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SOBRE LA INFALIBILIDAD: UNA RESPUESTA AL P. MÉRAMO


Para mantener el equilibrio en cuanto a la importancia dada a las intervenciones de los intervinientes principales en este debate, originado por la publicación del trabajo del P. Barbara sobre la infalibilidad del magisterio ordinario del papa, que había sido traducido por nuestro colaborador Fray Eusebio [nick] y enviado al blog para su publicación si el editor lo hubiese juzgado conveniente; y la impugnación del P. Méramo a la argumentación del ya fallecido autor, ofrecida a los lectores en un post anterior, publico las razones contrarias del traductor, Fray Eusebio.

Naturalmente cualquiera puede intervenir en los comentarios, no obstante si hubiere una réplica del P. Méramo será publicada en una nueva entrada.

Éste es la respuesta de Fray Eusebio ya publicada en comentario y que ahora subo a esta entrada:

Procurando contestar según nuestro leal saber y entender a la atenta reacción del estimado P. Méramo, diré en primer lugar que mi principal intento en estas pocas líneas no es, ni defender al P. Barbara, que lo sabía hacer él solito perfectamente, y a quien no llego a la suela del zapato, ni encausar el escrito del P. Méramo, enderezado a la refutación del dicho P. Barbara

Sólo me referiré a lo que viene expresado en el texto publicado más arriba.

Convendría separar dos cuestiones diferentes, como son, en primer lugar, la infalibilidad del Papa en su magisterio ordinario, cuestión permanente en la Iglesia, de la segunda, y coyuntural, sobre si la Sede Apostólica está vacante, y si ello puede conocerse con certeza, o con opinión meramente probable.

De todo el escrito del P. Barbara, no se desprende el que confundiera los dos modos de magisterio, los distingue perfectamente, como se puede comprobar leyendo el amplio artículo , del número 22 de “Forts dans la Foi”, en que trata por extenso el tema de la infalibilidad del magisterio ordinario del Papa solo, y no deja nada que desear en cuanto a explicación de esta importante creencia. Precisamente por esa razón, lo hemos traducido.

No he llegado a leer la obra que cita el P. Méramo, “La bergerie du Christ, et le loup dans la Bergerie”, por lo que debo abstenerme de opinar sobre ella, limitándome a lo publicado en este blog. Seguiré el orden de los párrafos.

Estoy totalmente de acuerdo en que magisterio ordinario del Papa y magisterio ordinario universal son dos conceptos teológicos diferentes que no se identifican.

Puede haber un sentido, obvio, en que el Papa no es (toda) la Iglesia, pero no deja de ser verdad que la Iglesia está representada y resumida en su Cabeza Visible, cosa que admitían hasta galicanos como Almain, cuando reconocía que la Iglesia de Roma asumía por sí sola la representación, y hablaba por y en nombre de todas las demás Iglesias del Universo, por lo que muy realmente podía decirse que nada de la Iglesia dejaba de ser del Papa.

También estoy de acuerdo en que lo definido por el Concilio Vaticano I es únicamente lo que pertenece al magisterio extraordinario del Papa solo, en que se precisa que es infalible por sí mismo, sin que necesite del concurso de los demás miembros de la Iglesia docente para que sus definiciones sean infalibles, y obliguen bajo pena de excomunión, cisma y herejía.

¿Qué sentido tiene afirmar que el Papa goza de la misma infalibilidad que la Iglesia?

Según opinan algunos, la Iglesia docente, es decir, los obispos residenciales, detentadores [que tienen] de un poder de jurisdicción ordinaria, gozaría por sí misma de la infalibilidad, con la condición de estar en comunión con el Papa. Éste, a su vez, sería infalible, sólo porque participaría de una cualidad que no le pertenece propiamente a él, sino al conjunto de los pastores legítimos de la Iglesia. Así, ni los obispos serían infalibles sin él (cosa cierta), ni él sería infalible sin el concurso de los obispos, detentadores habituales “in solidum” del privilegio de la infalibilidad., no siendo el Papa en esto sino un obispo más, aunque eso sí, el primero de ellos, portavoz, pero no origen ni causa, de esa infalibilidad general de la Iglesia.

