente una definición solemne) para condenar las novedades y errores que no pueden dejar de reconocer en el Concilio y enseñanza y práctica subsiguientes. Lo que evidentemente jamás harán los pontífices conciliares, por unas razones muy comprensibles…

Leía hace unos meses en religión digital el comunicado de cierto famoso teólogo alemán, notoriamente modernista, una auténtica requisitoria contra Benedicto XVI, con una forma y argumentación sorprendentemente clásica y escolástica, en que se acusaba al susodicho de cisma y herejía, por intentar disminuir la importancia del Vaticano II y consiguiente magisterio posconciliar, y amenazando en el mejor estilo de los doctores de Basilea con la deposición si se atrevía a condenar implícitamente el Concilio, readmitiendo a la plena comunión a los cismáticos y heréticos lefebvrianos.

Una de las cosas que más me llamaron la atención, fue que la argumentación había abandonado la tesis restrictiva de la infalibilidad tanto del Concilio como de los Papas: Tanto el Concilio como el Magisterio subsiguiente eran absolutamente infalibles, intocables e irreformables, por lo que cualquier vuelta atrás supondría una verdadera declaración de guerra, que legitimaría la sustracción de obediencia respecto de Benedicto XVI, e incluso la convocatoria de un nuevo Concilio, con deposición del susodicho y posible elección de sucesor.

Contemplando, por una parte, los vientos de rebelión que soplan en diversos países, así como las amenazas de persecución que las autoridades civiles van haciendo pesar sobre los eclesiásticos poco conformistas con la ideología mundialista, y por otra, habiéndose hecho pública la versión del Tercer secreto de Fátima, que anunciaría, junto con otras muchas profecías, esa persecución, se abre un escenario realmente ingenioso:

Yo la llamaría la estrategia del “pobre papa Benedicto”.

Él, tan bueno, tan bienintencionado, tan tradicional, se arriesga a ser despedazado y perseguido por la jauría progresistas y su brazo secular mundialista, por intentar no sólo reintegrar a los tradicionalistas, y corregir los desastres del Concilio, sino además, por reunir todas las sensibilidades tradicionales en un movimiento de resistencia a las derivas mundialistas.

¿Por qué otra razón habría estado acogiendo a los “tradicionalistas” anglicanos, y sobre todo, intentando una alianza estratégica con la muy conservadora Iglesia Ortodoxa Rusa?

Y resulta que en pago de tanta bondad, el pobre papa Benedicto se ve perseguido, expulsado del Vaticano por la revolución generalizada que ya se anuncia en diversos países de Europa, despreciado por los episcopados progresistas o cobardes, y al final, ya bien amortizado, quien sabe si martirizado sobre una colina romana, en cumplimiento literal de la versión vaticana del supuesto tercer secreto de Fátima.

Con ese golpe maestro, lograrían engañar a casi todos los que hasta entonces seguían resistiendo y denunciando la nueva iglesia conciliar, habiéndose éstos acostumbrado durante muchos años a guiarse mucho más por la sensiblidad que por el análisis racional y el instinto de la Fe.

La reacción de los fieles de la FSSPX ante la actual operación de seducción-recuperación muestra demasiado bien lo fácil que será engañarlos, y que su sensibilidad consiga lo que no habría conseguido la amenaza.

Viendo la extrema virulencia despertada por las declaraciones recientes del obispo de Alcalá, es fácil prever que las autoridades demonocráticas que nos tiranizan encontrarían poca resistencia eficaz si, amparadas por un estado bélico o prebélico cada vez más probable, decidieran tomar medidas de excepción y persecución contra esos indeseables y antidemocráticos católicos tradicionales.

Sometidos a extrema presión sicológica, serían una masa dócil en manos de los expertos manipuladores que los controlan desde el principio mismo de la resistencia anticonciliar.

Para aumentar todavía más la confusión, podríamos encontrarnos con una reedición del Gran Cisma: Sería elegido de manera más o menos anticanónica un papa del lado de los somos iglesia, mientras que Benedicto XVI, tan ilegítimo como el otro, haría figura de Papa auténtico y perseguido. Los tiradores de hilos controlarían, como siempre, ambos lados de la balanza, los dos anillos.

Si recuerdan cómo se prolongó la situación de 1378, estaríamos en un buen lío.

Esto último es altamente hipotético y algo novelesco, simplemente intenta ser una posible prospección de futuro que nos ayude a entender el maquiavélico funcionamiento de las instancias romanas y mundialistas.

