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CONCENTRACIONES MULTITUDINARIAS PAPALES


 

El siguiente es un comentario de Fray Eusebio a la entrada «Lucía murió…», pero que toca un tema de gran actualidad. Es un hecho la deriva de la Iglesia en las últimas décadas, avanzando cada vez más en algo que podríamos llamar «descatolización» en casi todo aquéllo en lo que hubiéramos podido pensar que se reflejaría la esencia católica, como es la liturgia, la ortodoxia, la santidad del clero y religiosos, la moral, la piedad etc.. De ello no es el menor exponente, la descatolización del papado. En efecto el papado, los papas, se han convertido en en figuras internacionales, populares, estrellas mediáticas, que suscitan la concurrencia de millares y aun millones de personas en grandes concentraciones, apariciones públicas, en medios audiovisuales, la televisión sobre todo, el cine, en la iconografía gigantesca frecuentemente de mal gusto…Y todo ello no es algo espontáneo, sino frecuentemente provocado por el mismo ocupante de la sede petrina, con apariciones soprendentes, rodeadas de expectación, gestos estudiados, manifestaciones que dejan pequeñas a las de consumados actores… apariciones multitudinarias que hacen palidecer de envidia a las grandes estrellas «rock».

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La deriva ha culminado en los últimos «papas» en sus continuos viajes, entrevistas a afamados periodistas, publicaciones en las que se recuerda que no ha de buscarse el «munus docendi» pontificio pero que en la portada aparece el reclamo en grandes letras del papa de turno. El «papa» diría cosas como doctor privado y no importaba si estas cosas provocaran interrogantes en católicos de la vieja escuela. ¡Allí no era infalible!

A veces observamos con tristeza que  no solo no son católicas las muchedumbres que enroquecen en sus vítores al papa, sino que tampoco lo es el mismo «papa». De esto ya se trató en el blog, en el post Un catolicismo adulterado», una reflexión acerca del  Viacrucis habido en la JMJ última de Madrid en agosto de 2011.

Pero si esta deriva se hizo cada vez más visible en los «papas» conciliares, teniendo su punto álgido en el «papa» viajero, que por emular al sol en su diario recorrido, algunos atribuyeron el lema de San Malaquías, «Los trabajos del sol» (De labore solis), bien que otros en una traducción más atinada hablaron de «el eclipse del sol»,  el sol que es Cristo a quien ya no proclama una Iglesia eclipsada y aturdida , volcada al exterior, de católicos desconocedores del dogma católico, alejados de la ascética, tal como dijera Francisco que quería una Iglesia del Si y no del NO, bien que su divino Fundador nos aleccionara a negarse cada uno a sí mismo, tomar su Cruz etc.. Él sí quería una Iglesia que dijera No a muchas cosas, al mundo, a la carne.. Pero aquellos jóvenes que acudieron a la  última jornada de la Juventud  y a otras anteriores no parecía estar en esa onda.

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Ahora, en lo que queda de año seremos testigos, en los medios, de grandes concentraciones multitudinarias papales, como las que habrá en la JMJ de Rio en este mismo mes. Más tarde acudirán multitudes  a las canonizaciones de sendos papas, el uno el «papa bueno» el otro el papa«magno«.

Por ello he juzgado actual el tema tratado en el comentario que traigo a continuación, precedido de un interesantísimo vídeo que nos proporcionó nuestro amigo Don. En él ya se ve incipiente la deriva actual del papado que alguno podría describir como algo «esperpéntico».

Por Fray Eusebio de Lugo

Muy interesante este vídeo.
Lo voy a comentar de modo un tanto caótico, según se ofrezcan las cosas, pero estoy seguro de que abrirá perspectivas inexploradas a más de uno…

Se ve cómo, desde el mismo principio, se quiere presentar al último Papa-Príncipe como alguien reaccionario, preocupado de algo tan mal considerado hoy día como la castidad y pureza.

Cabe recordar aquí lo que la Virgen les decía a los tres pastorcillos de Fátima, referido por Jacinta: “Los pecados de la carne son los que más almas llevan al infierno”. Sólo esa frase ya les era insoportable a los novadores, no menos que a los clérigos contemporáneos, que ni por equivocación predicarán alguna vez sobre el infierno, o la importancia de la pureza de cuerpo, alma y corazón.

Les molesta mucho que el Papa se ocupe de todas las cosas humanas, sin restringirse a sólo lo ultraterreno, así que tienen que presentarlo como hiperexigente, maniático, y, sobre todo, lo que más les fastidia, que el Papa sea infalible, cuando habla de todas las cosas, en todo lo que de cerca o de lejos, diga relación con la Fe o la moral.

Sin embargo, los especialistas en comunicación que realizan este reportaje, conocedores de su oficio, no han podido más que notar muy claramente que entre Pío XII y sus predecesores, algo muy importante ha cambiado: Normalmente, los Papas evitaban el exponerse excesivamente a las miradas, las aclamaciones, y el contacto directo con las grandes masas de fieles, mientras que, sobre todo antes de 1870, cuando todavía existía la Roma papal, tenían prevista, casi todas las tardes, la visita de algún hospital, iglesia, escuela, etc…de su Ciudad, para no perder el contacto con sus hijos, sin los inconvenientes que las grandes masas de gentes llevan consigo.

Se sabían Vicarios de Alguien infinitamente más importante que ellos, y deseaban que los fieles conservaran ese espíritu de fe, y fueran a Roma, no principalmente a ver al Papa, sino a visitar los sepulcros de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, columnas de la Iglesia Romana, y de nuestra propia fe.

