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ASÍ ACABA EL RALLIEMENT ANGLICANO


Nuestra lectora Hna.María nos envía el siguiente mail  que, por su importancia a lo que yo creo,  traslado íntegro a esta entrada, incluso con la referencia al post de Pedro Rizo.

También me remito al post del blog Ordinariatos Anglicanos

FRutos del «acuerdo táctico» de los anglicanos

Muchos cayeron bajo el encanto de las púrpuras, abandonando la Resistencia Católica
contra la Iglesia Conciliar. De ésta manera, decenas de grupos han conseguido

Ordinariatos anglicanos

tranquilizar sus conciencias obteniendo autorización de la Iglesia Conciliar para funcionar dentro de las estructuras diocesanas de una forma más o menos marginal, pero sin el apelativo de cismáticas. La suerte de ésta forma de apostasía ya ha sido muy comentada y no quisIera volver sobre el tema.

Hoy, en cambio, quiero volver a un tema que entre los tradicionalistas es muy dejado de lado: el de los anglocatólicos. Se trata de miles de personas que desean ser católicas, pero que se encuentran a la deriva y por eso mismo han sido captados por la Roma Conciliar. Pasado el júbilo de la Anglicanorum la situación se ha vuelto tensa y muchos ex anglicanos que pasaron a la Iglesia Conciliar han terminado separándose de ésta para quedar, nuevamente en un limbo.
Hace apenas dos días, un ex miembro de un ordinariato me escribió un mail en el que me comentaba que algunos cofrades le habían propuesto recurrir al Patriarcado de Moscú, algo que él rechazaba con estas palabras:
No dejé de ser un hereje para ser un cismático, pero tampoco tenemos a dónde ir”.
La angustia que me expresó éste sacerdote es evidente, comprensible, menos para algunos tradicionalistas que no pueden ver más allá de sus propios objetivos y que descuidan a todos estos que podrían dar una gran ayuda a la Resistencia Católica.
¿Por qué muchos abandonan los ordinariatos? Simple: porque rechazan el Vaticano II.
Cuándo se hizo evidente que Canterbury había abandonado cualquier forma, remotamente lejana a la Fe (para muchos la prueba fueron las ordenaciones femeninas en la Iglesia Episcopal) nació el continuismo anglicano. Se enfatizaba la “catolicidad” del anglicanismo. Inmediatamente procedieron a conversar con las autoridades romanas. Hubo gestos: Roma comenzó a aceptar a clérigos particulares, permitiéndoles celebrar con el Rito de Sarum como forma extraordinaria. Posteriormente, la migración particular dio paso a la corporativa, y allí surgieron los problemas, cuando muchos de estos sacerdotes y obispos pusieron en duda la Doctrina Conciliar del Vaticano II. En efecto, estos grupos que habían quedado al margen del Concilio tenía una imagen de lo que era la Iglesia Católica, muy diferente de lo que es la Iglesia Conciliar. Conocían y conocen los frutos de la experimentación teológico-litúrgica, son concientes de las consecuencias de la relajación moral, del relativismo y del ecumenismo.
Quienes se negaron a recurrir a la Roma Conciliar buscaron primero refugio en las comunidades tradicionalistas, la mayoría de las veces sin ninguna suerte. Fue por ello que muchos recurrieron a orientales para validar sus ordenes e iniciaron de esta manera  una resistencia anglocatólica contra el Vaticano II: La bula Quo Primum autoriza no sólo la celebración del Misal Romano, sino de cualesquier litúrgia consagrada por la historia y la tradición, como  lo el el antiguo ritual británico de Sarum. Estos sacerdotes celebran una Misa encuadrada en el decreto de San Pío V, así como también la Misa Tridentina, adhieren a los XX Concilios Ecuménicos y rechazan el Vaticano II y todas sus reformas. Algunos adhieren a la “postura prudencial” de Monseñor Lefebvre, otros son públicamente sedevacantistas. Pero otros cayeron bajo la tentación de la Anglicanorum que les ofreció Ratzinger. Los negociadores prefieron dejar la cuestión doctrinal por un acuerdo táctico ¿Les suena la frase?
Pero los frutos del acuerdo fueron amargos: comunidades divididas, sacerdotes que se retiran y se alejan arrepentidos de la Roma Conciliar, vocaciones devastadas, estudiantes escandalizados. Los anglocatólicos son algo que debemos atender: en primer lugar como experiencia de la aceptación del acuerdo táctico.
El texto precedente coincide totalmente con la siguiente nota publicada por Pedro Rizo en su blog «Plano picado y contrapicado», el 16.10.12, «Ordinariatos por-anglicanos de brazos no tan abiertos»

