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RATZINGER/BENEDICTO XVI ¿DOCTOR DE LA IGLESIA?


BENEDICTO XVI ¿DOCTOR DE LA IGLESIA?

Miles Christi – 10/01/2023

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Transcribo seguidamente un breve artículo leído ayer en un conocido sitio católico tradicional español que refleja acabadamente la inmensa confusión imperante sobre la situación de la Iglesia en ámbitos “tradicionalistas” y “conservadores”:

Creo que Benedicto XVI, que fue nuestro Papa, merece ser declarado Doctor de la Iglesia por una razón fundamental: porque supo mostrar la belleza, la bondad y la racionalidad de la fe católica de siempre con los lenguajes y las formas adecuadas en cada momento. Y también porque fue un hombre grande en su humildad. Jamás trato de imponer su fe a los demás, sino de dialogar con todos para mostrar la verdad del hombre y la verdad de Dios hecha carne en Jesucristo gracias al Espíritu Santo. Mostró con obras y palabras que la fe se propone dialogando, razonando, orando, celebrando la sagrada liturgia de la Iglesia. El tiempo dirá si la Iglesia le eleva a los altares, pero creo que sí cumple con los cánones para ser declarado Doctor de la Iglesia.

Es tal la desorientación sobre el tema que me limitaré a decir lo siguiente: todos los papas conciliares han profesado, difundido y puesto en práctica las herejías del CVII. Nadie juzga sus conciencias, eso queda reservado a Dios. Lo que es consternante es que se pretenda erigir a estos papas conciliares en paladines de la fe y en modelo de santidad. 

A modo de ejemplo de lo que digo, cito al Cardenal Ratzinger:

“Si se desea presentar un diagnóstico del texto [Gaudium et Spes] en su totalidad, podríamos decir que, en unión con los textos sobre la libertad religiosa [Dignitatis Humanae] y las religiones del mundo [Nostra Aetate] se trata de una revisión del Syllabus de Pío IX, una especie de Anti-Syllabus […] Limitémonos a decir aquí que el texto se presenta como Anti-Syllabus y, como tal, representa una tentativa de reconciliación oficial con la nueva era inaugurada en 1789”.

Añado citas de otros dos teólogos modernistas muy influyentes que declararon abiertamente el carácter revolucionario y heterodoxo del CVII:

“La Iglesia ha hecho pacíficamente su revolución de octubre” (Yves Congar, Le Concile aujour le jour, 2ª session, París, Cerf, 1964, p. 115). Y a propósito de la Iglesia escribía: “Lumen Gentium abandonó la tesis que la Iglesia Católica sería Iglesia de modo exclusivo” (Yves Congar, Essais Ecuméniques, Le Centurion, 1984, p. 216). En relación con el ecumenismo: “Es claro, sería vano esconderlo: el decreto conciliar Unitatis redintegratio dice sobre varios puntos otra cosa que el ‘fuera de la Iglesia no hay salvación’, en el sentido en que se entendió, durante siglos, este axioma” (Ibid. p. 85). Admitió también Congar que la declaración  Dignitatis Humanae sobre la libertad religiosa es contraria al Syllabus del Papa Pío IX: “Es innegable que la declaración del Vaticano II sobre la libertad religiosa expresa algo muydistinto de aquello que afirmó el Syllabus de 1864, diciendo justamente lo contrario de las proposiciones 16, 17 y 19 de ese documento” (Yves Congar, La crise d’Eglise et Mgr. Lefebvre, París, Cerf, 1977, p. 54). Por su parte, el Cardenal Suenens dijo que “podríamos hacer una lista impresionante de las tesis enseñadas en Roma antes del Concilio como las únicas válidas, y que fueron eliminadas por los Padres conciliares” (I.C.I., 15 de mayo de 1969).