Por eso, cuando los fieles empezaron a aplaudir, ya a principios del S. XX, cuando el Papa hacía su entrada sobre la silla gestatoria en la Basílica de San Pedro, el Papa san Pío X se levantó y clamó con voz inusitadamente enérgica: “¡Basta! ¡No se aplaude al siervo en casa de su Señor! Y tenía razón, el recto espíritu de fe católica debía fijarse sobre todo en que no importaba tanto quién fuera la persona que pro tempore se sentaba en la Cátedra, lo que importaba principalmente, es que él era Pedro. Así se le cantaba al Papa el día de su Coronación, acompañado por los sones de las trompetas de plata.

No otro sentido tenía el que, desplazándose el solemne cortejo por medio de la Basílica, se paraba, y un clérigo quemaba un pequeño hato de estopa delante del Pontífice, clamando en alta voz: tres veces: “¡Pater Sancte, sic transit gloria mundi! Para recordarle que los honores únicos que se le tributaban iban dirigidos, no a su persona particular, sino a la función que endosaba, y de la que tendría que rendir muy pronto tremenda cuenta.

[a notar desde el minuti 4:23]

Y esto, desde la más remota antigüedad. Por eso, los Concilios Ecuménicos, aceptando los infalibles pronunciamientos de los Papas, exclamaban: “¡Pedro ha hablado por boca de León! (Magno) ¡Pedro ha hablado por boca de Agatón!

Tenían muy claro que ellos eran únicamente el último eslabón de una larguísima cadena de ilustres predecesores, en cuyas gloriosas huellas él debía tener la humildad y el sano sentido común que colocar sus pasos, evitando todo tipo de novedades que pudieran manifestar algún alejamiento de la herencia recibida de sus antecesores.

Pío XII, sin embargo, es el primer Papa que va a convocar grandes concentraciones de fieles, enormes masas que demostrarían que la Iglesia no había perdido poder de convocatoria, y que aún podía pesar en el devenir de las naciones. También en la sociedad civil, era la moda de los grandes mítines, manifestaciones y ceremonias multitudinarias, que alcanzaron en países como Alemania su máximo grado de perfección y eficacia, como las “demonstrationen” de Nüremberg  que pudieron ser vistas por el mismo Pacelli, en el tiempo de su nunciatura en Berlín.

Ése era también el pensamiento de los liturgistas, desde los años 20, por lo que procuraron eliminar lo más posible el canto del coro litúrgico, bien fuera el de los canónigos y demás clérigos, el de los venerables padres de familia que se transmitían su saber de mano en mano por tradición oral, o incluso, el de las corales tan típicas del movimiento ceciliano engendrado por las reformas de san Pío X.

Y como el sitio natural de esos cantores litúrgicos les estaba señalado en nuestras iglesias, y sobre todo nuestras catedrales, por la ubicación del conjunto monumental formado por las sillas de coro, el facistol, los órganos, las tribunas de los cantores e instrumentistas, rejas y vía sacra, arrasaron lo más bárbaramente posible con todo ello, como se puede comprobar en España, en que buena parte de nuestras iglesias han sido desfiguradas por los nuevos Cromwell ensotanados que regían nuestros destinos, mucho tiempo antes del Concilio.

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Así como en el asedio a una fortaleza, la superación de la primera muralla augura, que sin la intervención de un pronto socorro, el recinto central caerá más o menos rápido; los revolucionarios litúrgicos sabían que una vez arrasado el Coro, el altar quedaba indefenso, y a merced de la misma moda revolucionaria que tan bien sabe manipular a las masas. Lo que ya era previsible en los años 20, lo hemos visto cumplirse íntegramente: Una vez eliminados o desustanciados los Coros, atacaron el corazón de nuestras iglesias, los Altares. Primero poniéndolos al revés, luego sacándolos del espacio sagrado y protector del santuario, para situarlos al borde del transepto, exponiéndolos a todo tipo de irreverencias, para, al final, destrozarlos completamente, y eliminar sistemáticamente todos los altares laterales. Como digo, ni Cromwell ni Calvino en sus más satánicas pesadillas, hubieran soñado tamaño éxito.

Ya no querían iglesias edificadas según el modelo de la Jerusalén de arriba, para acoger el Cielo en la tierra, y celebrar una liturgia que fuera reflejo de la liturgia celeste. Entre otras muchas cosas, porque eso implicaba una jerarquización de los espacios, de las funciones, y del lugar de cada uno en el Templo. No, ellos querían hangares amplios, diáfanos, con la mínima decoración, siempre susceptible de “distraer” a las masas que, igualitariamente, la llenarían para atender a lo que se les decía desde el podio-altar, y unirse en una especie de borrachera seudo-mística, en un mismo «canto popular” que los uniera sentimentalmente, en la misma forma en que lo habían experimentado en las enormes liturgias neo-paganas de Nüremberg, o, con menos estilo, en las concentraciones comunistas

