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SANTA CATALINA RICCI


Santa Catalina de Ricci

Santa Catalina de Ricci, de la Orden de Santo Domingo, Virgen. 1590.

Santa Catalina Ricci de la orden dominicana. Virgen. 1590

Siendo Papa Sixto V. Gran Duque de Toscana: Ferdinando I de Medici. Emperador del Sacro Imperio Romano: Rudolf II . Rey de Francia Enrique de Navarra . (usurpador con el nombre de Henri IV.  Louis XIII legitimó a los Borbones en el trono cristianísimo que consagró Francia a Nuestra Señora en la fiesta de la Asunción de la Virgen, Fiesta Nacional de Francia).

«Non est mortale quod opto.»
«Mis deseos están muy por encima de las cosas perecederas.» Santa Catalina de Ricci.

«No se regalan joyas preciosas y perlas a quienes no conocen el precio de ellas. Ni Yo tampoco lo hago. Yo no otorgo mis dones y favores a quienes no saben apreciarlos. Yo sólo los doy a quienes los  buscan y los piden con insistencia. «

Nuestro Señor Jesucristo a Santa Catalina de Ricci.

Convento de dominicas de Vitoria

Convento de dominicas de Vitoria

VIDA DE SANTA CATALINA DE RICCI

Por Nicolás Gori

Martirologio Romano: En Prato, de la Toscana, santa Catalina de’ Ricci, virgen, de la Tercera Orden Regular de Santo Domingo, que se dedicó de lleno a la restauración de la religión y por su asidua meditación de los misterios de la pasión de Jesucristo, obtuvo experimentarla de alguna manera (1590).

Fecha de canonización: 29 de junio de 1746 por el Papa Benedicto XIV.
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El 23 de abril de 1522 nace en Florencia, Alejandra Lucrecia Rómola, hija de la noble familia de´ Ricci, que tuvo mucho poder y importancia en la ciudad.

Muerta su madre cuando ella era todavía muy niña, quedó bajo el cuidado de una madrastra. Poco después la puso su padre en el convento de las monjas de Monteceli donde estaba una tía suya. Allí recibe su primera educación y sobresale por su aplicación en los estudios.

A la niña le gustan los relatos de la Pasión de Cristo. Celeberrimo es el Crucifijo que se venera en aquel monasterio y que desde entonces se llama el Crucifijo de la Alejandrina.

A los doce años participa en un retiro en la comunidad del monasterio de san Vicente Ferrer en Prato, perteneciente a la Tercera Orden Regular de Santo Domingo.

Queda impactada por el estilo de vida y trabajo de las hermanas y pide la admisión en la comunidad. Cuando su padre fue a buscarla para volverla a casa, no quiso ir. El lunes de Pentecostés, 18 de mayo de 1535, a los trece años, tomó el hábito de terciaria de Santo Domingo, de manos de su tío Timoteo de´ Ricci O.P., mudando el nombre de Alejandrina por el de Catalina.

Profesó al año siguiente y io en tal forma a la contemplación, singularmente de la Pasión del Señor, que de ordinario estaba abstraída de los sentidos. Por su gran humildad, siempre se puso bajo la obediencia de los superiores.

Dotada de natural prudencia, fue superiora dieciocho años, ganando mucho las religiosas en lo espiritual y en lo temporal por las muchas limosnas que le enviaban, con lo que pudo acabar la fábrica del convento y acoger muchas jóvenes.

Piensese que Catalina era Madre Priora de una comunidad de, por lo menos, 120 monjas y que en unos años llegó a contar hasta 160 religiosas… Durante doce años, 1542-1554, revivió en su cuerpo las llagas del Crucificado y la Pasión del Señor.

Poco después de su profesión, el Señor vino a visitarla enviándole una terrible y múltiple enfermedad, ya que fueron varias las dolencias que a la vez afligían su débil cuerpo. Las mismas religiosas y los médicos quedaban admirados cómo era posible que pudiera resistir tanto dolor de todo tipo.