Soy consciente de que es un asunto delicado y puede lastimar la sensibilidad de mucha gente. Pero, precisamente, esto no es una cuestión de “sensibilidad” subjetiva, sino de dichos y hechos objetivos, perfectamente verificables e incompatibles con el catolicismo. Un ejemplo concreto, al alcance de cualquiera que conozca mínimamente la Sagrada Escritura y la doctrina católica: BXVI convocó a las principales falsas religiones del mundo para que orasen a sus “divinidades” a fin de obtener la paz en el mundo. Esto significa, necesariamente, que todas las religiones son caminos legítimos para comunicarse con Dios, lo cual es un caso manifiesto de modernismo y de indiferentismo religioso, claramente condenados por la Iglesia, por ejemplo, en las encíclicas Pascendi y Mortalium Animos, de San Pío X y Pío XI. Pretender, entonces, que BXVI debería ser considerado Doctor de la Iglesia, es, no soloinsostenible, sino completamente surrealista. Naturalmente, esto se aplica también a todo aquel que haya profesado y practicado el ecumenismo y la interreligiosidad conciliares. Y es igualmente válido en lo que concierne a las canonizaciones, ya que sería grotesco imaginar que un santo, propuesto por la Iglesia como un modelo a imitar, pudiera promover la idolatría, por ejemplo…

Cito, a continuación, algunos pasajes de viejas publicaciones en las que explico mi postura sobre el tema:

I. […] El Vaticano, con Francisco a la cabeza, se encuentra abocado de lleno a la tarea de unificar las diversas religiones del orbe y a la humanidad en su conjunto, promoviendo el indiferentismo religioso y profesando sin embozo alguno el humanitarismo laico y naturalista pergeñado en las logias masónicas. Pero deseo hacer acá una indispensable aclaración: así como es importante denunciar los escándalos a repetición perpetrados por Bergoglio, así también lo es el ser consciente de que este hombre no es sino un fruto hediondo del CVII y su ecumenismo modernista, el cual ha sido implementado por todos los papas conciliares a partir de Roncalli, incluyendo a los “tradicionales” JPII y BXVI, quienes fomentaron sistemáticamente el indiferentismo religioso a partir de las jornadas interreligiosas de Asís, convocadas por primera vez en 1986 por Wojtyla, siendo entonces Ratzinger el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, es decir, la persona supuestamente encargada de velar por la ortodoxia doctrinal. Denunciar y combatir a Bergoglio es un deber. Pero denunciar y combatir solamente a Bergoglio es signo de una profunda incomprensión de la causa de los males presentes, constituye una postura a la vez incoherente e inconducente y lleva a una situación de complicidad objetiva con los enemigos de la Iglesia, sin perjuicio de las buenas intenciones que pueda tener cada uno…

II. […] Desgraciadamente, los escandalizados por Amoris Laetitia, por el Sínodo Amazónico y el culto a la “Pachamama”, o por el cuestionamiento del celibato sacerdotal, en general, no perciben esto. No logran comprender que, desde el principio, Bergoglio ha dado muestras indiscutibles de su modernismo visceral, evidenciado por herejías y blasfemias tan numerosas como incesantes, prácticamente todas ignoradas, o minimizadas, dicho sea de paso. Lamento mucho tener que decirlo, pero esto es algo muy grave, dado que, desde esta perspectiva, aparentemente bastaría con que se eliminara una nota al pie de página de Amoris Laetitia -la que deja la puerta abierta para la comunión de los “recasados”-, o con que se preservara la disciplina del celibato sacerdotal, para que la situación retornara a la “normalidad”, o cuando menos, para que se hubiera “evitado lo peor”.

Esta mirada es tan ingenua como irresponsable, puesto que soslaya lo esencial del asunto, que reside en el ecumenismo y el naturalismo modernista de Bergoglio y de todos sus predecesores conciliares -con la sola diferencia de que éstos últimos solían cuidar más las “formas”, de manera análoga al proceder de Napoleón, quien consolidó los principios revolucionarios de 1789 camuflándolos bajo las “formas” del “Antiguo Régimen”-. Las múltiples reuniones interreligiosas de Asís son una prueba irrefragable de ello.

Pero aquí me apresuro a hacer una observación que considero capital, destinada a quienes “suspiran” al recordar los “buenos viejos tiempos” ratzingerianos. Me permito recordarles que Ratzinger fue cómplice y/o activo promotor nada menos que de los cinco grandes aquelarres idolátricos y apóstatas de Asís, mucho antes del lamentable episodio bergogliano de la “Pachamama”, que parece una “minucia”, podríamos decir, en relación al abominable invento wojtyliano. Primero lo hizo como Prefecto del Santo Oficio durante el pontificado del “Magno” polaco, en tres ocasiones; una cuarta vez, convocándolo él mismo, en pleno uso de su prerrogativa pontificia, en 2011; y por quinta y última vez, en su calidad de “Papa Emérito”, en 2016.