.Cuesta creer hasta qué punto la estética, la filosofía, o incluso la falsa “mística” neo-pagana puesta a punto por los eruditos creadores del nacional-socialismo (entre ellos, varios eclesiásticos renegados, pero muy versados en el esoterismo), llegaron a influir sobre las mentes eclesiásticas, (incluso a los más ardientemente antinazis, como Pacelli; ya que la exposición a las artes diabólicas raramente deja indemne); pero los interesados pueden leer las memorias del padre dominico polaco Ceslas Rzwuski, que cuenta que cuando visitó la importante abadía benedictina de María Laach, uno de los más importantes centros de la revolución litúrgica que se estaba gestando, notó cómo el abad Ildefonso Herwegen eliminaba las hasta entonces estrictas reglas de urbanidad del refectorio a favor de las tropas paramilitares nazis, y sobre todo cómo, mientras en la iglesia de arriba, todo parecía normal, en la ancha cripta del monasterio, se celebraba algo muy parecido a la nueva misa, con altar al revés, y cantos y ceremonias muy parecidos no sólo a los nacionalsocialistas, sino a los de los antiguos misterios paganos egipcios, griegos o romanos. Cuando uno recuerda que el celebrante era Dom Odo Casel, el autor de la “teoría de los misterios” o del “Misterio Pascual”, omnipresente en la doctrina conciliar, que reinterpreta y adultera totalmente el carácter sacrificial de la Misa, y es el fundamento doctrinal de la falsa misa de Pablo VI, aparece claro el lazo entre realidades que podían parecer inconexas entre sí.

Como suelo repetir, venimos obligados a observar lo que nos viene impuesto por la naturaleza misma de las cosas. Y si nos negamos, las consecuencias caen irremisiblemente, sin que podamos quejarnos de ello.

Por ello, nunca antes se habían permitido los Papas apoyarse directamente sobre las masas, al estilo de un Mussolini, porque sabían perfectamente lo peligroso que resulta exponerse a ser ensalzado un día, para que al siguiente, los mismos individuos pidan tu cabeza.

Desde las turbas que reclamaban a Barrabás, hasta las que provocaron la elección dudosa de Urbano VI, origen del Gran Cisma de Occidente, los Papas sabían que ésa no era la forma de llevar las almas a Cristo.

No es extraño que los sabios y experimentados romanos acabaran llamando a Pío XII “L’altro uomo al balcone”, recordando los discursos de Mussolini desde el del Palazzo Venezia.

Grave error, y muestra de suprema debilidad: Intentar mantener a través del carisma personal (algo sentimental y subjetivo) lo que debía obtenerse a través del objetivo espíritu de fe que ve a Pedro a través del Papa.

No se les ha pasado por alto los gestos estudiados, amplios, ampulosos, teatrales, con los que Pacelli acompañaba sus apariciones públicas. Con éstos, estaba demostrando que había perdido de vista que una de las funciones de los ornamentos litúrgicos y demás vestiduras, en este caso papales, reside en impedir que el que las lleva se convierta, aun involuntariamente, en un “payasete”, en un bufón.

Los romanos, mejor que ninguno, sabían que el hombre sabio y maduro se manifestaba en un semblante pacífico, unas palabras y tono mesurados, y unos gestos parcos, sin aspavientos teatrales o inmoderados. Y las vestiduras que usaban estaban pensadas precisamente para reflejar esto. (Intenten gesticular vestidos de la toga de lana romana, se cansarán enseguida).

Se ve perfectamente en las imágenes cómo las vestes papales quitan la gracia personal cuando se agita demasiado los brazos, o el resto del cuerpo.

Actuar para una película, o pensando en términos cinematográficos es algo propiamente impensable en alguien caracterizado hasta entonces por su “gravitas”.

Los fieles, dotados de sano sentido común, no dejaban de experimentar incomodidad, o algo peor. Todavía recuerdo, años ha, oír en una radio francófona de Quebec, cómo una ferviente católica explicaba que su madre siempre había soñado con ir a Roma, para ver a ese Papa tan supraceleste (no en vano llamado angélico) que les era mostrado en la pantalla del televisor. Cuando, por fin, se encontró cerca de Pío XII, rodeado por decenas de objetivos y flashes, se dio cuenta de repente de que algo no cuadraba. “En ese momento, perdió la Fe”. Así funciona la fe sentimental, no apoyada donde hay que apoyarla. Hoy se tiene, mañana no, pasado quién sabe.

Como dicen los franceses: “Qui fait l’ange, fait la bête ».

Pero el deber de la autoridad eclesiástica estaba en no dar ese escándalo, que sus predecesores habían evitado cuidadosamente.

Pueden ver, por ejemplo, en el minuto 5:04, que Pío XII se dirige a los fieles desde el altar de San Pedro, y que para que se le vea bien, han quitado la Cruz de altar del mismo tamaño y forma que los candeleros, para poner otra más pequeña. Ya se empezaba, con cosas tan “inocentes” a acostumbrar a los fieles a la desolación de los altares.

Y prosigue diciendo el comentarista, que no da puntada sin hilo, que los últimos años de Pacelli tienen un sabor muy marcado de eclipse, de agonía lenta, de decadencia, no sólo de “Fin de règne”, sino de “Fin de régime”. Como cierto Borbón de por aquí, patéticamente, Pío XII intenta aparecer “campechano”, cercano, amable, por sí mismo, y no por su función.

El problema es, que cuando se une demasiado carisma personal y función institucional, es que, en cuanto llega la decadencia física y sicológica, esta no afecta solamente a la persona particular, sino que contamina también a la realidad institucional, haciéndola parecer caduca.

Incluso las apariciones con las que se ve favorecido, y que se le conceden, no a favor de la persona, sino para ayudar al gobernante supremo a armarse de valor, desafiar todas las resistencias, vencer sus prejuicios personales para obedecer a la voluntad claramente expresada de Nuestra Señora, consagrando Rusia e iniciando una labor de fumigación antimodernista todavía más enérgica que la de Pío X; las va a interpretar en clave subjetiva, como una ayuda a sus angustias internas, por otra parte, perfectamente motivadas.