«He aquí el texto:

«Por si puede serviros nuestra experiencia como anglocatólicos:
«Hemos tenido en la Comunión anglicana el mismo problema que vosotros (se refiere a los tradicionalistas) en la católica romana, que los jerarcas han abandonado los fundamentos de la Iglesia de Cristo, y haciendo esto, se han separado ellos mismos. El arzobispo de Canterbury estaba en la misma situación que los Papas conciliares; tuvimos que reconocer que ya no tenía legitimidad, y que la iglesia que presidía ya no tenía ninguna de las notas de la Única Iglesia Católica, como lo prueban sus derivas actuales. Lo mismo que no podemos colocarnos bajo su inexistente autoridad tampoco podemos ponernos bajo el amparo de los papas conciliares, que lo son sólo aparentemente. Los ordinariatos han sido un engaño de Roma para que perdiéramos el espíritu católico que tanto nos ha costado recuperar. Lo mismo que hubieran hecho con la Fraternidad (Sacerdotal de San Pío X), si ésta hubiera cedido a sus cantos de sirena.»
«Buena parte de los anglicanos pensábamos que la separación nos había privado de buena parte de la herencia católica de la antigua Iglesia de Inglaterra por lo que, en los últimos siglos, realizamos un lento y trabajoso proceso de reapropiación de esa herencia, que culminó en movimientos como el de Oxford. Poco a poco nos fuimos dando cuenta de que esa Tradición no podía mantenerse si no era acompañada por la sujeción al Papa, su infalible guardián e intérprete.Sabiendo que las órdenes anglicanas eran inválidas hasta hicimos reordenar nuestros obispos por uno de los viejo-católicos de Utrecht. Y cuando en los años 20´y 30´del pasado siglo estaba todo dispuesto para que la Iglesia de Inglaterra volviera a Roma, la mafia modernista y masónica que ya dominaba en las estructuras de la Iglesia de Roma nos dijo que lo mejor sería esperar hasta un nuevo Concilio que sellaría la unión.»
«Antes de ese Concilio el Papa era respetado hasta por sus adversarios protestantes u ortodoxos, que tenían gran cuenta de sus pronunciamientos, aunque no lo confesaran en público. Muchos de ellos hubieran vuelto en masa a Roma, si las presiones internas o de gobierno, más el modernismo oculto en Roma no los hubiera detenido. Por eso, el Vaticano II fue absolutamente antiecuménico, porque escandalizó de un modo increíble a todos nosotros, cuando echó a la basura lo que tanto nos había costado recuperar o mantener. Y, como si esto fuera poco, cometía los mismos errores contra los que luchábamos en nuestras confesiones, con la esperanza de hacer cambiar las cosas desde dentro. De modo que ahora hemos acabado por no tener sitio ni en la Comunión Anglicana, fiel imitadora del modernismo masónico propalado por el Concilio y sus malos papas, ni tampoco en la Roma conciliar que nos desprecia y acosa por demasiado tradicionales.»
Termino aquí este post que limito al texto recibido. Me parece de extraordinario contraste a las conclusiones tan ajenas a Dios y empeñadas en una religión sin Él, para gloria y alabanza de «su divina majestad el Humanismo Integral» que con tanto énfasis se promueve por distinguidos señores de la Iglesia nacionalista catalana recientemente acogidos en este portal.
Para más saber:

Categorías:ALL POSTS, Ecumenismo

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4 respuestas »

  1. La verdad es que la experiencia inglesa da para mucho más de lo que tan acertadamente señala este artículo:
    De hecho, podemos decir que toda la historia del anglicanismo ha sido una preparación y ensayo teórico-práctico tanto de la subversión del cristianismo tal como se plasmará siglos más tarde en los textos del Vaticano II, como de la resistencia a esa misma subversión, cosa ésta última que se olvida con demasiada frecuencia.

