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DESACUERDOS ANTE LA PARUSÍA


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Han sido enconados en este blog desacuerdos ante la inminencia o no de la Parusía. Desde luego tenemos la sentencia del Señor sobre la necesidad de estar en vela   porque el final vendrá como ladrón.  Está en muchos sitios del Santo Evangelio. «Como sucedió en los días de Noe , así  sucederá también cuando regrese el hijo del Hombre. En aquéllos tiempos antes del diluvio, y hasta el día en que Noé entró en el Arca, la gente comía y bebía, pero cuando menos lo esperaban, vino el diluvio y se los llevó a todos. Así sucederá también cuando regrese  el Hijo del hombre. De dos hombres, …uno será llevado y el otro dejado» (Mt. 24, 37)

Yo creo que por estar preparados, como sin duda debemos, siguiendo el aviso del Señor,  e incluso por desear ardientemente la Venida del Señor, lo que quizás lleve a algunos a hacer cálculos inexactos, que después no se cumplan, como sucedió a  muchísimos cristianos , sobretodo en los primeros siglos; NADA MALO PUEDE PASARNOS.

Pero a quien presuntuosamente decida por su juicio propio que el Señor no vendrá ahora sino mucho más tarde, según él calcula o  cuando él no viva…. es posible que caiga en lo que el Señor no quiere que caigamos. La suerte de las vírgenes locas, que al final no tenían aceite en sus lámparas.

No sé si el Señor vendrá pronto o falta mucho para que venga. Sólo sé  que es una bonita oración la de los antiguos cristianos recogida en el 1 Cor. 16,22 «¡Marana tá«!. ¡Ven Señor!

Deseamos tú venida Señor porque te amamos, y además se nos hacen evidentes los signos que la preceden. Pero no lo afirmamos con ciega petulancia. Pero no menos ciega es la seguridad de quien afirma que ¡eso va para largo! En mi opinión debemos mantenernos en un justo medio sin hacer cálculos que pueden resultar fallidos, pero al mismo tiempo  abiertos el acontecimiento grandioso de su Venida.  Pero en todo caso estemos vigilantes y pensemos y deseemos mucho, la Venida del Señor  que nos conforta ante las dificultades que sufrimos, tachados de lunáticos y de locos por el mundo y por un cristianismo demasiado terrenal y acomodado en la tierra, que se promete como el rico epulón una larga estadía acá abajo.

Fernando Téllez dice:

Por favor, no tenga tantas ganas de conocer “tiempos interesantes”, y menos todavía, de intentar hacerlos cuadrar con los textos de la Sagrada Escritura. Tantos han vivido toda su vida con esa fiebre apocalíptica, para al final, acabar desencantados, desengañados y amargados, porque la “recapitulación de todo” con la que contaban para evitar cumplir su deber de estado no había llegado, y ellos habían gastado su vida en vano. No digo que sea su caso, pero sí deseo que sirva de aviso a otros, clérigos y laicos, que tienen demasiadas “ganas de guerra”.
Los cristianos de los siglos martiriales se preparaban para ir al martirio, pero estaban muy lejos de desear que algún que otro decreto del emperador o del senado empezara otra persecución, en la que siempre estaba la posibilidad de acabar fallando lastimosamente.

Y sobre todo, en un católico, ¡Qué escandalosa y sospechosa insistencia en ese pésimo deseo de que sea destruida nada menos que la Ciudad Eterna. Señal clara de la peligrosidad de ese prurito apocalíptico que seduce hoy a no pocas mentes…

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Adversus Haereses dice:

Fernando Téllez, quienes ANSIAMOS ver realizada la Parusía del Señor, no deseamos sino que el triunfo del Divino Cordero sea completo…

Los cristianos fieles de la primera Iglesia tenían esta esperanza en sus corazones, hasta tal punto que tuvo que salir San Pablo a “calmarlos” y recordarles que primero tiene que venir “el Inicuo”, el “hombre de pecado”, y hacerse manifiesta la Gran Apostasía… que nosotros estamos viviendo.

Desear verdaderamente poder decir “Ha pasado”, anhelar el cese de este orden transitorio y el comienzo del definitivo, donde todo será como Dios lo había pensado desde el principio, es prepararse como conviene a tan inmenso Amor Divino que nos ha regalado el ser para ocupar un sitio junto a los Ángeles del Señor… porque así nos pensó: un reemplazo de los que cayeron… Ésa es nuestra grandeza. Ése es nuestro verdadero ser, que se hará manifiesto con la gloriosa Parusía del Señor.

Unámonos desde ahora al celeste “Sanctus, Sanctus Sanctus”, y preparémonos al glorioso tránsito, ayudando a nuestros hermanos a hacer lo mismo, para que no se conviertan en “estatuas de sal” aferrándose insensatamente a lo que debe terminar, para la mayor gloria de Dios.