Porque el Papa se da cuenta cada vez más de que está completamente sólo, aislado, sin colaboradores de los que pueda fiarse, porque ha querido hacerlo todo por sí mismo, controlarlo todo, imponiéndose un trabajo de Hércules, que sólo por un tiempo podía mantener.

Una vez más, no se sigue la naturaleza de las cosas: Nuestro Señor tiene determinado hacer oír su voz a través de los consejos no de cualquiera, sino de aquellas personas designadas específicamente para ello; en el caso del Papa, los consejeros natos a los que Nuestro Señor da gracia especial de aconsejar, son sus cardenales. Pío XII, sin embargo, exclamará: “¡No quiero consejeros, sólo ejecutores!” Tan inútiles le parecían aquellos que estaban puestos por Dios para su ayuda y consejo, que dejó reducido el Sacro Colegio a su mínima expresión, por no haber convocado Consistorio en sus últimos años. Nuestro Señor puede perfectamente conceder su gracia de manera extraordinaria, pero no cuando se desprecian los medios ordinarios perfectamente accesibles…

Peor aún: Está rodeado de enemigos por doquier, hasta entre sus más próximos colaboradores. Pero no se siente con fuerzas, ni tiene costumbre de luchar de esa manera. Como diría más tarde el Card. Siri, hacía falta un san Gregorio VII, perseguido por todos y reducido al exilio, para pasar el lanzallamas sobre las estructuras subversivas montadas en lo más íntimo de la administración eclesiástica. Pero sólo tenía a un diplomático, de la escuela de Pío XI, que hallaba conveniente tener amigos hasta en el infierno (o en la Rusia comunista, que tanto da)

No eran esta clase de personas las que iban a poder entender la inmensa oportunidad que Nuestra Señora les brindaba, con la revelación del Secreto, ya que éste consistía en una denuncia de la infiltración modernista y de la incuria de muchos eclesiásticos, que hubiera tenido una repercusión todavía mucho mayor que las denuncias de san Pío X a principios del S. XX.

Una vez armado de las palabras de la mismísima Reina de los Cielos y Madre de la Iglesia, ¿Quién se habría permitido objetar a las medidas de excepción tomadas por el Papa para extirpar el cáncer modernista, y a que consagrara Rusia a su Inmaculado Corazón? Con ese acto, habría restablecido su autoridad tanto ad intra, obligando a todos los obispos a unirse a él, sin discusiones, y ad extra, demostrando que el Pontífice Romano tiene autoridad sobre todas las naciones y sus gobernantes, por voluntad del mismo Dios.

1950 habría debido ser el momento cumbre de su pontificado, la definición dogmática de la Asunción de Nuestra Señora al Cielo, justo cuando la reunión de tantos obispos en Roma daba la ocasión ideal para revelar el Secreto (Lucía había muerto un año antes), y para hacer la Consagración colegial pedida por Nuestra Señora.

Incluso urgido por repetidas apariciones de la danza del sol, dejó pasar esa oportunidad.

Los años siguientes van a ser un lento hundimiento en la desesperación, cuando Pío XII, en un momento de debilidad, confesará a un visitante que se le quejaba del estado calamitoso de su Diócesis: “Mire Monseñor: ¡Mi poder se limita a las cuatro paredes de este despacho!”

Pío XII intentaba atraer a los fieles con su carisma, en grandes reuniones de masas, no por orgullo personal, del que estaba muy lejos. Ya que había perdido el control de la maquinaria eclesiástica, dominada desde dentro por los infinitos Montini, y desde fuera, por los poderes enfrentados entre sí del gigante masónico británico-americano, por una parte, y del dragón comunista, por la otra, procuraba llegar directamente a los fieles, sin intermediarios, a través de los nuevos canales de la radio y la televisión. Era lo único a lo que todavía podía recurrir en esa gran agonía, aguantar así, hasta tener listo a su sucesor:

Una única cosa parecía alegrar esa noche oscura: Allá en Génova, un jovencísimo cardenal Siri iba siendo formado para tomar las riendas, una vez que él no estuviera. Destinado a ser el Gregorio VII que él no se veía capaz de encarnar, sólo esperaba poder llegar a 1960, revelar el Secreto, y dar así a su sucesor designado el mejor inicio posible para un Pontificado difícil entre todos…

Claro que esto también lo sabían sus enemigos, por lo que adquiere todavía más verosimilitud la repetida afirmación de que Pío XII murió envenenado progresivamente, explicándose por ahí, la rapidísima descomposición de su cuerpo, y que fue atribuida a que su presunto asesino, el incalificable Galeazzi-Lisi, su propio médico personal, le habría inyectado una solución preservativa.

Y lo sabía también Mons. Roncalli, desde 1954, que se dedicó a hacer exactamente lo contrario de su antecesor, y se apresuró a enviar el Secreto a lo más profundo de los Archivos, mientras se aseguraba de que Sor Lucía II se mostrara lo menos posible, no fuera a ser que alguien se diera cuenta del engaño…

Sus enemigos utilizarán las medidas extremas de Pío XII, y sus apariciones en televisión, para cambiar la imagen pública del Papado, mientras lo vaciaban de su esencia.

