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UNA CONDENACIÓN EX CATHEDRA DESCONOCIDA


 Más bien habría que hablar, más que de desconocida cuidadosamente ocultada y arteramente disimulada.

En esta entrada pretendo responder a una objeción del comentarista luso que comentó en un pot anterior:

.. afirmo que tanto quien escribe como el blogger apelamos a ella, me refiero a aquellas cuestiones discutibles (en donde hay más de una opinión) como es el caso del alcance del Magisterio ordinario, de si infalibilidad es sinónimo de “asistencia del Espíritu Santo” o del fundamento de la infalibilidad del magisterio ordinario. Por supuesto que nos basamos en el Magisterio y en la Tradición para emitir esas opiniones, pero no dejan de ser opiniones puesto que el Magisterio no ha zanjado la cuestión.

Ahora bien con esta opinión la mayoría se refiere a la cuestión abierta a discutir por los teólogos,  de la infalibilidad del magisterio ordinario del papa :»puesto que el  magisterio ex-cathedra «no ha zanjado la cuestión». Puede revisarse el Denzinger, por ejemplo, y comprobarse la veracidad de este último aserto, de la infalibilidad del magisterio ordinario.

Ahora bien esto es plenamente falso.  el magisterio ex cathedra de sixto V en la bula «Licet ea » sí ha zanjado la cuestión y en unos términos inusualmente inauditos.

Si el papa no fuera infalible en su magisterio ordinario, podría enseñar herejías y errores contra la Fe.  Si esto lo hiciera podría decirse con toda verdad que l Iglesia de la urbe de Roma, que el preside, habría caído en el error. Pero ¿Puede caer la Iglesia romana en el error? ¿La madre y maestra de todas las Iglesias? ¿La que preside el papa de quien toda la Tradición, por lo menos hasta siglos recientes, ha afirmado su infalibilidad?

¿Alguien ha enunciado algo así como «La Iglesia de la ciudad de roma puede errar»?  La respuesta es que Sí. Hubo alguien en la historia,  que lo dijo y este fue Pedro de Osma. Su proposición con otras diez fueron condenadas en Zaragoza por el obispo local, en 1479. Después lo fue en un proceso abierto por el Arzobispo de Alcalá de Henares, Don Alfonso Carrillo. en un proceso abierto contra el doctro hispano Pedro de Osma, que contó con 58 canonistas y teólogos, presidido por él con anuencia de Sixto IV. Después de largas deliberaciones y maduro examen fueron condenadas las 11 proposiciones d Pedro.

Por fin intervino el mismo pap Sixto IV que condenó nominatim 8 proposiciones de Pedro en la bula «Licet ea». Tres proposiciones que no reproduce las condenó con estas palabras:

“… y las otras (proposiciones) que Nos dejamos en silencio a causa de su enormidad (que aquéllos que las  conocen las olviden, y que aquéllos que no las conocen no sean puestos al corriente por nuestra presente), Nos, las declaramos falsas, contrarias a la santa fe católica, erróneas, escandalosas, totalmente extrañas a la verdad de la fe, contrarias a los decretos de los santos Padres y a las constituciones apostólicas, y conteniendo una herejía manifiesta»

Entre ellas estaba la proposición «ECCLESIA URBIS ROMAE ERRARE POTEST». El papa en la bula no la reproduce «expresis verbis», a causa de su enormidad, y la condena en los términos anteriores.

Esta proposición aparece con la reproducción íntegra de la herética proposición en las recopilaciones llamadas Denzinger, por su primer autor, hasta la edición de 1913. El lector puede obtner en la barra lateral el «Denzinger» de 1854 y consultar el numero 730.  a partir de 1937, habrá que ir a una nota en pie de página para leerla. Ahora, en nuestros días, ya no se puede leer, en las versiones del Denzinger como la de 1963, en castellano de Daniel Bueno, que circula por internet (ahora ya no se puede publicar por cuestiones de copy right). Por supuesto en el Denzinger actual ya no hay rastro de ella. El lector puede leer su reproducción e el libro de Justo Collantes, de la barra lateral «La Fe de la Iglesia«.  Pero en una nota introductoria de este tenor:

Pedro se retractó [después dre la sentencia condenatoria del proceso abierto por el Arzobispo de Toledo en 1479] y se le impuso la pena de no enseñar durante un año. Sixto IV confirmó la sentencia de Alcalá mediante la bula «Licet ea quae de nostro mandato»; pero suprimió tres de las once proposiciones de Alcalá. Una de las suprimidas en la bula es la 7: “Ecclesia Urbis Romae errare potest”.

Juzgue el lector el tamaño de la que yo llamo «impúdica falsificación» de Collantes.