Se le apareció un alma beata de su Orden, hizo sobre ella la señal de la cruz y quedó curada por varios años. Durante estos atroces tormentos tenía una medicina que la curaba, por lo menos le daba paz y alivio: Era el meditar en la Pasión del Señor, en los muchos dolores que Él sufrió por nosotros… Meditaba paso a paso, en toda su viveza y a veces se le manifestaba el Señor bien con la Cruz a cuestas, bien coronado de espinas o clavado en la Cruz.

Recibió muchos dones y regalos del cielo: revelaciones, gracias de profecía y milagros, el don de leer los corazones… Luces especiales en los más delicados asuntos de los que ella nada sabía. Por ello acudieron a consultarla Papas, cardenales, los principes de Florencia, el Hijo del Rey de Baviera, igual que personas sencillas y humildes.

A todos atendía con gran bondad y humildad ya que se veía anonada por sus miserias y se sentía la más pecadora de los mortales. Tuvo gran amistad y correspondencia con San Carlos Borromeo, San Felipe Neri, San Pío V y Santa María Magdalena de´ Pazzi.

El día Primero de febrero de 1590 recibió los santos sacramentos. Recibió el viático de rodillas, su rostro se resplandecía como él de un ángel.
Llamó después a las religiosas, les hizo una exhortación al amor de Dios y a la observancia regular, poniéndose de nuevo en oración hasta la noche. Muriò poco después, era el día dos de febrero del año 1590 y toda la ciudad de Prato se conmovió.

Fue beatificada por Clemente XII el 23 de noviembre de 1732 y canonizada por Benedicto XIV el 29 de Junio de 1746. Catalina es también compatrona de la ciudad y diocesis de Prato en Italia, y en Guantánamo, desde 1836, una parroquía está dedicada a ella (hoy catedral).

Llena del fuego del Espíritu Santo buscó incansablemente la gloria del Señor. Promovió la reforma de la vida regular, inspirada especialmente por fray Jerónimo Savonarola, a quien admiraba con agradecido afecto. Su amor a la Pasión del Señor la llevó a componer el «Cántico de la Pasión», una meditación reposada sobre los sufrimientos de Cristo.

Debemos a su maestra, Sor María Magdalena Strozzi, si Catalina empezò a escribir sus extraordinarias experiencias místicas. Una muchedumbre de «Cartas» son muestra de su profundo itinerario en el Espíritu. Trabajó con solicitud en la atención de enfermos, hermanas o laicos. La extraordinaria abundancia de carismas celestiales, junto con una exquisita prudencia y especial sentido práctico, hicieron de ella la superiora ideal.

El cuerpo incorrupto de la santa se venera en la Basilica menor de San Vicente Ferrer y Santa Catalina de´ Ricci en Prato, donde las monjas dominicas siguen viviendo su espiritualidad y su mensaje de amor.

Texto tomado de Catholic.net

Éxtasis y visión de Santa Catalina de Ricci. Bronce de Massimiliano  Soldano Benzo. S. XVII.

Éxtasis y visión de Santa Catalina de Ricci. Bronce de Massimiliano Soldano Benzi. S. XVII.

[A continuación un texto más completo de la vida de esta extraordinaria santa extraído de la «Vida de los santos» de A. Butler]

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Esta santa nació en 1522, de una bien conocida familia florentina. Y fue bautizada con el nombre de Alejandrina. A los trece años tomó el nombre de Catalina, al recibir el hábito en el convento dominico de San Vicente en Prato, del cual su tío, el P. Timoteo dei Ricci, era director. Aquí sufrió durante dos años intensos dolores debidos a una complicación de enfermedades que sólo parecían agravarse con los remedios; pero santificó sus sufrimientos con su ejemplar paciencia, la cual sacaba en gran parte de su constante meditación sobre la Pasión de Cristo. Cuando era todavía muy joven fue elegida maestra de novicias, después superiora, y a los treinta años fue nombrada priora a perpetuidad. La fama de su santidad y sabiduría le llevaba visitas de muchos seglares y personas del clero, incluyendo a tres cardenales, que después llegaron a papas. Algo semejante a lo que se cuenta de san Agustín y san Juan de Egipto, sucedió con san Felipe Neri y santa Catalina de Ricci: se habían escrito varias cartas, y aunque nunca se conocieron personalmente, ella se le apareció y habló con él en Roma, sin nunca haber salido de su convento en Prato. Esto lo declaró expresamente san Felipe Neri, quien era sumamente cauteloso en dar crédito a visiones, y fue confirmado por el juramento de cinco testigos.