Si traigo a colación esas célebres “Jornadas de oración por la Paz” de Asís es solamente porque constituyen el ejemplo más flagrante del modernismo imperante en Roma desde el CVII, y también por concisión, ya que se podrían citar sobre el tema infinidad de textos del “magisterio” conciliar y post conciliar que demuestran fehacientemente este hecho. Imposible dejar de mencionar los documentos conciliares Nostra Aetate, Unitatis Redintegratio y Dignitatis Humanae -pero no exclusivamente-, en los que, en ruptura con casi 2000 años de magisterio eclesiástico, se adoptó una innovadora eclesiología “ecuménica” e “interreligiosa”, de fundamento gnóstico-panteísta, cuya meta es extender paulatinamente los límites de la Iglesia a la humanidad en su conjunto. Combatir los errores actuales sin remontar a sus causas profundas es una actitud incoherente y, huelga decirlo, un callejón sin salida…

Y, precisamente, la gnosis panteísta es el substrato mismo del modernismo, con su doctrina evolucionista de la “inmanencia vital”. Y es el modernismo el que hace posible el ecumenismo conciliar y las susodichas “Jornadas de Asís”. ¿Por qué? Porque el modernismo sostiene que la divinidad yace en las profundidades del psiquismo humano, del cual surgen todas las manifestaciones religiosas, todas ellas instrumentos válidos para vincularse con esa misma “divinidad”. La cual se encuentra en las antípodas del Dios Creador, Redentor y Remunerador, que trasciende infinitamente a sus creaturas. A quien pensara que exagero, lo invitaría a que leyera atentamente la encíclica Pascendi y podrá comprobar esto por sí mismo.

En definitiva, el “pontificado” de Bergoglio encarna la continuidad del proyecto conciliar de desnaturalizar a la Iglesia desde el interior, adaptándola a las ideas revolucionarias, naturalistas, liberales y “progresistas”, -el famoso “aggiornamento” o “puesta al día” de la Iglesia con los tiempos “modernos”-, las cuales fueron difundiéndose gradualmente en Europa desde el “Renacimiento”, seguido por la “Reforma” Protestante y el “Iluminismo” racionalista, y que terminaron imponiéndose a nivel político con la Revolución “Francesa”.

Y el modernismo, heredero del “catolicismo liberal” decimonónico, no es otra cosa que la infiltración eclesial de dichas ideas, la cual fue consumada oficialmente en el Concilio Vaticano II, gracias a la activa y esmerada complicidad de los neo “santos” conciliares Roncalli y Montini, de los cuales el hereje notorio y blasfemador empedernido Jorge Mario Bergoglio es el legítimo y funesto heredero…

III. […] Lamentablemente, estos últimos puntos parecieran constituir el estandarte principal para la inmensa mayoría de los católicos inquietos por la presente situación eclesial. Carentes de una visión global sobre la crisis inaudita que padece la Iglesia, desprovistos de perspectiva histórica acerca de las causas profundas que la desencadenaron -la infiltración modernista en el Vaticano que posibilitó la elección de Roncalli y el consiguiente “aggiornamento” del CVII-, se contentan con librar escaramuzas a diestra y siniestra, mientras el enemigo prosigue impasible en su estrategia de largo alcance para consumar la asimilación de la Iglesia con la Humanidad, de la Naturaleza con la Gracia y la substitución del Cielo por un falso Paraíso terrestre, de conformidad con el ideal masónico de la “Ilustración”.

Pero esta buena gente, y lo digo sin el menor atisbo de menosprecio o ironía, jubila y se alboroza por lo que consideran el “triunfo” logrado gracias a la acción conjunta del “Papa Emérito” -el mismo que fuera cómplice de los cinco aquelarres idolátricos y apóstatas de Asís- y del Cardenal Sarah -el mismo que se la pasa jurando a los cuatro vientos fidelidad al hereje y blasfemador de Bergoglio, y que acepta sin pestañear el falso ecumenismo conciliar-. Y muchos de ellos, si no todos, añoran desconsoladamente los “buenos viejos tiempos” del “Papa” Ratzinger, con su elegancia personal, su fineza intelectual y su despliegue litúrgico “tradicionalista”.

Callejón sin salida y laberinto inextricable es la arena en la que combaten, al ser presa de una incapacidad total para percibir que lo único que distingue a ambos “Papas” son las formas, las maneras, el estilo. La estética no es indicio cierto de ortodoxia, y el boato litúrgico es perfectamente compatible con el ecumenismo, la libertad religiosa, la laicidad del Estado y todas las aberraciones conciliares oportunamente condenadas por el magisterio de la Iglesia.