Así se llegaría a las monstruosidades del juanbablismo, de las JMJ, y de las “humildades” de Jorge-Francisco, mientras que hasta los clérigos más “eruditos han olvidado lo que de verdad es un Papa…

4 respuestas »

  1. Totalmente de acuerdo. Interesantísimo el tema expuesto y magnífica exposición del tema como siempre por Fray Eusebio. Esto viene a ratificar que la demolición de la Iglesia es algo que ya venía produciéndose como bien visionó Emmerick desde hacía mucho (ella incluso los vio hasta en su época) como los demoledores iban arrancando piedra a piedra de aquí y de allá siguiendo un plan minuciosamente estudiado.

    Lo de las JMJ es de juzgado de guardia y un absoluto escándalo. El pudor brilla por su ausencia. Puros encuentros para el desenfreno, la diversión y para que el Papa se de un baño de multitudes. El anticatolicismo brillando como nunca.

    http://moimunanblog.wordpress.com/2011/08/29/el-sagrado-burdel/

    http://moimunanblog.wordpress.com/2011/08/22/vendran-modas-que-ofenderan-mucho-a-dios/

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  2. Algo grande se está gestando. Algunas noticias sorprendentes.

    De las JMJ a los Encuentros multirreligiosos ecuménicos:

    Encuentro de jóvenes judíos, católicos y musulmanes en la JMJ:
    http://www.zenit.org/es/articles/encuentro-de-jovenes-judios-catolicos-y-musulmanes-en-la-jmj

    Templos de diferentes religiões abrem as portas para peregrinos na JMJ
    http://g1.globo.com/jornada-mundial-da-juventude/2013/noticia/2013/07/templos-de-diferentes-religioes-abrem-portas-para-peregrinos-na-jmj.html

    ¿Devoción al Santísimo o ganas de notoriedad? Juzguen ustedes mismos.

    Un Papa aclamado por el mundo, por sodomitas de vida bastante depravada como Sir Elton John, etc. Algo insólito. Ver para creer.

    Francisco con sólo 3 meses de pontificado ya es el HOMBRE DEL AÑO para la revista Vanity Fair:
    http://www.elcomercio.com/mundo/PapaFrancisco-HombreDelAno-VanityFair-Italia-testimonios-lider-mundial_0_952704872.html

    Francisco propuesto para el Nobel de la Paz por una comunidad judía, mientras tanto los judíos hacen lobby para bloquear la canonización de Pio XII.
    http://www.periodistadigital.com/religion/vaticano/2013/07/06/papa-francisco-candidato-al-nobel-de-la-paz-iglesia-religion-papa-obispo-argentina-judios-amia.shtml

    http://noticias.terra.es/mundo/judios-expresan-al-papa-preocupacion-por-esfuerzos-para-canonizar-a-pio-xii,c4d69ec05cb6f310VgnCLD2000000ec6eb0aRCRD.html

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  3. Visto que mi comentario acerca de las reformas litúrgicas de Pío XII ha despertado un cierto interés, procuraré en esta continuación dar algunas pinceladas más, que nos ayuden a entender la gravedad y extensión del problema.

    Pero me temo que antes de analizar la letra, conviene rememorar primero el espíritu de la liturgia, que nos servirá para entender lo que nos jugamos con esta cuestión.

    Recordemos en primer lugar que la importancia del culto divino es primaria para todo hombre, y máxime para un cristiano, porque todas las cosas han sido creadas para alabanza y gloria de su Creador. Todas, cada una según su peculiar naturaleza, son un reflejo de la eterna alabanza que se celebra en el interior de la Santísima Trinidad, en su eterna circumincesión de amor, en que el Padre engendra al Hijo, el Hijo rinde culto al Padre, y de ese movimiento procede el Espíritu Santo.

    Para hacer participar, en la medida posible a unas criaturas, de ese eterno movimiento litúrgico, creó Dios a los demás seres. Los ángeles rinden culto a la Santísima Trinidad en el modo conveniente a puros espíritus, sin mediaciones sensibles. Sin embargo, el ser humano, compuesto de espíritu inmaterial, y cuerpo sensible, sí necesita expresar esa unión con la liturgia celeste, a través de mediaciones sensibles. Y no sólo las necesita para sí mismo, también son imprescindibles esas mediaciones sensibles, porque a través de ellas, toda la creación inferior al hombre (animal, vegetal, mineral) se asocia a ese culto divino. El hombre se encuentra en el punto medio de dos pirámides: Una compuesta por los ángeles y los santos, descendente, que hace bajar el Cielo hasta él, y otra ascendente, toda la creación, cuya alabanza pasa a través del culto litúrgico de la tierra, hasta llegar al Padre Eterno, por el Hijo, en la Unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

    Ahora, se entenderá mejor por qué Pío XII definía las normas que regulan el ejercicio del culto divino de esta tierra de la siguiente manera: “La Liturgia, considerada como un todo, es la colección de símbolos, cantos y actos a través de los cuales la Iglesia expresa y manifiesta su religión hacia Dios”.

    Como la escalera de Jacob, que veía cómo los ángeles subían y bajaban por ella, implica un doble movimiento, descendente y ascendente: La iniciativa es siempre divina, nos regala el poder participar de la gloriosa liturgia del Cielo, por Cristo, haciendo que el Espíritu Santo la fuera traduciendo en formas sensibles, accesibles para los seres humanos. Y un movimiento ascendente, la de los seres humanos, que responden libremente al ofrecimiento divino, y cumplen su función de mediadores de la creación inferior, observando lo más fielmente posible, tanto en su espíritu como en su letra, la traducción que Dios mismo ha establecido. En el Antiguo Testamento, directamente por sí mismo, por ejemplo, entregando a Adán y Eva penitentes, como parte de la Revelación primitiva, las reglas básicas del acto principal de religión, el sacrificio, que Abel observará, mientras que Caín no, con las consecuencias que ya conocemos.