Catalina es conocida quizá más que otros místicos que han tenido privilegios semejantes, por la serie extraordinaria de éxtasis en los cuales contemplaba y vivía los pasos consecutivos que precedieron a la crucifixión de nuestro Salvador. Parece que estos éxtasis siempre seguían el mismo curso. Comenzaron cuando tenía veinte años, en febrero de 1542, y se renovaron cada semana, por doce años consecutivos. Naturalmente dieron mucho que hablar y una multitud de gente devota o curiosa quería visitar el convento. Esto ponía obstáculo al recogimiento de la comunidad, y estos inconvenientes se acentuaron más cuando en 1552 fue elegida priora. A petición suya, todas las monjas comenzaron a rezar fervorosamente para que cesaran estas manifestaciones, y, en 1554, llegaron a su fin. Mientras duraron, presentaron algunas características diferentes a las que suelen tener tales casos. Catalina perdía el conocimiento regularmente a medio día, todos los jueves, y volvía en sí veintiocho horas después, a las cuatro de la tarde del viernes. Sin embargo, ocurría una interrupción en este estado de arrobamiento. Se le llevaba regularmente la Sagrada Comunión en la mañana y volvía a estar lo suficientemente consciente del mundo exterior para recibirla con intensa devoción, pero casi inmediatamente después quedaba de nuevo en éxtasis, y reanudaba su contemplación de los pasos de la Pasión en el punto preciso donde las había dejado. Catalina tenía otro tipo de éxtasis durante los cuales, por lo general, permanecía enteramente pasiva, con los ojos fijos en el cielo. Pero en el éxtasis semanal de la Pasión su cuerpo se movía en conformidad con los ademanes y movimientos de Nuestro Señor, según los presenciaba en su contemplación. Por ejemplo, cuando lo prendían en el huerto, extendía las manos como para que se las ataran; se quedaba de pie majestuosamente, cuando lo ataron a la columna para azotarlo; inclinaba la cabeza, como para recibir la corona de espinas, y así sucesivamente. Un detalle aún más desacostumbrado en tales experiencias, era que con frecuencia se aprovechaba de la ocasión de los sufrimientos particulares de Jesucristo para exhortar a las hermanas que la rodeaban, en medio de sus éxtasis, y esto lo hacía, dice una de sus biógrafas, «con un conocimiento, una elevación de pensamiento y una elocuencia inesparados en una mujer, y especialmente en una mujer que no era ni ilustrada, ni literata». También se aseguraba corrientemente que Catalina era favorecida con los estigmas, las llagas de las manos, pies y costado, así como también la corona de espinas. En el proceso de beatificación se presentaron testimonios al respecto. Cosa curiosa, los que afirmaron haber visto los estigmas, parecen haber tenido diferente impresión en cada caso. Algunos miraban las manos completamente traspasadas y sangrantes, otros veían las señales de las llagas con luz tan brillante, que los deslumbraba, y todavía otros percibían sólo «llagas cicatrizadas, rojas e hinchadas, con una mancha negra en el centro, alrededor de la cual parecía circular la sangre». Esta diversidad tan notable en las relaciones de los testigos es aún más notable cuando describen el fenómeno místico, por el cual es especialmente famosa santa Catalina; a saber, el fenómeno del anillo. Se dice que Cristo le dio un anillo como prenda de sus esponsales espirituales con ella. El día de la Pascua de Resurrección de 1542, Nuestro Salvador se le apareció radiante de luz y después de quitarse de su dedo un fulgurante anillo, lo colocó en el índice de su mano izquierda, diciendo, «Hija mía, recibe este anillo como señal y prueba de que ahora y siempre me pertenecerás».