Un saludo fraterno.

P.D.: acépteme el dueño del blog el humilde pedido de colocar este comentario como una nueva entrada: me parece de suma importancia, como digna preparación para el acto final del Señor, aunque se demorara todavía un poco… Dios lo bendiga.

5 respuestas »

  1. Apreciado Adversus Haereses:

    Me parece fantástico que tenga ese deseo de la Parusía de Nuestro Señor. Al fin y al cabo, la misma Iglesia, en su liturgia, canta en muchos lugares lo mismo, “Expectantes beatam spem, et adventum Domini”.

    Es entre otras cosas por esa razón, que nuestras iglesias deben estar litúrgicamente orientadas, como el mismo nombre indica, hacia el Oriente, el sol naciente, desde donde ha de volver Cristo en Gloria y Majestad.

    Ahora bien, en lo que ya estoy menos de acuerdo, es en que vaya a producirse en nuestros tiempos. Ya que menciona la Gran Apostasía, estoy de acuerdo en que estamos en una apostasía, que lleva ya desarrollándose sus buenos siete siglos, y que desde luego, merece el calificativo de grande.

    Y sin embargo, no es la gran apostasía, que debe preceder inmediatamente a la Venida de Nuestro Señor. Cuando se tiene un poco de perspectiva histórica, aparece bastante claro que esta época que nos ha tocado vivir, aunque terrible, y muy peligrosa para la salvación y santificación de las almas, no deja de ser semejante a muchas otras vividas a lo largo de nuestra milenaria historia. Nuestro Señor ha establecido un plan histórico, que sólo muy parcialmente se ha cumplido, puesto que aún queda buena parte del mundo sin evangelizar, o sólo muy deficientemente.

    Para que realmente pueda juzgarse no sólo a los individuos, sino también a las naciones, estas deben haber sido previamente evangelizadas, no superficialmente, o de manera efímera, sino como lo fueron las nuestras, en que el Evangelio se aplicó también sociopolíticamente, produciendo frutos admirables que hacen mucho más evidente la culpabilidad en la apostasía, porque como tales Naciones, pudieron comprobar experimentalmente los frutos evangélicos.

    Queda todavía al menos otra campaña de siglos de conversión de personas y de naciones, de construcción eclesiástico-socio-política, antes de que venga el Fin, porque aunque se haya olvidado, la Iglesia completa no se compone sólo de sus pastores eclesiásticos, y de su labor cultual-sacramental-pastoral en las almas; también se compone de una labor pública, socio-política, llevada a cabo principalmente por los pastores temporales de la Iglesia. Esa es la evangelización completa, que aún no se ha dado en la mayor parte del globo.

    Para que venga la Apostasía perfecta, primero tiene que haber habido Evangelización perfecta, ad intra, ad extra, las dos espadas juntas, produciendo los frutos del Evangelio tanto en el plano interior como en el plano exterior, tal como sucedía en las naciones cristianas de Europa antes de verse avasalladas por las sucesivas revoluciones religiosas y políticas.

    Ya sé que para muchas mentes y corazones, resulta muy atractivo pensar que como por un golpe de varilla mágica, Nuestro Señor interviene, y todo queda transformado “in ictu oculi”, en una tierra y un cielo nuevos, sin que casi hayamos tenido que hacer otra cosa más que “abstine et sustine”, abstenernos y aguantarnos, como los antiguos estoicos, sin tener que rompernos la cabeza pensando en el futuro, y sin tener que humillar nuestro orgullo reconociendo que llevamos siglos andando por malos caminos ideológicos, sociales y políticos, fuera del orden público-jurídico querido por Nuestro Señor, y que también en esto, hemos de convertirnos hacia Él.

    Esa misma actitud sicológica de pensar: “Total para qué, si todo esto se acaba mañana por la mañana”, ha sido muy común a lo largo de los siglos, como la de aquél monje del Monte Athos, que cada poco edificaba una celdilla en los farallones inaccesibles en los que todavía viven anacoretas, y la quemaba poco después, para recordar que el fin venía enseguida, y que por ello, se negaba a edificar una iglesia. Tuvo que ser la Santísima Virgen la que apareciéndose, le avisara de que sí, alguna vez llegaría la ekpirosis, pero todavía no, y de que procediera a la construcción de esa iglesia de piedra, que aún se conserva. (Ya han pasado unos cuantos siglos desde entonces).

    Dice Ud: “Desear verdaderamente poder decir “Ha pasado”, anhelar el cese de este orden transitorio y el comienzo del definitivo, donde todo será como Dios lo había pensado desde el principio, es prepararse como conviene a tan inmenso Amor Divino que nos ha regalado el ser para ocupar un sitio junto a los Ángeles del Señor… porque así nos pensó:un reemplazo de los que cayeron… Ésa es nuestra grandeza. Ése es nuestro verdadero ser, que se hará manifiesto con la gloriosa Parusíadel Señor.”