Se me ocurre pensar que la situación de crisis general anunciada en Garabandal para cuando el Aviso y el Milagro, el “como un cisma”, tal vez podrían tener algo que ver con un escenario de estas características.

3 respuestas »

  1. Le ruego borre mi comentario anterior y lo sustituya por este, porqu aquél el texto no está correctamente pegado

    Estimados Editor y Fray Eusebio:

    Al dedillo de esta discusión me viene el discurso de Monseñor Lefebvre sobre el asunto; porque él centra la cuestión con precisión, no negando la infalibilidad pontificia según las propiedades definidas en el Concilio Vaticano I, sino haciendo una distinción del grado de magisterio como siempre, tradicionalmente, se hizo en la Iglesia ya mostrada en la Sagrada Escritura, en la razón de obrar de san Pablo respecto a san Pedro, de quien era súbdito, de tal suerte que, dice la glosa de san Agustín “el mismo jefe de la Iglesia mostró a los Superiores que si por azar llegaban a abandonar el recto camino, que aceptasen ser corregidos por sus inferiores”. Luego también San Agustín y con él Santo Tomás (suya es la glosa) considera que pudieran errar lo superiores, como hizo Pedro, ya investido Jefe de la Iglesia.

    Me ha parecido que en las circunstancias actuales no era inútil el volver a poner ante vuestros ojos lo que escribía el 20 de enero de 1978 en cuanto a algunas objeciones que se nos hacían respecto a nuestra actitud ente los problemas que presenta la situación actual de la Iglesia. Una de estas preguntas era: ¿Cómo concibe usted la obediencia al Papa? He aquí la respuesta dada en ese entonces:

    «Los principios que determinan la obediencia son conocidos y tan conformes a la sana razón y al sentido común que uno se pregunta «¿cómo personas inteligentes pueden afirmar que ellas “prefieren equivocarse con el Papa antes que estar en la verdad contra el Papa”?»

    No es eso lo que nos enseña la ley natural ni el Magisterio de la Iglesia. La obediencia supone una autoridad que da una orden o produce una ley. Las autoridades humanas, aún las instituidas por Dios, no tienen autoridad más que para alcanzar el objetivo asignado por Dios y no para alejarse de él. Cuando una autoridad usa su poder contra la ley para la cual ese poder le ha sido dado, ella no tiene derecho a ser obedecida y es preciso desobedecerle. Se acepta en esta necesidad de la desobediencia respecto al padre de familia que induce a su hija a corromperse, respecto a la autoridad civil que obliga a los médicos a hacer abortos y a matar a los inocentes, pero la autoridad del Papa sería infalible absolutamente en su gobierno y en todas sus palabras. Eso es desconocer la historia es ignorar lo que es en realidad la infalibilidad.

    Ya san Pablo dijo a san Pedro que él “no actuaba según la verdad del Evangelio” (Gal. II,14). San Pablo manda a los fieles que no le obedezcan si él les predicare un Evangelio diferente al que les enseñó anteriormente (Gal. I, 8).

    Santo Tomás cunado habla de la corrección fraterna, hace alusión a la resistencia de san Pablo respecto a san Pedro y comenta así: ” Resistir de frente y en público supera la medida de la corrección fraterna. San Pablo no lo habría hecho con san Pedro si no hubiera sido su igual en cierta manera… es preciso sin embargo saber que si se tratara un peligro para la Fe, los superiores deberían ser reprendidos por sus inferiores aún públicamente. Esto se ve en la manera y en la razón de obrar de san Pablo respecto a san Pedro, de quien era súbdito, de tal suerte que, dice la glosa de san Agustín “el mismo jefe de la Iglesia mostró a los Superiores que si por azar llegaban a abandonar el recto camino, que aceptasen ser corregidos por sus inferiores” (S. T. II-II q. 33, a. 4 ad 2).

    El caso que evoca santo Tomás de Aquino no es quimérico ya que sucedió con Juan XXII en vida de santo Tomás. Aquel creyó poder afirmar como una opinión personal que las almas de los elegidos no gozarían de la visión beatífica sino después del Juicio Final. Escribió esta opinión en 1331 y en 1332 predicó algo semejante respecto a las penas de los condenados. pensaba proponer esta opinión por un decreto solemne. Sin embargo las reacciones ardientes de parte de los Dominicos, sobre todo los de París, y de los Franciscanos, le hicieron renunciar a esta opinión en favor de la opinión tradicional definida por su sucesor Benedicto XII en 1336.