    O cuando, hablando con Moisés, le señalaba con todo detalle cómo tenía que ser la Tienda del encuentro, el sacerdocio, y tantas cosas, como para llenar varios libros de la Sagrada Escritura (Éxodo, Levítico, Números), o enseñando a David el modelo del Templo, y dando a Salomón la sabiduría para construirlo.

    En el Nuevo Testamento, dio a su Iglesia vista infalible para plantar el culto definitivo, del que el del Antiguo era sólo sombra, a través de los Apóstoles, sus sucesores, y especialmente el Apostólico por antonomasia, el Papa de Roma.

    Nunca mejor que en este caso, se cumple aquello de “traduttore, traditore”, porque aquí, cualquier falta en la plasmación de la liturgia celeste en la de la tierra tiene unos efectos pavorosos:

    En primer lugar, por el adagio “Lex orandi, lex credendi”, es decir, que la Ley de la oración, del culto divino, por una parte, es reflejo de la Fe, y por otra parte, es principalmente a través de la liturgia, que el pueblo cristiano la aprende y la asimila, prácticamente, suaviter fortiterque, como con la leche materna. Por eso, cualquier error que se introduzca en la liturgia, tiene inmediata repercusión sobre los contenidos de la fe, siendo ésta la puerta principal por la que los herejes siempre han procurado convertir un error minoritario, confinado a una élite de subversivos, en un fenómeno de masas difícilmente desarraigable.

    En segundo lugar, porque la liturgia visible opera invisiblemente en el alma de cada fiel que asiste a ella, medio ordinario por el que el Divino Artista, a través de la intrincadísima concatenación de realidades sensibles litúrgicas, va modelando el alma de cada bautizado, aunque este último casi no se entere de nada. Por ello, cualquier torcimiento, aun en cosas aparentemente muy pequeñas, se convierte en correspondiente torcimiento en el trabajo del Espíritu Santo, y consecuente colaboración humana, con inimaginables repercusiones en todos los órdenes de su vida, no sólo espiritual, sino también, sicológica, familiar, social, intelectual, e incluso física.

    En tercer lugar, porque el culto de esta tierra, mediador de toda la creación inferior, tiene hondas repercusiones en ella. Es increíble el efecto que cualquier rito, palabra o cosa sagrada puede tener en las cosas incluso inanimadas, simplemente una gota de agua bendita, el sonido de las campanas consagradas, o de los órganos bendecidos.
    Ahora bien, si se falsea el rito litúrgico, la creación retribuirá ese acto, en forma parecida a como el cuerpo reacciona, cuando se abusa de él, se lo envenena, o se lo hace servir para un fin al que no está destinado. Y como no me cansaré de decir, todo esto no depende de nuestra pequeña voluntad humana. Nos viene impuesto por la naturaleza misma de las cosas, que no podemos pretender redefinir a nuestro antojo.

    Todo esto era de una evidencia suma para los cristianos, cuando éstos vivían todavía del verdadero espíritu de Fe sobrenatural. Y por ello, dedicaban sus mejores energías y recursos para su celebración más desarrollada y cuidada, y hubieran firmado debajo de lo que decía santa Teresa de Jesús: “¡Por la menor de las ceremonias de la Santa Iglesia, me ponía yo a sufrir no una, sino mil muertes!”

    Del culto litúrgico, celebrado en su espíritu y en su letra, tal como mandado por la Iglesia en sus libros litúrgicos, o en sus costumbres recibidas, se puede decir lo que de la Sabiduría afirma la Escritura: “por ella me vinieron todos los bienes” (Sb. 7, 7)

    Y, conversely, a intención de los que dejan aminorarse el culto divino, lo celebran fraudulentamente, o meramente, con poco fervor, dice la misma Escritura: “Maledictus qui facit Opus Dei fraudulenter aut fastidiose” (Jer. 48,10).

    No se extrañen de que la máquina de este mundo parezca estar deshaciéndose. Una vez ha perdido su regulador principal, estará bamboleándose de manera cada vez más peligrosa, hasta que Alguien venga, y restablezca el equilibrio.

    Nuestras iglesias, con sus coros y sus altares, eran los verdaderos “pilares de la tierra” que la mantenían en su ser. Una vez que se la ha abandonado al dominio de los demonios, no nos extrañemos de que incluso la creación inanimada gima con tremendos alaridos…

    Dicho esto, entenderán que cualquier cuidado que se ponga en la perfección de la liturgia de la tierra es poco, y que debamos mirar con lupa si las modificaciones operadas en ella a lo largo del S. XX deben ser retenidas.

    Entenderán entonces por qué los Padres de María Santísima merecieron engendrar a esta aurora de nuestra salvación, precisamente ante la Puerta Dorada del Templo.

    O por qué el sacerdote Zacarías recibe su revelación precisamente ministrando en el Templo,

    O por qué Nuestro Señora deseó consagrarse desde muy pequeña a Dios sirviendo las necesidades del culto del Templo, dedicando a ello buena parte de su infancia y adolescencia,

    o por qué Nuestro Señor deseó quedarse en el Templo, aparte de para enseñar a los Doctores,

    o por qué toda su vida girará en torno a él, lo defenderá como a Su Gloria, y llorará sobre él, sabiendo que estaba condenado, por la maldad y corrupción de los judíos.