No es así cómo los mejores doctores católicos han explicado esa prerrogativa papal. Sólo al Papa pertenece la infalibilidad como cosa propia, participada no del cuerpo de la Iglesia, sino directamente del mismo Dios, fuente última y originaria de esa imposibilidad de enseñar el error. El resto del Cuerpo eclesial participa de esa infalibilidad en el modo y medida conveniente a su situación, así como al prudente arbitrio del que no en vano se llama Soberano Pontífice.

Así, si los Concilios Generales son infalibles, no es porque el Papa participe de una infalibilidad general presente en todo el cuerpo de la Iglesia, reunida y representada en sus pastores, al modo en que el alma informa al cuerpo, sino que es el Papa el que comunica a los obispos, en el modo y medida conveniente, una prerrogativa que sólo a él pertenece en propio.

Si los mismos obispos dispersos por el mundo son infalibles en su magisterio ordinario universal, también es porque esa infalibilidad les viene participada y comunicada por el Sumo Pontífice.

Y si los mismos fieles son infalibles, con infalibilidad pasiva, también se debe a que participan de la solidez de esa piedra que tiene las Promesas de Aquél que ni se engaña ni nos engaña.

No hemos tenido que esperar a que Roma católica y papal se viera ocupada por los piamonteses clericales del Vaticano II, ni a que falsos Romanos Pontífices enseñaran los errores modernistas (aunque por sus palabras, parece que el P. Méramo aún los reconoce como verdaderos Romanos Pontífices), para plantearnos el tema de la procedencia de la infalibilidad de la Iglesia, así como el de la posibilidad de una Sede Vacante por invasión del trono romano por un Papa meramente aparente.

Ni han sido los “tradicionalistas (simplemente, los católicos)”, los que han afirmado apodíctica y dogmáticamente la posibilidad de esa Sede Vacante, incluso muy prolongada en el tiempo, no como una doctrina probable, sino como una definición estrictamente obligatoria para todo católico.

Ha sido la autoridad soberana de la Iglesia, por boca de sus Sumos Pontífices, la que ha retirado esta cuestión del ámbito de las conclusiones disputables, evidentes quoad sapientes o no, y la ha definido definitivamente y para siempre, con el fin de que si alguna vez llegaba a producirse esa situación, la grey de Cristo no estuviera sometida a las controversias de sabios y menos sabios, sino que tuviera un fundamento teórico y práctico fácilmente conocible, y sin posibilidad de error.

Habrán reconocido, sin duda, la Bula de Paulo IV, Cum ex Apostolatus, en que se codifica la doctrina y la práctica corrientes en la Iglesia, y numerosas veces aplicadas a lo largo de la Edad Antigua y la Edad Media. En esta Bula, es el mismo Papa el que proclama claramente su intención de definir, es decir, de determinar de manera autoritativa, definitiva, para siempre, con estricta obligación de obediencia por parte de todos los católicos, aquello que es necesario creer, y aquello que a consecuencia de lo primero es necesario obrar, si alguna vez se hacía realidad la situación que el Papa Caraffa había evitado por los pelos en el S. XVI.

Pero como veíamos hace pocos días con la cuestión de la invalidez de las órdenes anglicanas, Por qué existe división entre los tradicionalistas nunca han faltado malos católicos para pretender que las cuestiones que los Papas cerraban a la discusión seguían abiertas, y que por ende, los teólogos podían y debían discutir “teológicamente” el problema, para al final, llegar a una conclusión sólo probable, y que por su propia naturaleza, no tenía entidad para imponerse “apodícticamente y dogmáticamente”.En el S. XIX, León XIII tuvo la extrema mansedumbre de recordarles que esa cuestión ya estaba decidida, determinada y cerrada, pero que para mayor ilustración de los anglicanos, consentía en que fuera de nuevo examinada.

