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LA PUERTA DE TODAS LAS HEREJÍAS


QUIEN NIEGA A LA IGLESIA EL DERECHO A DECIR NO, ABRE LAS  PUERTAS A TODAS LAS HEREJÍAS

Mons. Hermann Scháufele

Navidad de 1968

!Examinad los espíritus y no os dejéis engañar! Quien veda a la Iglesia el «no», se arroga el privilegio y el monopolio de decir «no» al Magisterio eclesiástico, a todos los dogmas, a toda la tradición y, naturalmente, a toda la teología que no sea la moderna.

A veces os dirán que lo importante es creer, simplemente tener fe, y no lo que se cree. Una vez que la Iglesia lo haya admitido, toda discusión acerca de la verdadera fe y su comprensión genuina se volverá vana e inútil. Entonces la Iglesia podrá abrirse a todas las confesiones y religiones, admitirlas en su seno y lograr así la unidad espiritual de la humanidad.

¡Examinad los espíritus y no os dejéis engañar! Quien habla de aquel modo ignora lo que es tener fe. La fe no es sólo un movimiento del alma, un sentimiento piadoso, una opinión que no compromete a nada, una disposición anónima subjetiva sin relación con la realidad y la verdad.

La fe es, ante todo, el sí de nuestro entendimiento, de nuestro discernimiento, de nuestra voluntad, de nuestra personalidad entera, a todo lo que Dios nos ha revelado. Como no hay revelación sin que algo se revele y no hay enseñanza sin que algo se enseñe, y no hay don sin que algo sea dado, así no hay fe sin algo en que se crea. Este contenido de la fe es el sentido y la meta del acto de fe y puede, incluso debe, articularse, formularse y publicarse mediante conceptos y teoremas.

Creemos lo que Dios ha revelado y porque Dios lo ha revelado, ya que El es la verdad eterna, que no puede errar ni engañar.

No creemos, porque comprendemos; no porque algo nos parezca aceptable, no porque nos guste. El que sólo creyese de este modo, quizá llegaría a tener opiniones rayanas a la fe, pero no la fe genuina…

Os dicen que, de cualquier modo, toda verdad sólo es válida para una época, un círculo determinado. Lo que antaño ha sido verdad, puede ser erróneo para otros tiempos, otras culturas, otros hombres.

Que la renovación consistiría en encontrar la verdad de nuestro tiempo. Esta verdad de hoy puede muy bien estar en contradicción con la verdad de ayer e incluso el modo más rápido de hallar la verdad actual puede ser la negación de la verdad pasada. Por tanto, una Iglesia viva ha de estar continuamente al tanto del variado coro de las voces del tiempo presente, para cantar la voz del porvenir.

¡Examinad los espíritus y no os dejéis engañar! Aquí la Iglesia sólo puede pronunciar un rotundo NO, y lo hace en nombre del espíritu humano, en nombre de Dios.

El teorema de que una verdad puede dejar de serlo para un tiempo futuro o para otro hombre se anula a sí mismo y, por tanto, viene a ser una falsedad y un engaño. Quien habla así, rompe toda continuidad con el pasado y obstruye todo paso hacia el porvenir. Imposibilita toda historia y, por tanto, también la de la salvación. Bloquea toda vía hacia el prójimo, impidiendo a éste llegarse a él.

Ciertamente, la verdad puede ser ahondada y formulada con más claridad. Puede purificarse de ideas falsas que se han mezclado en ella. Pero la verdad en sí es invariable. Lo que puede variar son opiniones y errores, temas e intereses, modas y tópicos.

Pero toda verdad genuina es válida para siempre y en todas partes, para todos los hombres y todos los tiempos. La verdad eleva al hombre por encima de su temporalidad, haciéndole partícipe de Dios, que es verdad inmutable y fidelidad eterna. Cristo no es a la vez «si» y «no», sino el gran SI.

Os dicen que la Iglesia, de ahora en adelante, sólo debería exponer la verdad de un modo positivo. Que ya no debe ni condenar, ni prohibir, ni prevenir. La Iglesia del pasado, la de los anatemas y condenaciones, debería ceder el puesto a una Iglesia de tolerancia generalizada y de comprensión universal. ¡Examinad los espíritus y no os dejéis engañar! Quien veda a la Iglesia el «no», se arroga el privilegio y el monopolio de decir «no» al Magisterio eclesiástico, a todos los dogmas, a toda la tradición y, naturalmente, a toda la teología que no sea la moderna. Todo «sí», encierra el «no» a lo que contradice su verdad. Sólo mediante el «no», lo afirmado se destaca claramente y sin equívoco. Sólo el NO obliga al hombre a tomar partido. Un «sí» sin el «no» correspondiente autoriza lo que debe ser rechazado. Debilita el «sí» y le resta eficacia. Vela la verdad, embrolla el pensamiento y enturbia la fe. Quien niega a la Iglesia el derecho a decir NO abre las puertas a todas las herejías.

Cristo no sólo ha mandado decir SI, sino también NO …

Precisamente en una época de inseguridad y de confusión, tenéis derecho a un «no» determinante, como lo tenéis a un «sí» claro…

Os dicen que hoy en día hay que pensar de nuevo toda la fe, volverla a formular y expresarla en el idioma de nuestro tiempo.

La transmisión de las fórmulas tradicionales se debería reemplazar por un pensamiento nuevo y creador.

¡Examinad los espíritus y no os dejéis engañar!

Ciertamente, ninguna formulación es completa, pues Dios y su revelación siempre están infinitamente por encima de nuestro entendimiento. Siempre batallaremos contra nuestra insuficiencia para expresar lo inexplicable, para anunciar lo indecible, para sondear lo abismático …

Y, sin embargo, son verdaderas las formulaciones dogmáticas halladas con la asistencia del Espíritu Santo e insuperables en cuanto a su significado objetivo …

Volver a formular la fe es una empresa peligrosísima. Existe el peligro de desechar todas las viejas fórmulas sin poderlas reemplazar por otras mejores, y de desechar, juntamente con ellas, su contenido eterno y, por consiguiente, de perder la fe en lugar de conservarla. Existe el peligro de embrollar lo ya definido, de empañar y encubrir la fe y de reavivar y favorecer herejías superadas desde hace mucho tiempo.

Existe el peligro de someter la fe a la propia opinión.

Existe el peligro de exponer la fe a las fascinantes ideas de moda y de falsificar la verdad añadiéndole errores modernos.

Más de un intento de volver a formular la fe ha sucumbido ya a tales peligros.

Tales formulaciones nuevas no son capaces de atraer a los alejados. Ni los librarían de sus errores ni les aportarían la fe genuina y verdadera.

Pues donde conceptos, estructuras intelectuales e ideologías están en contradicción con la fe, no se puede amoldar ésta a aquéllos, sino se ha de formular la fe en contraste con ellos.

Los verdaderos obstáculos con que tropieza la fe siguen siendo los mismos que encontraron los profetas, los apóstoles y el mismo Cristo (Mt. 11, 16-21).

Cristo nos ha enviado a anunciar el Evangelio no con la elocuencia de la sabiduría humana, para que no se haga inútil la Cruz de Cristo. Siempre seguirá siendo válido que la locura divina de la Cruz es más sabia que la sabiduría de los hombres.

Fuente: Revista «Roma» N° 7, Pg. 1

ÍNDICE DEL N° 7

Tomado de Católicos Alerta

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