    Lo que está deseando aquí, es verse liberada de su condición de viadora, porque ese orden definitivo, mientras estemos sobre esta tierra, siempre tendrá sus límites y sus fallos, que nos han hecho, nos hacen, y nos harán sufrir. Ya sé que existen ciertas corrientes de pensamiento que sueñan con una Venida de Nuestro Señor que les regalaría un mundo perfecto y maravilloso, casi por ensalmo, en que los efectos del pecado quedaría tan amortiguados, que casi no pareceríamos viadores. Pues siento despertar a algunos del sueño, http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Ignacio_de_Ries_El_Arbol_de_la_Vida.jpg

    Pero eso no sucederá. Yo también espero una intervención muy especial y cualificada de Nuestro Señor en la historia de este mundo; sé perfectamente que por medios humanos normales, es imposible revertir una situación como la actual. Esa intervención ha sido anunciada decenas de veces por muchos santos reconocidos y canonizados, y no me es posible, razonablemente, dudar de ella.

    Eso sí, eso no quiere decir que se nos vaya a dar todo hecho, que es lo que seduce a no pocos. En otras intervenciones extraordinarias de Nuestro Señor en la historia, Él siempre ha exigido que cada uno cumpliera su deber, y una vez logrado el efecto principal de la intervención, dejó a los hombres sometidos a las leyes ordinarias de su Gracia y Providencia, sin inaugurar jamás una nueva economía de salvación.

    Por ejemplo, veamos cómo a nivel de un Reino, de una nación, Nuestro Señor hizo verificarse una auténtica restauración de lo que parecía perdido sin remedio, pero contando siempre con la colaboración de los hombres, siguiendo las reglas ínsitas en la naturaleza profunda de las cosas, y dejando luego que los hombres probaran por sus acciones socio-políticas que habían entendido la lección.

    Estoy hablando del caso de santa Juana de Arco. Cuando el Reino de Francia, fundado por el mismo Cristo como nuevo Israel del Nuevo Testamento, en la persona y dinastía de Clodoveo, descendiente sálico del Rey David, estaba a punto de desaparecer, absorbido por sus vecinos ingleses, borgoñones o navarros, y su principio formal, el Rey Legítimo, estaba tan humillado, que hasta él mismo dudaba de que fuera hijo del Rey, y poseedor del derecho-deber de reinar, Nuestro Señor hace algo totalmente imprevisible, manda a una chiquilla campesina de 16 años hacia el que todavía no era Rey, lo asegura por medios manifiestos de su legitimidad, expulsa militarmente de Francia a los ingleses, y sobre todo, restablece la normalidad haciendo consagrar-coronar solemnemente al Rey.

    Y cuando le preguntaban que por qué, si Dios lo iba a hacer todo, era necesario tomarse tantas molestias y asumir tantos riesgos, si total, puesto que era su voluntad, Dios lo iba a hacer todo, contestó: “Los hombres pelearán (bajo los rectos principios y las banderas del rey legítimo), y Dios dará la victoria”.

    Una vez reasumido por los franceses el Orden querido por Dios, los siguió dejando sometidos a la ley común de los viadores, con una santa Juana que muere a manos de los ingleses, quemada de manera infamante como bruja, y bajo las órdenes de un Rey, que si bien era bastante más capaz de lo que algunos han pretendido, no era ningún san Luis, y seguía teniendo defectos notables.

    Eso es lo que la secta apocalíptica que coloniza los ambientes “de tradición” no soporta.

    Primero que se les llame a restaurar un orden eclesiástico y socio-político que ellos odian, y querrían “superar”, (lo mismo que los eclesiásticos conciliaristas y nominalistas de los siglos XIV y XV, demócratas avant la lettre), y luego, la mala noticia de que van a tener que arrimar el hombro, y que aunque Nuestro Señor venza a sus enemigos una vez más, no será sin nuestro esfuerzo y colaboración.

    Ellos se imaginan a un Cristo que viene, les soluciona milagrosamente la papela, eliminando a sus enemigos, y poniéndose a gobernar él mismo. La presencia del Señor supone la cesación automática de los Vicarios, tanto espirituales como temporales, así que, ¡Fuera con el Papado, los Reyes, y otras antiguallas parecidas! ¡He aquí que hago todas las cosas nuevas!