    Pensando un poco, creo que el problema principal al que se enfrentaron muchos cristianos a lo largo de este segundo milenio, con una agudeza y complejidad cada vez mayor, es éste: ¿Dónde se encuentra la verdadera Iglesia, en la que yo tenga verdadera seguridad de mi salvación?

    Para entender rectamente la pregunta, y su extrema importancia, es necesario recordar, en primer lugar, que fuera de la Iglesia no hay salvación, lo que significa que si un cristiano, CONSCIENTEMENTE, SCIENTER ET VOLENTER, LIBRE Y VOLUNTARIAMENTE, SE APARTA DE LA QUE ÉL SABE SER LA ÚNICA Y VERDADERA IGLESIA DE CRISTO, EN MODO ALGUNO PUEDE SALVARSE.

    Sabemos que somos miembros indudables y verdaderos de la Iglesia Militante por tres criterios básicos:

    1. Mantener la Fe católica ÍNTEGRA, aceptando todo lo que ella acepta, y condenando todo lo que ella condena.
    2. Culto apostólico, es decir, según cualquiera de los ritos que trazan sus fundamentos desde los Apóstoles, reconocidos por la máxima autoridad de la Iglesia como tales, y no alterados por el soplo de la herejía o el cisma.
    3. Sujeción a los pastores legítimos, y en primer lugar, al Papa, Soberano de todos ellos, tanto en el orden clerical como en el temporal.

    Mientras el significado exacto, concreto y práctico de esos tres criterios estuvo claro en las mentes y corazones de pastores y fieles, era muy difícil, por no decir imposible, que un subversor viniera, revestido con piel de oveja, y lograra seducir y engañar a una parte notable de los fieles alterando alguno de esos criterios, al mismo tiempo que dejaba subsistir en los fieles la ilusión de seguir perteneciendo a esa única arca de salvación fuera de la cual sólo se encuentra la muerte eterna.

    En otras palabras, era muy difícil que un cristiano estuviera de buena fe separado de la Iglesia visible, y a la vez, todavía unido al alma de la Iglesia, y por ende, todavía católico en su fuero interno, por error de hecho.
    Es decir, la situación de un cristiano que quiere con toda buena voluntad obedecer a la Iglesia, pero que se equivoca en el hecho, porque confunde un cuerpo cismático con la Iglesia verdadera.

    La primera vez en que esto se hizo con éxito, ocurrió con la separación de los llamados ortodoxos, a principios del segundo milenio.
    El último de los tres criterios había sido subrepticiamente deformado, rechazando al Pontificado Romano como origen último de todo poder en la Iglesia, y sustituyendo ese principio y fundamento inquebrantable e infalible por un principio sinodal-conciliar que será una perpetua tentación para los cristianos de Occidente hasta nuestros días. El Papa dejaba de ser considerado como el primero entre los pastores legítimos, con verdadero poder soberano e independiente del consentimiento del resto del cuerpo eclesial, y que fundamentaba a su vez la legitimidad de todos los demás Señores espirituales y temporales, para pasar a ser un Primus inter pares, monarca constitucional que nada puede hacer sin el beneplácito de sus con-gobernadores obispos.
    Alteraban así la Divina constitución de la Iglesia, que pasaba de ser un régimen monárquico, a uno aristocrático, cosa imposible sin dejar de ser la misma Iglesia nacida en el Pentecostés del año 33.

    Así, un cristiano de, pongamos por caso, Tesalónica, en 1208, estaba fuera de la Iglesia visible, puesto que reconocía como legítimos a pastores cismáticos, pero sin lugar a dudas, era internamente católico, puesto que sólo había cometido un error material, identificando como verdadera Iglesia jerárquica a quienes ya no formaban parte de ella.

    Resulta muchas veces muy difícil determinar cuándo cesa esa presunción general de error inculpable, y esa es la razón de por qué la Iglesia Romana reconoce como santos oficiales suyos a ciertos santos nacidos en el seno de esas iglesias ya cismáticas, como es el caso de un san Sergio de Radonezh, en la Rusia del S. XIV.