    También se entiende por qué los Apóstoles dieron origen a los diáconos, para dedicarse exclusivamente a la oración y a la predicación, (Hech.6,4), por qué fue la primera preocupación de todos los evangelizadores, aunque fueran gentes tan ocupadas y rodeados de mil peligros e incomodidades como san Martín de Tours, santo Domingo de Guzmán, san Francisco Javier, san Francisco de Sales, o santo Toribio de Mogrovejo.

    Todos ellos sabían además, que las leyes, normas y costumbres litúrgicas no eran algo “Hecho por mano de hombre”, sino que, lo mismo que la Santa Faz, o el Santo Sudario, eran plasmación de Dios mismo, a lo largo de mucho tiempo de maduración, y que por lo tanto, no eran dueños de la liturgia, sino humildes y agradecidos utilizadores, que también en esto deberían dar cuenta de su administración, y de cómo se la habían pasado a sus sucesores.

    Evidentemente, en esas condiciones, a ninguno le habría pasado siquiera por la cabeza la idea de operar autoritariamente una reforma general de la liturgia, desde arriba, puesto que hubiera sido equivalente a querer reformar radicalmente las Sagradas Escrituras, o el mismísimo organismo dogmático de la Iglesia.

    Aquí está precisamente el gran acierto del comentarista que nos solicitaba esta continuación: Intuye que en el ámbito político-jurídico, ha ocurrido un fenómeno análogo al sucedido en el litúrgico.

    Vamos a ver en esta parte primera con un ejemplo lo que supone haber abandonado el entendimiento tradicional sobre la evolución y progreso litúrgico; mientras que en una segunda parte, veremos cómo ocurrió lo mismo en el ámbito jurídico-político.

    Daré la palabra aquí a este excelente artículo de Disputationes Theologicae, en que se hace un exhaustivo análisis de la Reforma de la Semana Santa:

    http://disputationes-theologicae.blogspot.com.es/2010/03/la-riforma-della-settimana-santa-negli.html

    Podrán comprobar ahí cómo los mismos abogados del malsano arqueologismo condenado por Pio XII, que intentaban hacer revivir ritos extinguidos desde hace mucho tiempo, (cuando convenía a su agenda subversiva) no tienen ningún empacho en eliminar drásticamente las huellas de un antiquísimo pasado, que había desaparecido de otros lugares de la liturgia, pero que se había conservado en los Oficios de Semana Santa, por respeto a su venerable antigüedad, que nos ponía en contacto directo con las edades apostólicas de la iglesia.

    Mientras, no tenían ningún inconveniente en introducir verdaderas y propias invenciones precisamente en la parte más preservada de ellas en todo el rito romano, y probablemente, en todos los ritos apostólicos.

    Por ejemplo, la bendición de las palmas de los fieles, de espaldas al altar y a la cruz, cuando no al Santísimo Sacramento, pero eso sí, frente a los fieles, que es de lo que se trataba, para acostumbrarlos a la Misa y los altares versus populum. Por supuesto, desaparecía la antigua “Missa sicca”, lo que importaba, era que los ritos y las palabras se vieran bien, se oyeran mejor, y que no dieran la impresión de que ahí hubiese ningún misterio más allá de la comprensión del más romo de los fieles.

    Como el Prefacio hablaba de la realeza de Cristo, no tuvieron vergüenza en quitarlo: “Tibi enim serviunt creaturae tuae: quia Auctorem que solum Deum et cognoscunt et omnis su factura que collaudat, et benedicunt que sancti tui. Quia illud nomen magnum Unigeniti tui et coram Regibus potestatibus huius saeculi voz libre confitentur »

    También había que suprimir las oraciones que hablan de las ventajas de los sacramentales, y del poder que tienen contra el diablo.

    Tampoco temen la contradicción palmaria, con una cruz de altar que permanece velada, mientras la cruz procesional no lo está.

    No les importó eliminar una de las más conocidas ceremonias del Domingo de Ramo, la que hacía que el celebrante golpease la puerta de la Iglesia tres veces, aclamando desde fuera y desde dentro de la iglesia a Cristo-Rey, que entraba en la Jerusalén triunfante.

    Eso sí, inventan una oración super populum, para así dar la cara al pueblo y la espalda a Dios lo más posible.

    Ni siquiera retrocedieron ante la amputación del canto de la Pasión, de la que retiraron arbitrariamente la narración de la Última Cena. Se borraba así el íntimo lazo de unión entre Eucaristía y Pasión de Cristo, camino de la “Teología del Misterio Pascual”, que pretende borrar la Cruz de Cristo, y su renovación en cada Misa.

    El Lunes Santo, se prohíbe la oración “contra persecutores ecclesiae”, y la oración por el Papa. Evidentemente, poco ecuménicas.

    Impresiona ver cómo el Martes y Miércoles Santos, se reproduce la desvinculación entre Pasión y Eucaristía. Ahí es donde se comprueba cómo la teología caseliana es el cogollo de toda esta reforma.

    El Jueves Santo:

    Los autores mismos confiesan que se inventaron el que los sacerdotes asistentes llevaran todos la estola, en un intento de irlos acostumbrando a una concelebración obligatoria que no tenía precedentes en la historia.