En el caso de la Bula de Paulo IV, no faltaron tartufos para declarar campanudamente que sólo tenía vigencia mientras el Papa que la promulgó siguiera vivo, por lo que su sucesor san Pío V reafirmó su valor perenne, y ordenó que fuera observada “ad unguem”, estrictísimamente.

Que yo sepa el P. Barbara no era ningún ignorante, dueño solo de conocimientos rudimentarios en Teología, ni hablamos aquí de los fieles, absolutamente desorientados por el monumental lío armado por los “sapientes” que no han querido ni quieren ahora sujetarse con humildad a lo ya determinado por la Santa Sede.

Confiesa el P. Méramo que su interés principal reside en los fundamentos que toman unos y otros para asentar la posición llamada sedevacantista. En efecto, parece interesar que esos fundamentos sean endebles, discutidos y discutibles, meramente probables, sin que se llegue jamás a una certeza, que por una parte, evitaría radicalmente toda tentación de mirar hacia la Roma ocupada, y por la otra, obligaría a tomar las disposiciones prudentes permitidas por las circunstancias, en orden a hacer cesar una situación de Sede Vacante indudable…

Admitir que un Papa verdadero nunca puede enseñar el error a la Iglesia, y que por el contrario, el error presente en la enseñanza oficial de un “Papa” aparente es, por definición papal, signo indudable e infalible de la ilegitimidad del ocupante de la Sede petrina, también eliminaría de un solo golpe el “tradi-ecumenismo”, puesto que si se reconociera que ya existe una doctrina y práctica estrictamente mandada por los Papas, significaría que los “tradis” que llevan decenios negándose a obedecer una orden directa y claramente notificada son por lo menos desobedientes, y quizás cismáticos, o directamente heréticos, al menos algunos de ellos. Ya no se les podría reconocer como parte de la Iglesia Visible, puesto que no cumplirían el tercer criterio de pertenencia a ella (Sujeción a los pastores legítimos, con el consiguiente y obligatorio rechazo de los ilegítimos), y quizás, al menos algunos, tampoco cumplirían el primero (Creer y profesar la Fe Católica íntegra).

Podría conceder que en ese pasaje de la obra citada (La Bergerie…), la distinción entre los diversos modos de ejercicio del magisterio podría haber sido más precisa, puesto que normalmente, se suele distinguir el magisterio ordinario del Papa sólo, del magisterio ordinario y universal.

Desde luego, la infalibilidad del Papa sólo, en su magisterio ordinario, no ha sido definida como lo ha sido, por ejemplo, su independencia del consenso de la Iglesia a la hora de usar del modo Extraordinario de su magisterio.

Pero como precisa en otro lado el P. Barbara, ha sido por la sencilla razón de que no era necesario, puesto que era una verdad pacíficamente asumida y aceptada por todos, predicada por el magisterio ordinario y universal, esto es el Papa y los obispos, y universalmente creída, antes de que las sofisticaciones de los galicanos intentaran volver a ganar con malas artes lo que habían perdido en buena lid con la definición del Concilio Vaticano I.

La infalibilidad del Papa en su magisterio ordinario no ha sido (todavía) objeto de una definición solemne, pero por su predicación por parte del magisterio ordinario y universal, forma parte de aquellas verdades cuya negación podría entrañar la nota de herejía

Así ha ocurrido con otras verdades a lo largo de la historia. Por ejemplo, la Asunción de Nuestra Señora a los Cielos no fue objeto de definición ex cathedra hasta 1950. Sin embargo, su predicación a través del magisterio ordinario y universal la situaba en el número de las creencias estrictamente obligatorias para todo católico, de modo que sus negadores ya eran herejes antes de 1950.

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