    He aquí lo que dice el papa León XIII en su Encíclica Libertas Præstantissimum del 20 de junio de 1888: “Supongamos pues una prescripción de algún poder que estaría en desacuerdo con los principios de la recta razón y con los intereses del bien público (con mayor razón con los principios de la Fe), ella no tendría ninguna fuerza de ley…” y un poco más lejos: “Cuando el derecho de mandar falta o lo mandado es contrario a la razón, a la ley eterna, a la autoridad de Dios, entonces es legítimo desobedecer, queremos decir, a los hombres, a fin de obedecer a Dios”.

    Ahora bien, nuestra desobediencia está motivada por la necesidad de guardar la Fe Católica. Las órdenes que nos son dadas expresan claramente que lo son para obligarnos a someternos sin reserva al Concilio Vaticano II, a las reformas post-conciliares y a las prescripciones de la santa sede, es decir a las orientaciones y a los actos que minan nuestra Fe y destruyen la Iglesia; decidirnos a esto es imposible. Colaborar en la destrucción de la Iglesia es traicionar a la Iglesia y a Nuestro Señor Jesucristo…

    Monseñor Lefebvre

    Ahora bien, si no aceptamos esto ¿qué nos queda? ¿decir que tal o cual Papa no lo es porque ha caído en herejía pública? ¿y quién ha de juzgar al Papa y con qué criterio, sino sólo Cristo? Porque habiendo tantos jueces como individuos ¿no es esto el principio del ‘libre examen’ protestante aplicado a la Cathedra de Pedro? De ahí que los denominadados ‘sedevacantistas’ actuales estén tan disgregados y enfrentados unos a otros. No pueden tener otro fin, causado por el libre examen que lleva la división al infinito. El texto explícito, claro, e ilustrado del Concilio Vaticano I sobre las condiones o notas de la infalibilidad “cuando habla ex cathedra, etc” no lo aceptan literalmente. He ahí el problema. E interpretan, además., esta doctrina infalible, ésta sí, del Concilio, con magisterio posterior cuyas sentencias no son ex cathedra, aunque sea magisterio auténtico o, aún peor, con conclusiones teológicas según el espíritu de Suarez o con doctrina próxima a la fe, pero que no es de fide.. Al revés que Santo Tomás, explican el género por la especie y no ésta por aquél.

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  2. Mi muy estimado Sofronio:

    El bien conocido episodio entre san Pedro y san Pablo no tiene estrictamente nada que ver con la infalibilidad. Son actos de relación y gobierno, en los que ninguna infalibilidad se le promete ni a Pedro, ni a sus sucesores.

    El texto de Mons Lefebvre no se refiere a la infalibilidad, sino a los actos de gobierno de los superiores, que pueden ser más o menos justos o acertados, e incluso calamitosos para el fin que deben perseguir, en cuyo caso se justifica la resistencia a los mandatos injustos, y la corrección, incluso pública.

    Pero el ejemplo que apunta Mons Lefebvre aquí está mal traído, por un doble motivo: Primero porque tratamos aquí de doctrina, materia en la que no cabe resistencia hacia esa autoridad suprema que tenemos por legítima, y segundo, porque se basa en un error histórico suficientemente refutado: Juan XXII jamás sostuvo esas tesis que se le atribuyen, sino que convocó una disputa académica sobre el tema de la bienaventuranza inmediata o dilatada, en la que expuso los argumentos tanto de una como de la otra parte.

    Hecho que aprovecharon los herejes enemigos del Pontificado para acusarlo de herejía, y elegir fraudulentamente a Pedro de Corvara como Papa.

    Las palabras de León XIII no hablan directamente de la infalibilidad, sino de la legitimidad de las autoridades, tanto civiles como religiosas, en la medida en que se acercan o alejan de la consecución del Bien Común natural y sobrenatural a través de sus leyes y mandatos: Se trata otra vez de la labor de gobierno, en este caso, de las autoridades conciliares, que han perdido toda legitimidad porque su gobierno se basa sobre unos principios contrarios a los divinamente revelados, por lo que tienden no al Bien Común, sino al Mal Común, siendo el poco bien que aún pueden conseguir puramente accidental, e instrumental en engañar a los fieles católicos sobre su verdadera naturaleza e intenciones.

    Fíjese que dice no sólo cuando lo mandado es contrario a la razón(natural o sobrenatural), cosa que supone que esas autoridades son legítimas, aunque desafortunadas en alguno de sus mandatos, sino también: «Cuando el derecho de mandar falta», que es precisamente la situación en la que nos encontramos, tanto respecto de las autoridades civiles, como de las religiosas.