    Muy comentado con ocasión de las originalidades de Francisco, el Lavatorio de los pies, que antes se realizaba después de los Oficios, y justo antes de la denudación de los altares, se va a situar en plena celebración, como medio óptimo de desplazar los acentos: Ya no insistir tanto sobre la institución de la Eucaristía, y su relación con la Pasión que ya se anuncia, sino remarcar bien el amor fraterno, al estilo masónico.

    Daba también la oportunidad de que los laicos empezaran a subir al presbiterio, entraran en el santuario, lo que les acostumbraría al constante trasiego habitual en la nueva misa.

    Los novadores no soportan la idea de penitencia, y de pedir repetidamente perdón a Dis, por lo que han intentado eliminar lo más posible los Confiteor, como el que había antes de la Comunión. Ésta se debe hacer únicamente con Hostias consagradas en esa Misa, dando a entender, al modo protestante, que hay presencia eucarística únicamente por la fe de los fieles, y que dura tanto como la Misa, pero no más allá.

    Cosa que se notó especialmente en España, la Misa se celebraba por la tarde, y se desaconsejaba el que el Monumento, o peor aún para los neoliturgistas, el “sepolcro”, fuera excesivamente hermoso y decorado, mostrando bien a las claras la fobia antieucarística tan típica de todos los herejes antilitúrgicos. Así fue como en España, y en otros lares, se dejaron de montar los impresionantes monumentos del Jueves Santo, como el de la catedral de Sevilla, concebido como una gran torre de pisos siguiendo el esquema columnario de órdenes clásicos, o el de la catedral de Toledo, también verdaderamente notable. El lema de los vándalos parecía ser: “Dar donde más les duela”, para provocar un verdadero trauma sicológico que debilitara las previsibles resistencias futuras, con la autoridad de un Pío XII.

    Viernes Santo:

    Eliminan la “Misa de presantificados”, testimonio de mucha antigüedad, qu el Oriente aún conserva en vigor, atribuyéndolo precisamente al papa san Gregorio Magno.

    Siguen toda una serie de modificaciones de la presencia de la cruz, ornamentos, manteles de altar, cuya principal virtud estaba en mostrar que podían cambiarlo todo, sin que nada pudiera resistirse a sus ansias adulterinas y adulteradoras.

    En las oraciones solemnes, se introduce una “Pro unitate Ecclesiae”, como si, muy ecumaníacamente, ésta todavía tuviese que lograr su unidad.

    Se inventa una procesión de la Cruz, pero se reduce la solemnidad con la que se traía el Santísimo Sacramento.

    Por supuesto, la obsesión comunitarista debía hacer que los fieles recitaran con el celebrante el Pater Noster, cosa desconocida en la liturgia romana, como ya notaba san Gregorio Magno.

    En fin, creo que estos ejemplos no exhaustivos son suficientes para comprobar que se ha dado ya, ahora mismo, antes mismo del Concilio, una verdadera revolución. No sólo en los ritos, sino sobre todo, y principalmente, en las conciencias y en las mentes tanto de los clérigos y de los fieles, que ven cómo lo que hasta entonces era tenido como lo más sagrado e intocable, puede modificarse arbitrariamente, y como un simple laboratorio de ensayo para una reforma mucho más ambiciosa, y que se anunciaba ya.

    Si se podía pisotear la Semana Santa, y abrir hasta el Canon Romano, con la introducción de san José. Se podía hacer cualquier otra cosa, sin que se pudiera decir que una era mejor que la otra. El criterio básico de juicio acababa siendo el siguiente: “Lo que diga el jefe”, aunque mande la destrucción de la entera liturgia elaborada por el Espíritu Santo.

    En la conocida disyuntiva sobre si las cosas se mandan, porque son buenas, es decir, porque se ajustan a la naturaleza de las cosas; o si, al revés, son buenas, porque están mandadas, y pueden volverse malas, si el jefe decide que lo son, los católicos pasaron radicalmente de un sentimiento al otro: Las leyes litúrgicas eran buenas, no por sí mismas, sino únicamente porque estaban mandadas.

    El día en que un Paulo VI pretendió prohibir la Misa de siempre, casi todos obedecieron, porque de la noche a la mañana, lo que desde hace tantos siglos era excelente, se convirtió de repente en nefasto, sospechoso, cismático, y casi herético.

    No hay nada más antitradicional, subversivo, revolucionario, cismático y herético que esa mentalidad, nacida en el S. XIV, a partir de una filosofía corrupta, que adoptaron los grandes enemigos de la Iglesia Romana, desde Guillermo de Ockham, Marsilio de Padua, o los legistas franceses que persiguieron y ultrajaron a Bonifacio VIII, porque les recordaba la naturaleza de las cosas, hasta los apocalípticos más o menos joaquinitas, que pensaban que la Santa Iglesia Romana podía convertirse en la gran ramera de Babilonia, y un Papa verdadero, en Anticristo, por lo que Nuestro Señor instauraría otra cosa, diferente, tan diferente que lo conceptuado como bueno hasta ahora podía convertirse en malo, y lo malo, convertirse en bueno, por el advenimiento de un “Nuevo Pentecostés”, el mismo invocado luego por el luciferiano y futuro “san” Juan XXIII…

    ¿Empiezan ahora a entender por qué la supervivencia de esa mentalidad en el seno de los católicos tradicionales es cuando menos inquietante?

    En el siguiente capítulo, procuraremos ir viendo su aplicación al ámbito jurídico político, y cómo éstos fueron modelando el espíritu de los clérigos del S. XIX, hasta volverlos capaces de aceptar el hasta entonces inconcebible concepto de reforma general de la liturgia, el derecho, o la misma Iglesia…

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