    Y de repente, son tan buenecitos los hombres, que sólo con unas caricias, todo funciona “rodao”, la tierra produce sin esfuerzo, los malos no se atreven a mostrar el hocico, y los perros se atan con longaniza…

    No hay más que oír los discursos de algunos: Con los Papas, todavía respetan un poco, por la cuenta que les trae, y no despertar demasiadas sospechas, aunque ya se encargan por otro lado de humillarlos, por ejemplo, pretendiendo que fuera de unos pocos casos, pueden convertirse en cismático o en hereje, y enseñar el error a la Iglesia.

    Ahora, con los pastores temporales, reyes o emperadores, como según ellos, son cosa del pasado, y definitivamente superados por el “Nuevo Eón” inaugurado por su imaginada Parusía, ya se sienten más libres, pueden insultarlos tranquilamente, exagerar sus faltas y pecados, confundir sus errores públicos con los de su vida privada, con la idea subyacente de que el Nuevo Orden Parusíaco los librará de un solo tajo tanto de esos engorrosos amos, como de los Papas, prescindibles, al fin y al cabo.

    Claro que si esto ocurre así, ya no estamos en la misma Iglesia, sino en otra diferente de la fundada por Nuestro Señor Jesucristo, con la que está desposado, y a quien ha prometido fidelidad hasta el fin de los siglos.

    Ahí es donde asoma la repugnante patita de los subversivos de la Iglesia, que llevan ya unos cuantos siglos fomentando esa falsa mística apocalíptica, y sirviéndose de verdaderas profecías mal interpretadas, para anunciar la Caída de la Gran Babilonia Romana (o sea, el Papado), como hemos visto últimamente con los lemas de san Malaquías, que ya traían a colación con ese fin los ministros protestantes en el S. XVII.

    Yo les digo, aférrense a lo declarado siempre por la Iglesia, a saber, que Nuestro Señor vendrá sólo al final del mundo, cuando el último Anticristo personal hay reinado visiblemente sobre el mundo entero, y cuando lo haga, no será para inaugurar un fantástico Reino milenario entre viador y glorioso, sino para la Resurrección general de todos los que murieron, incluidos los pocos hombres que aún queden sobre la tierra, y que serán entonces arrebatados. Para cuando eso ocurra, nosotros ya habremos muerto, probablemente desde hará siglos.

    No se aferren a una ideología vana y peligrosa, elaborada por subversores conscientes y profesionales, abusando de ciertas enseñanza harto ambiguas e imprecisas de algunos Padres primitivos, y que fue universalmente abandonada por la Iglesia, y explícitamente descartada por la Sede Romana, como insegura e inductora de muchas enfermedades espirituales y socio-políticas, como demuestra la experiencia de siglos.

    Hagan como Ulises, átense al mástil del árbol de la Cruz, en el centro de la nave de la Iglesia, y tápense los oídos con la cera elaborada por las abejas, que son los Doctores de la Iglesia, para no oír las seductoras y mortales melodías de las sirenas apocalípticas, que nos quieren estrellar contra las rocas, a ver si luego recomponemos el barco, con otro Orden que el establecido por Cristo Nuestro Bien.

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  2. La gran mayoría quieren ignorar la Venida del Señor como si Él no lo hubiese advertido de alguna manera , al parecer duermen y no perciben las señales de la Parousía .Ya lo anticipó Nuestro Señor diciendo : » vendré como ladrón en la noche» , esto indica que para muchos será algo inesperado, así será cuando venga Nuestro Señor Jesús en Su Santa Gloria ,como Rey de reyes y Señor de señores , su advertencia se está cumpliendo en parte ,pues la gente duerme ,buscan comodidad o peor aún cierran los ojos a la realidad .

    No durmamos como las diez vírgenes necias , estemos despiertos dispuesto a luchar por nuestra fe, no será fácil , Él no nos abandonará.

    ¡ Ven Señor Jesús !

    -Lucy-

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  3. Estimado Fernando, es cierto que muchos en el pasado creyeron estar viviendo los últimos tiempos, y también es cierto que las profecías son suceptibles de distintas interpretaciones. Mi opinión personal es, en este tema, la opuesta a la suya pero solo me voy a detener en un punto que es en el de la evangelización a todo el mundo. El evangelio dice, Mt 12,14:

    » Esta buena noticia del reino se anunciará en todo el mundo, para que todas las naciones la conozcan. Entonces vendrá el fin.»

    En otras versiones dice «predicará» en vez de «anunciará». De cualquier forma, en ningún lado dice que se convertirá todo el mundo, sino que a todo el mundo llegará el mensaje, ni mas ni menos. Por lo menos así lo veo yo.
    Saludos
    Jorge

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  4. Y Si rotundo Cristo vuelve en Gloria y Majestad, cuando el Padre lo decida, y eso lo silencia muy ferozmente la Secta Vaticana que es la suma de todas la herejias que ha sufrido la Iglesia. No hay duda, sino gozo de saber que finalmente triunfaremos con Cristo Rey!!!

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