    Los perpetuos enemigos de la Iglesia se dieron cuenta del inmenso beneficio que podían sacar de esta pérfida maniobra: Modificar uno o más de uno de los tres criterios susodichos, pero tan disfrazadamente que los fieles no se dan cuenta de que ya no están en la Iglesia Católica, sino que siguen nutriendo la ilusión de seguir en ella, porque al fin, sólo han cambiado lo que a ellos les parecerán «detalles» de secundaria importancia, mientras lo «principal» o «Esencial» sigue subsistiendo…

    Alguno podría pensar: «Bueno, ¿qué más da si esos cristianos están objetivamente fuera de la Iglesia visible, mientras estén de buena fe, siguen siendo católicos, y por lo tanto, pueden salvarse?»

    Y aquí, podemos contestar con Pio IX, que aparte de una mengua a la Gloria de Dios, que no quiere que los ladrones se lleven a sus ovejas por los portillos, y de un insulto, al confundir a su Única Amada con otra comunidad usurpadora; estar fuera de la Iglesia Visible, con excomunión o sin ella, significa verse privado de muchísimos bienes espirituales necesarios para el adecuado desarrollo no sólo de la vida espiritual de los cristianos, sino también de su vida socio-política. Una vez privados de éstos bienes, ya no pueden tener seguridad de su salvación eterna, que les será mucho más difícil, y pondrán gravemente en peligro su salvación socio-política, como lo evidencia la historia del Imperio Romano de Oriente, y su trágico fin.

    Resumiendo la tesis: La mitad oriental de la Cristiandad se había ido separando paulatinamente de la Iglesia de Cristo, a través de una falsa eclesiología, pero esa separación no se hizo palmaria y oficial hasta los años 1054 y ss, en que los jerarcas orientales tuvieron la impudencia de pretender excomulgar al Papa, y de declarar que el Patriarcado de Roma, como tal, se había apartado de la Fe al aceptar el Filioque en el Credo. Añadieron al Cisma la herejía. Y aún así, era objetivamente muy difícil que la mayoría de los cristianos se dieran cuenta de que ya no pertenecían a la misma Iglesia, sin que eso les librara de buena parte de las terribles consecuencias espirituales y temporales que todo cisma lleva consigo.

    Una de las peores consecuencias del Gran Cisma de Oriente, es que dio a luz la errónea y muy peligrosa teoría que afirma no que muchos de sus hijos han salido fuera de la Iglesia, que sigue siendo Una, sino que la Iglesia SUBSISTÍA a pesar de verse dividida externamente en dos iglesias concurrentes, cada una de las cuales pretendiendo ser la única verdadera. Esta teoría subvertía el tercer criterio, y ponía gravemente en peligro los otros dos.

    Aquí es donde vamos a dar al tema anglicano. Ya tenemos aquí formulada la conocida en inglés como Branch Theory, o teoría de las ramas, tan extraña para las mentes aún católicas, pero que explica por qué esos anglicanos, tan aparentemente católicos, no volvieron simplemente a Roma, mucho antes del Concilio. Con la única diferencia de que las iglesias enfrentadas en el seno de esa iglesia Una pero dividida ya no son dos, la Romana-latina y la Greco-oriental, sino tres, la Católica, la Ortodoxa, y la Anglicana, que pretende seguir siendo católica a parte entera, de la Iglesia oficial visible, con todos sus tesoros de Gracia y Verdad, y toda su autoridad de Jurisdicción.

    Muchos de nuestros hermanos católicos conciliares, pero de «sensibilidad» conservadora, lefebvriana o flolefebvriana, se sienten genuinamente insultados cuando se les explica que ya no pertenecen a la Iglesia visible, y que se hallan, en el mejor de los casos, en la situación de los ortodoxos, o de algunos anglicanos, como los reseñados más arriba, incluso en nuestros días. Quieren seguir siendo católicos, es decir, obedecer a la Iglesia de Cristo, pero incurren en un error de hecho, al identificar a la Esposa de Cristo con la Babilonia conciliar que se separó oficialmente de la Iglesia a partir del 8 de Diciembre 1965, con la aprobación solemne y oficial de la Revolución conciliar.