En la «Positio super Virtutibus», que es el resumen de los testimonios dados, que ahora se hace en todos los procesos de beatificación para que los consultores analicen las virtudes heroicas de cualquier candidato a la beatificación, las declaraciones relativas a los esponsales místicos de Catalina ocupan mucho espacio. El promotor de la fe (popularmente conocido como «el abogado del diablo»), en la época en que la causa fue llevada ante la Congregación de Ritos, era el famoso Próspero Lambertini, mejor conocido después como el papa Benedicto XIV. La cuestión del anillo de santa Catalina atrajo particularmente su atención, e hizo varias críticas, a las cuáles respondió con detalle el postulador de la causa. Santa Catalina, como hemos visto, nació en 1522 y murió en 1590; desgraciadamente fue recién en 1614 cuando tuvo lugar el primer examen jurídico de testigos, en relación con la causa de beatificación. Como el anillo se había manifestado originalmente en abril de 1542, era prácticamente imposible que ninguna de las monjas que formaban parte de la comunidad cuando ocurrió esta maravilla, pudiera estar viva para dar su testimonio en 1614, setenta y dos años después. Se asegura al menos que el fenómeno se registró con intervalos, durante toda la vida de Catalina; además de testimonios escritos y de segunda mano, algunos testigos pudieron dar una relación de lo que ellos mismos habían visto. Los testimonios, en general, parecen contradictorios. Tal vez las pruebas más valiosas que se tienen en el proceso de beatificación sean dos documentos escritos, uno, la carta del Padre Neri, dominico, fechada el año 1549, o sea siete años después de los esponsales místicos; el otro, unas cuantas notas hechas por la hermana María Magdalena Strozzi, amiga íntima de Catalina, quien la atendió en su enfermedad. El primero relata la aparición de Nuestro Señor el domingo de Pascua y comenta particularmente que el anillo fue colocado en el dedo índice de su mano izquierda. Después de lo cual, prosigue: «Los superiores de nuestra provincia han descubierto que, durante una quincena de Pascua, el anillo verdadero, o sea el anillo de oro con su diamante, fue visto por tres hermanas muy santas, en tres ocasiones diferentes. Cada una de ellas mayor de cuarenta y cinco años de edad. La primera fue la hermana Potenciana de Florencia, la segunda, la hermana María Magdalena de Prato (esta fue María Magdalena Strozzi, quien dejó una relación manuscrita de su bienamada madre Catalina), y la tercera fue la hermana Aurelia de Florencia. La superiora de Catalina le mandó que pidiera un favor a Jesucristo y Él concedió que todas las hermanas vieran el anillo, o al menos algo en su lugar, durante tres días consecutivos el lunes, el martes y el miércoles de la semana de Pascua. Durante esos días, todas las hermanas vieron en su dedo, junto al dedo medio de la mano izquierda, y en el sitio donde ella decía que estaba el anillo, un rombo rojo («quadretto») en el lugar de la piedra o diamante, y del mismo modo contemplaron un aro rojo alrededor de su dedo, en lugar del anillo. Catalina aseguraba que nunca había visto el rombo y el aro de la misma manera que las hermanas, porque ella siempre veía el anillo de oro y esmalte con su diamante. El anillo también fue visto durante todo el día de la Ascensión de 1542 y el día de Corpus Christi, como si fuera un enrojecimiento de la carne». Se añade que esta manifestación estuvo acompañada por un perfume sumamente agradable, que todos percibieron. El padre Neri añade el comentario de que este enrojecimiento del dedo no pudo haber sido causado por alguna pintura o tinte, porque el día de Corpus Christi, como él mismo dice, Catalina fue llevada a la iglesia para que el gobernador de la ciudad pudiera ver este círculo rojo. Pero toda señal del mismo desapareció en su presencia, aunque inmediatamente después se mostró otra vez a las monjas.