    Aún cuando por imposible, los ocupantes conciliares de la sede petrina y los obispos a ellos unidos tuvieran legitimidad de origen, es decir, hubiesen sido válidamente elegidos, habrían perdido la legitimidad de ejercicio no sólo por el enorme cúmulo de gravísimos errores de gobierno acumulados en estos años, sino por la asunción de principios absolutamente opuestos a los de la Iglesia, cuando no violan directamente el derecho natural.

    Porque reconocemos que esas personas en modo alguno son autoridad, podemos, y debemos, desobedecer sus leyes y mandatos.

    Mons. Lefebvre llega bien a la consecuencia: Desobedecer para obedecer una Ley más alta, pero no quiere sacar la consecuencia lógica que se impone con toda evidencia: La medida de la desobediencia necesaria nos indica la gravedad de la ilegitimidad de que viene afectada la autoridad aparente. Él mismo reconoce que en nada puede ya obedecerse a unas autoridades que llamó varias veces anticristos, lo que indica que en absoluto puede reconocérseles legitimidad. Esto nisiquiera es teología o derecho canónico, es sentido común natural universal, presente en todo tiempo y lugar, y reconocido en las instituciones jurídicas de todos los pueblos, no menos que en la Ley canónica, cuyo primer canon reza: Suprema lex, salus animarum.

    Respecto de su último párrafo:

    -No decimos que el Papa haya dejado de serlo por haber caído en herejía, cosa imposible, sino que no podía llegar a serlo, por haber caído en herejía antes de su elección, por lo que se encontraba en la misma situación que una mujer elegida (engañosamente) como Papa.

    – No se juzga al Papa, sino la legitimidad de su elección, cosa que los mismos Papas animan a hacer cuando existen justos motivos para ello.

    -No juguemos con las palabras: El libre examen se refiere a la libre aceptación o no de los puntos de fe y moral obligatorios para todo cristiano, no al examen serio y honesto de la validez o legitimidad de un acto jurídico.
    Salvo que califiquemos de libre examen el que los católicos ingleses negaran la legitimidad de los obispos impuestos por Enrique VIII, o la validez de sus ordenaciones más tarde, o la validez de un matrimonio cuando éste ha revelado ser un fracaso desde el principio, o de un contrato cuando éste contiene cláusulas abusivas o contra derecho, etc…

    Que los que niegan la legitimidad a los pontífices conciliares estén divididos sobre su explicación es perfectamente comprensible, y el mismo reproche puede hacerse a los católicos de inspiración lefebvriana, divididos desde el principio en facciones que luchaban y siguen luchando en el seno de sus seminarios, que deberían ser lugares de paz y sosiego, con un ardor poco menos que cartaginés, espoleado por unas purgas casi estalinianas, y que ha dado origen a no sé cuántos Institutos ralliés y peleados entre sí, muchas lecciones de unidad pueden dar a otros…
    Allí no tendrán libre examen, no, allí lo que rige es la Pravda, el periódico en que todos los ciudadanos soviéticos sabían cuál era la verdad del día, aunque fuera completamente diferente de la de ayer o la de mañana. En que un día Pablo VI era el anticristo, para a la semana siguiente convertirse en Nuestro Santo Padre el Papa Pablo VI. El jefe siempre tiene razón, y si no la tiene, aplíquese la regla anterior. No sé si eso será muy tomista…

    Por último, Vaticano I no señala condiciones fuera del cual el Papa sería falible, esa es la mala doctrina que recibió Mons Lefebvre en el seminario francés de Roma, del P. Le Floch, que procuraba soslayar de ese modo la condenación de la Accion Française.

    Pero ya que hablamos de declaraciones Ex cathedra, según su interpretación de esas dos palabras, ¿Tendría la bondad de decirme si la Constitución Apostólica en forma de Bula llamada Cum ex apostolatus officio, de Paulo IV, cumple con esas condiciones o notas, de modo que se la pueda considerar infalible?

    ¿O eso también es una simple conclusión teológica, falible y revisable?

    Espero su respuesta con impaciencia, porque lo que nos jugamos con una u otra respuesta es mucho.

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  3. Fray Eusebio,

    y el estimado blogger, en esta entrada ambos reflejan lo que he llegado a pensar últimamente. Gracias por expresarlo con tanta claridad: de seguro será muy útil para otros lectores.

    Y yo también espero su respuesta, estimado Sofronio: el nivel del debate que está llevando con Fray Eusebio es muy alto, y los lectores aprendemos mucho.

    Gracias a ambos.

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