    Si se dieran la molestia de estudiar la historia del anglicanismo, se darían cuenta de que el Concilio Vaticano II y su avatar, la usurpadora iglesia conciliar, no son sino la plena realización del plan trazado siglos atrás, y cuyo laboratorio de ensayos fue precisamente la un día gloriosísima Iglesia de Inglaterra.

    Sin ánimo de agotar la materia, podemos observar cómo, ya en el S. XVI, antes de la ruptura, muchos eran los que soñaban con un catolicismo aggiornado, es decir, despojado de lo que ellos llamaban las desviaciones, exageraciones, abusos, oscuridades, y estrechamientos de las «edades oscuras», y rejuvenecido con las aportaciones optimistas, naturalistas, paganizantes, esoterizantes, cabalizantes, del llamado Renacimiento. Esta corriente de opinión, fortalecida con la estancia de Erasmo de Rotterdam, llegó a adquirir una preponderancia verdaderamente sorprendente cuando logró que uno de los suyos, Tomás Moro, llegase a ser elegido canciller de Inglaterra.

    Sólo que en aquellos tiempos, no lo llamaban aggiornado o renovado, sino reformado, en el sentido de que sólo pretendían volver a la pureza ideal (e imaginaria) de una iglesia primitiva que sólo existía en las estragadas mentes de los intelectuales erasmianos, aun cuando lo que preparaban sus mecenas esotérico-financieros era la falsificación de todo el cristianismo, bajo apariencia de bien.
    Cuando llegó el Acta de Supremacía, por la que el Rey pretendía ser jefe de la Iglesia de Inglaterra, nadie se sorprendió demasiado, puesto que la ideología conciliarista de los concilios cismáticos de Constanza, y sobre todo Basilea, ya había hecho su camino en las mentes y los corazones, y porque no era la primera vez que los reyes ingleses se enfadaban con Roma, para luego volver después a mejores relaciones.

    Así es cómo mucho tiempo después de la separación, los ingleses todavía creían con toda buena fe que seguían perteneciendo con todas las de la ley a la Única Iglesia Católica.

    Cuando los subversores protestantes dieron un paso más, e impusieron unos artículos de Fe levemente tintados de protestantismo, nadie se rasgó las vestiduras, sólo era el comienzo de la purificación y eliminación de los errores de las «edades Oscuras».

    Desde 1533, se sucedieron por lo menos 6 formularios de Fe diferentes, todos ellos más o menos afectados por los errores luteranos, pero con una pátina católica que podía llevar fácilmente al error. Sólo después de 1570, con la imposición, por la demoníaca Isabel, de los 39 artículos, quedará fijada la norma doctrinal del anglicanismo, sabia combinación de verdad y error con la que se pretendía constituir un cristianismo reformado, es decir, fiel por una parte a la tradición ininterrumpida de la Iglesia Indivisa del Primer milenio, y reformada, porque eliminaba las «alteraciones, abusos y superfetaciones romanas», en el mejor estilo luterano.

    Así como decía cierto card. Ratzinger que el Concilio Vaticano II había consistido en la asunción por parte de la Iglesia de lo mejor de dos siglos de civilización liberal, (es decir, rendirse a la Revolución masónica y adoptar todo su sistema de errores), los anglicanos isabelinos hubieran podido decir que ellos habían hecho una síntesis entre la tradición de la ecclesia anglicana pre-reforma, y lo mejor de la Reforma, sin haber dejado de pertenecer a la Iglesia Indivisa, a pesar de haberse declarado totalmente independientes del Obispo de Roma.
    Esto, por lo que toca al primer pilar, el de la Fe íntegra, falsificada utilizando la receta de la rana escaldada poco a poco.