Para una más completa información de todo este triste asunto consúltese el documento que puede obtenerse en la barra del blog y ahora dejo aquí el enlace: CONTRA LA HEREJÍA..»ECCLESIA URBIS ROMAE ERRARE POTEST» Denz.730., que es un extracto de la bula «Licet ea»

Añado una oración del autor del libro del que he extraído el texto del enlace:

“Dios mío, yo creo firmemente TODO lo que Tú has revelado y que la Santa Iglesia Romana ME ORDENA  creer, porque eres Tú, Verdad INFALIBLE QUIEN LA  HA REVELADO y TÚ no puedes ni engañarnos ni errar” (oración de la mañana, “acto de fe”).

Y como apostilla, doy la misma  que trae el dicho (y anónimo) autor, pero que tiene una significación evidente al mismo tiempo que explica la situación actual de la iglesia conciliar no menos que el carácter de la «Resistencia» católica, en particular el movimiento lefebvrista, que quizás suministra las ideas del comentarista al que he contestado en este blog:

Los enemigos denunciados sin cesar por San Pío X han pues continuado su trabajo de zapa modificando de una edición a otra los textos de la Verdad. No hay que sorprenderse que sacerdotes o monjes de edad hayan ya recibido una enseñanza falsa desde los años de su formación teológica. [15]
Tomemos un ejemplo entre tantos otros: el rector del seminario francés en Roma, el padre Le Floch. Este profesor de  seminario totalmente hereje tenía por divisa  reducir lo más posible la infalibilidad papal. Afirmaba en 1926: “La herejía que viene será la más peligrosa de todas; ella consiste en la exageración del respeto debido al papa y la extensión ilegítima de su infalibilidad”. El padre Floch tuvo por alumno a un seminarista que llevaría a hablar de él más tarde: Mons. Marcel  Lefebvre…

4 respuestas »

  1. Interesante aporte del blogger, que no concocía. Sin quitarle el mérito de ello, la condena ha sido muy comentada a nivel de foros tradicionalistas algunos con tendencia sedevacante (por ej el antiguo «Libre forum catholique» en el cual participábamos y otros).

    En realidad, esta condena ex cathedra debe ser leída de conformidad a las demás definiciones dogmáticas en la materia, en concreto, Pastor Aeternus.

    Si fuéramos a leer esta condena al pie de la letra, podríamos concluir erróneamente que el Papa o el Obispo de Roma no puede errar ni siquiera como teólogo privado o enseñando sobre ciencias.

    Un teólogo americano anterior al Concilio, comentando esta condena papal -la de Sixto IV- dice: «Desde que es verdadero que la Iglesia local de Roma es infalible en la Fé y que el Santo Padre es el único maestro autorizado de la Iglesia local de Roma, se sigue que enseña infaliblemente cuando zanja en forma definitiva una cuestión de Fé o Moral con el fin de fijar o determinar lo que debe ser creído por dicha Iglesia. Desde que la Iglesia de Roma es un modelo de todas las otras Iglesias locales en relación al reino universal de Dios en la tierra en materia de lo que debe ser creído, se debe considerar al Santo Padre como dirigiéndose a toda la Iglesia militante, al menos indirectamente, cuando le habla en forma directa y efinitiva a la congregación local de la Ciudad eterna. Así, es perfectamente posible que una definición del tipo de la descrita en la Constitución Pastor Aeternus del Concilio Vaticano por la cual el Santo Padre hablando ex cathedra define una doctrina de fe o moral para ser creída por la Iglesia Universal se dé precisamente cuando enseña a efectos de determinar la fe de la Iglesia local de Roma
    THE AMERICAN ECCLESIASTICAL REVIEW
    June 1950 (pp.454-64)

    The Local Church of Rome
    by Msgr Joseph Clifford Fenton

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  2. Luso:

    Más bien, son las definiciones dogmáticas las que han de ser leídas a la luz de la fe siempre profesada y de las intervenciones magisteriales precedentes, como ésta que nos ocupa. Una vez hecho ésto, es cuando se entiende en su verdadero y auténtico sentido y alcance las definiciones dogmáticas, como la de 1870, horrible y conscientemente deformada por la misma escuela de pensamiento que peleó hasta el final para que no se diera, y que favoreció el estallido de la guerra, para que no pudiese continuar el Concilio Vaticano I.

    Este tipo de condenas, hay que leerlas en su sentido obvio, en concreto, éste: Que es una inaudita y horrible blasfemia afirmar que la Iglesia de Roma, (es decir, su Obispo), puede enseñar el error en fe o moral. Si habla como doctor privado, el Papa NO enseña a la Iglesia, y sería insultar la inteligencia de los tribunales intervinientes pensar que creían en una infalibilidad referente a las puras ciencias profanas cuando éstas no se relacionan en algún punto con la Fe o la moral.