En cuanto a la declaración del padre Neri de que tres de las monjas de más edad tuvieron el privilegio de ver el verdadero anillo de oro y esmalte rojo, es curioso que no se encuentre confirmación de esto en las propias notas de la hermana María Magdalena Strozzi, aunque ella es una de las tres mencionadas. Lo que ésta sí pone perfectamente en claro es que, durante los tres días después de Pascua, había un círculo rojo alrededor del dedo de Catalina, el cual describe como un anillo «entre piel y piel», lo que corresponde estrictamente a lo que el Dr. Imbert-Gourbeyre dice de Marie-Julie Jahenny: parecía como si un anillo rojo, de coral, se le hubiera enterrado en la carne del dedo. Además, las notas de la hermana María Magdalena impresionan conmovedoramente por la solicitud y temor que muestra de que Catalina hubiera sido víctima de algún engaño del demonio. Ella se lo dijo a su confesor y juntos hicieron experimentos con cinabrio y otros pigmentos, pero no pudieron reproducir en absoluto algo como el enrojecimiento en el dedo de Catalina. Entonces la hermana María Magdalena fue a ver a la misma Catalina y parece que con toda franqueza le contó sus dudas y escrúpulos. Estas manifestaciones extraordinarias, instaba, eran contrarias al espíritu v tradiciones del convento y eran muy peligrosas para la humildad y el anonadamiento, tan importante en la vida religiosa. Catalina estaba de acuerdo y con todo gusto se prestó a que hiciera lo que quisiera para borrar la señal. Ella sólo se lamentaba y pedía perdón por ser la causa de tanta turbación e intranquilidad espiritual como había en todo el resto de la comunidad. Entonces la hermana María Magdalena le tomó el dedo y lo puso en su boca para saber si tenía algún sabor, y también lo remojó en agua; después trató de quitar la señal con jabón, pero naturalmente nada dio resultado. Por otro lado, Catalina declaró con toda sencillez que ella veía en su dedo un anillo de oro engastado con un diamante ojival y no veía nada más. «Tengo que acudir a la fe», dijo a su amiga, «cuando me dices que tú percibes únicamente una señal roja». Es cierto que el hecho de que santa Catalina veía continuamente el anillo y su piedra con sus ojos corporales, y que no podía ver el círculo rojo, también se menciona en la carta del padre Neri en 1549.

Los hechos son muy inciertos. Existen abundantes pruebas de que algunas veces aparecía la señal de un círculo rojo y un rombo en el dedo de Catalina, de modo que todos podían percibirlo. También parece cierto que ella siempre vio con sus ojos corporales, en aquel dedo, un anillo de oro con diamante engastado, pero no hay prueba satisfactoria que muestre que el anillo de oro haya sido realmente visto por algunos otros. Hay tantos y tan comprobados ejemplos de resplandor que irradia de la cara, manos y vestidos de los místicos cuando están arrobados en éxtasis, que podemos fácilmente conceder que esto pudo haber sucedido en el caso del dedo de Catalina. Si fuera así, posiblemente algunos testigos pudieron haberse engañado al ver la luz brillante y haberla interpretado como un anillo de oro con un diamante, del cual antes habían oído hablar. Una monja explícitamente dijo que el dedo despedía una luz tan brillante, que no podía ver qué clase de anillo lo circundaba.

Santa Catalina de Ricci murió después de una prolongada enfermedad a la edad de sesenta y ocho años, el 2 de febrero de 1590. Los fenómenos extraordinarios de los cuales acabamos de hablar han colaborado a distraer la atención de otros rasgos de su vida. Se distinguió por una «excelente cordura psicológica y moral», y como muchos otros santos contemplativos, fue una buena administradora y cumplidora de los deberes de su casa y cargo. Nunca estaba más feliz que cuando atendía a los enfermos, y su influencia se extendió más allá de las paredes de su convento y de la ciudad. Una de sus características, y no la menos interesante, fue la reverencia que tenía por la memoria de Jerónimo Savonarola, a cuya intercesión celestial atribuía el restablecimiento de su salud en 1540. Santa Catalina fue canonizada en 1747.

Una fuente abundante en datos es «Life of St. Catherine d’Ricci», por F. M. Capes (1905). Las fuentes más auténticas de información son, naturalmente, las declaraciones de los testigos en el proceso de beatificación: una copia del Summarium de Virtutibus está en el Museo Británico. Varios trozos escogidos de las cartas de la santa se han publicado en italiano y francés. Ver P. Thurston, The Phisical Phenomena of Mysticism (1952).

Visto en Católicos Alerta