    La misma estratagema van a usar con el segundo criterio, o pilar de la pertenencia a la Iglesia Visible: El Culto apostólico. Bien aleccionados por las experiencias luteranas y calvinistas, en que a pesar de las admoniciones de los reformadores, que pedían que las reformas se hicieran poco a poco, para que no se asustaran los débiles de espíritu y volvieran «al vómito de la idolatría papista», las reformas fueron rápidas, anárquicas y muy traumáticas, van a mejorar la táctica:

    En Inglaterra, el genial pero malvado Cranmer, arzobispo de Canterbury, fue imponiendo gradualmente los cambios, con sus correspondientes ambigüedades y retrocesos, de modo que cuando se logró imponer el Book of common prayer, la mayor parte había perdido la Fe en la presencia eucarística real en la Misa como sacrificio, y el sentido genuino de la liturgia católica, mientras seguían persuadidos de que seguían teniendo una liturgia católica, verdaderamente apostólica, ¡qué digo!, mucho más católica que la de esos crédulos y atrasados papistas…

    El segundo pilar había caído, sentando un precedente fielmente seguido por la reforma litúrgica bugniniana…

    Pueden consultar con fruto las obras de Michael Davies, son tremendamente aleccionadoras de nuestra situación actual.

    ¿Qué diré del tercer criterio o pilar, el de la sujeción a los pastores legítimos(y consiguiente rechazo de los ilegítimos)?

    También aquí, la caída fue gradual, y muy engañosa:

    Primero, rechazaron la Unam Sanctam de Bonifacio VIII, que enseña que la sujeción al Papa es por derecho divino necesaria para la salvación.

    Luego, aceptaron que un Rey cismático sigue siendo autoridad legítima.

    Después, aceptaron como legítima la autoridad de un Rey hereje, Eduardo VI, el que impuso un ordinal herético e inválido que creará una jerarquía eclesiástica tan inválida como ilegítima, pero que pretenderá ser la legítima heredera y posesora de la autoridad, poder y propiedades de los antiguos y venerables obispos de Inglaterra.¡!

    Guinda final. Cuando, por fin, el santo, sabio y enérgico Papa Pío V fulminó excomunión contra la satánica reina Isabel, declarándola depuesta de su trono, los ingleses no sólo no aprovecharon la ocasión para librarse de la tiranía que se estaba enseñoreando de la llamada Isla de los Santos, sino que se hicieron solidarios de los crímenes de su reina, prefiriendo obedecer su presunta autoridad, respaldada por los plutócratas judeo-venecianos, antes que al Vicario de Cristo, Señor supremo de toda Inglaterra, como lo reconocían los reyes en su coronación.

    Uno podrá creer que desde 1533 hasta 1570, las cosas se habían ido aclarando, y que no cabría duda a los ingleses sobre dónde estaba la verdadera Iglesia; Pues no…

    Una vez victoriosa la Revolución, el Solve, viene siempre una etapa de síntesis y aparente reconciliación con el antiguo orden previamente vencido, el Coagula.

    En los reinados de Jaime I y de Carlos I se produjo una cierta restauración de elementos católicos, que confortaron mucho más todavía a los ingleses en la idea de que seguían perteneciendo a la Iglesia, sólo que modernizada y purificada de elementos indeseables.

    Es el tiempo de la King James Version de los textos bíblicos, todavía la más usada hoy en toda la anglosfera, o de los Caroline Divines, por no hablar de los trabajos políticos de Jaime I, frecuentemente mucho más católico que sus contrincantes jesuitas, o del martirio del Rey Carlos I, decapitado por demasiado católico, y único santo canonizado por la iglesia anglicana.

    Aquí toca recordar otra expresión del tal Ratzinger: La «Hermenéutica de la continuidad, o, para los menos ingenuos, la hermenéutica de la reforma en continuidad», porque esa es exactamente la misma experiencia ya realizada en el S. XVII y posteriores:

    Unos, cercanos al catolicismo, aunque juraban y perjuraban abominar del «papismo», procuraban interpretar los 39 artículos, el common prayer book y los juramentos de Supremacía en el sentido más católico posible, (He aquí el origen de nuestros anglocatólicos), pero procurando muy mucho no declararse demasiado abiertamente, no fuera a ser que acabaran «hung, drawn and Quartered», es decir, colgados, y, todavía vivos, abiertos en canal y eviscerados…por rebelde y desobediente integrista, tradiloco, sedevacantista; (How, Sorry, digo…papista).