    El texto de Mons. Joseph Clifford Fenton es un buen ejemplo de esa mala práctica teológica, verdadero galicanismo por otros medios, (como diría Clausewitz), que ha enmascarado el verdadero significado de la definición, desde los días mismos del Concilio, y ha reducido la infalibilidad de la Iglesia, que fluye enteramente del Papa, a un penoso e inútil ectoplasma.

    Nos vuelve a servir, bajo otro aspecto, la misma distinción galicana entre la Sedes, y el Sedens. La primera, la Cátedra, o Iglesia Romana, sería infalible, a pesar de que, ocasionalmente, el Sedens, el Papa, pudiese errar enseñando la Fe.

    Sigo esperando que alguien me presente algún ejemplo en que el Papa enseñe de forma provisional, ésto es, NO definitiva, es decir, en que un Papa futuro pudiera desdecirse de lo que afirmara alguno de sus predecesores…

    ¿Quién ha dicho que SÓLO hay infalibilidad cuando el Papa zanja una cuestión de fe o moral? Desde luego, no es ésa la idea que tenían tanto Pedro de Osma, como sus jueces y el mismo Papa Sixto IV, cuando se horrorizaban de que alguien fuera capaz de pensar siquiera que la Providencia divina pudiese tolerar el más mínimo error en fe o moral en la enseñanza del Obispo de Roma.

    Da la impresión de que Nuestro Señor no prometió la inmunización del error a Pedro, sino a la Iglesia Romana, (que aún no existía), y que es ésta la que comunica esa indefectibilidad-infalibilidad a su Obispo y Doctor, y por medio, de éste último, al resto de la Iglesia.

    Volveríamos a encontrarnos aquí con el concepto galicano del Papa como «cabeza ministerial», como mero portavoz o parlamentario «speaker», que habla en nombre de su «Parlamento», que es el verdadero soberano y representante de la Nación, en este caso, de la Iglesia.

    Nunca entendieron en esa forma los Papas su función. Sabían y experimentaban que el Espíritu Santo les fortalecía e inmunizaba la Fe de tal modo, que no permitiría jamás que creyeran un error en fe o moral, y experimentaban igualmente, que la especialísima Providencia divina jamás permitiría que profirieran un error en su enseñanza pública, aun de forma puramente involuntaria y fortuita, no sólo en sus definiciones, zanjando alguna cuestión disputada, sino en todo el ámbito de su enseñanza ordinaria.

    El Papa nunca habla solamente a Roma, y sólo implícitamente, al resto del mundo. Lo mismo que sus bendiciones, sus enseñanzas son impartidas Urbi et Orbi, a la Ciudad y al mundo.

    Sixto IV sabía perfectamente que NUNCA JAMÁS enseñaría el más mínimo error a la Iglesia, porque la promesa del Señor no falla ni puede fallar.

    Y no quería dar publicidad a la infame sentencia contraria, porque sabía demasiado bien que ocurriría con ella lo mismo que ocurría en su época con la sentencia de la Inmaculada Concepción, que, de verdad universalmente admitida, fue cayendo al rango de cuestión ásperamente discutida.

    Sabía que con su Bula Cum pro excelsa, estaba anunciando infaliblemente la verdad, confirmándola además con una festividad litúrgica, pero se vió obligado, por la Constitución Grave nimis, a prohibir que los partidarios de uno y otro campo se llamaran herejes. A tal punto de oscurecimiento pueden llevar ciertos teólogos lo que hasta entonces había parecido tan claro a todo el pueblo cristiano, que no se había visto la necesidad de discutirlo.

    Lo mismo ha pasado con la cuestión de la infalibilidad: Los pueblos cristianos creyeron siempre con encantadora firmeza que el Señor Apostólico tenía siempre la firmeza inquebrantable y adamantina de la Roca, sin fallas ni excepciones. Tuvieron que venir malos teólogos y verdaderos obreros de iniquidad para enturbiar la cuestión, hasta nuestros días…

    Ya que los falibilistas no pueden negar que esa sentencia los condena, y que la cuestión de la infalibilidad absoluta del Papa no es una cuestión de libre disputación, no les queda otro remedio que limitar su alcance, aunque sea a costa de falsear el sentido obvio del texto.

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  3. Los comentarios no están eliminados. Hay gente que los lee. ¿Será un problema de su ordenador?
    Aprovecho para decir que a veces se cuelan comentarios en el span y si se me pasa revisarlo pasa algún tiempo antes de que salgan. Éste es el caso con dos comentarios de Don que ta han aparecido en el post dode ciento.

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