    Claro que con igual derecho, otros los interpretaban en sentido diametralmente opuesto, totalmente protestante y puritano, por lo que ya tenían ahí todo el «arco parlamentario», nunca mejor dicho, todos juntitos bajo el paraguas de la iglesia conciliar(Gosh! Sorry again, I mean…anglicana).

    ¿No les recuerda todo esto a una cierta iglesia conciliar?

    Si coinciden hasta en sus reyes y sus papas…

    El primero, Enrique VIII-Juan XXIII, gordo, carismático, muy popular a pesar de sus andanzas, iniciador de la Revolución, aunque deseoso, aparentemente, de mantener la Tradición.

    El segundo, Eduardo VI-Pablo VI, débil, enfermizo, para nada carismático, manejado por sus consejeros, pero el verdadero implementador de la Revolución, con su Book of Common Prayer, fruto de su Cranmer-Bugnini, y su rechazo definitivo de la autoridad papal.

    El tercero, o cuarto, María la Católica-Juan Pablo I, durará poco tiempo, de inclinaciones restauradoras, y muertos asesinados por orden de sus prójimos, presintiendo que el comitente del asesinato, en los dos casos, ocuparía su puesto.

    Luego viene el/la asentador(a) de la Revolución, Isabel-Juan Pablo II, de larguísimo reinado (45 años en el caso de Isabel), que le sirve para romper definitivamente con Roma-la tradición, y asentar definitivamente a la iglesia anglicana-conciliar.

    Le sigue una cierta restauración, Jaime I-Benedicto XVI, pero sin que jamás se piense en volver realmente al catolicismo. En los dos casos, se permite la vida y el culto a los católicos, mientras reconozcan la legitimidad del Rey-papa conciliar, y rechacen todo lazo contra los traidores papistas-sedevacantistas.

    Como venga un Papa semejante al Rey-Mártir Carlos I, decapitado por los puritanos de Cromwell por demasiado católico y por defender a su pueblo de los piratas mundialistas que deseaban eliminar el incorruptible obstáculo presente en el trono, tal vez sea cierto que el próximo elegido por el cónclave conozca un fin violento…

    Volviendo a nuestro asunto, creo haber mostrado que todos los pseudo-argumentos utilizados hoy día por todos los defensores de la legitimidad de los jerarcas conciliares ya fueron pensados y utilizados desde el S. XVI, con el fin de ahogar los gritos de la conciencia y del sano sentido común, amén de la voz de los Papas de Roma, y hacerse la cómoda ilusión de seguir siendo católicos, a pesar de comprobar todos los días que su Iglesia estaba muy alejada de la herencia apostólica de la antigua Iglesia de Inglaterra.

    Han tenido que llegar hasta los últimos límites de la degradación dogmática, litúrgica, moral, disciplinar y política para enfrentar, por fin el problema.Con sa-cerdotas que declaran, en más de un 50% no creer en la Resurrección de Cristo, obispas, ocupación masónica y homosexual, desvarío socio-político, corrupción sistemática de menores por parte de una élite decadente y archi-corrompida, etc…

    Too late!!! El Papa de Roma que vuestros antepasados rechazaron tan pertinazmente ya no está aquí para acogeros.

    El que sí está para trituraros es el legítimo heredero de los pudridores de lo que aún quedaba de católico en vuestra Iglesia, y que con tantos esfuerzos habéis intentado salvaguardar, haciéndoos la ilusión de que fuera de la barca de Pedro, aún era posible conservar al Espíritu que da vida y aliento a esa Tradición.

    Hoy hemos hablado mucho de los errores de los ingleses, que los «tradi» de todas obediencias están repitiendo en nuestros días.

    Otro día, trataremos de los errores de los católicos, que impidieron que los ingleses pudieran regresar a la casa común, en más de una ocasión en estos últimos siglos, pecado cuyo castigo experimentan ahora…

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  2. Extraordinario comentario, James Stuart…
    Créame que lo voy a estudiar con gusto y a repartir entre conocidos.
    Dios lo bendiga.

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