El apego a una exterioridad revestida de solemnidad y de aspecto piadoso, en detrimento de la substancia doctrinal y del contenido de la fe, responde a un reflejo epidérmico e irracional, omnipresente entre los católicos conciliares antibergoglianos. Reflejo totalmente inconducente, huelga decir, y que evidencia un desconocimiento de fondo acerca de las causas operantes en el desmadre actual, así como también, en ciertos casos, una mezcla de conformismo e indiferencia ante el desastre pavoroso al que asistimos, del cual se prefiere permanecer a una prudencial distancia, para no “complicarse demasiado la vida”.

La Revolución siempre se ha servido de la dialéctica “derecha” e “izquierda”, “conservadores” y “progresistas”, en oscilación permanente, para asegurar la continuidad de su proyecto subversivo, consiguiendo de esta suerte que los “opositores”, muy a pesar suyo, y en general, sin comprenderlo, terminen librando la batalla desde el interior del mismo sistema revolucionario, aceptando sus principios y razonando desde sus premisas, reforzando así su legitimidad social y volviendo utópica cualquier alternativa al statu quo.

Ilustremos esto con un ejemplo histórico: Napoleón no era mejor que Robespierre. De hecho, fue muchísimo peor, pues consolidó definitivamente los principios de 1789, no sólo en Francia, sino en toda Europa, gracias a sus maneras evocadoras del “Ancien Régime”, logrando “tranquilizar” de este modo a un gran número de personas inicialmente refractarias al proceso revolucionario. Es decir, “neutralizó” el grueso de la oposición adoptando un estilo que no generara el rechazo que había suscitado la primera década revolucionaria. Si la “Terreur” se hubiese prolongado más de la cuenta, esto habría sido imposible de lograr.

Pues bien, mutatis mutandis, esto mismo se aplica a Wojtyla y, sobre todo, a Ratzinger, a quienes los “conservadores”, al ver al “Robespierre” Bergoglio imponiendo su “Terreur” eclesiástica, consideran como el paradigma y el modelo del catolicismo. Justamente a quienes invitaron a todas las falsas religiones del planeta a ejercer sus cultos idolátricos en Asís, con el Buda sobre el tabernáculo y los chamanes invocando a los “espíritus”. Ver para creer…

No hay que cansarse de repetirlo: el problema que aqueja a la Iglesia no es Bergoglio. No el principal, a eso me refiero. Él no es más que el rostro visible de la subversión modernista en la etapa actual y transitoria de una revolución que está en curso desde hace más de medio siglo, como lo han sido, en su momento, cada uno de sus predecesores conciliares, desde Roncalli en adelante.

Circunscribirse al caso ciertamente repulsivo del apóstata argentino, y para colmo, alentando veleidades de una supuesta “restauración” en la persona del modernista bávaro, es no solamente cometer un error garrafal y ceder ante una esperanza ilusoria, sino, peor aún, equivale a establecer una complicidad objetiva con los demoledores de la Iglesia, al margen de las buenas intenciones que puedan tener quienes pretenden “resistir” al actual ocupante del Vaticano…

IV. […] Por otro lado, y sin ánimo de provocar, pues comprendo que el asunto es delicado y podría herir susceptibilidades, pregunto: este hecho tan lamentable y escandaloso de la promoción del culto de la “Pachamama” en la mismísima Roma, ¿es peor, acaso, que las múltiples invitaciones efectuadas por Juan Pablo II y Benedicto XVI a las religiones idólatras a “rezar” por la paz en Asís?

Con los templos católicos cedidos a falsos cultos y la jerarquía eclesiástica incitando a los pobres infieles a que invocasen a sus ídolos y a que esperasen de ellos la obtención de la paz para el género humano, confortándolos así en las tinieblas del paganismo, lejos del único y verdadero “Príncipe de la Paz” (Is. 9, 6). Esto es algo tan grotesco que habla por sí mismo…

Y con el agravante de que esas babélicas asambleas fueron convocadas y organizadas nada menos que por los supuestos Vicarios de Jesucristo en la tierra, como si toda religión fuese de suyo un camino bueno y válido para dirigirse a Dios, para orarle y para rendirle el culto que le es debido -al margen de la buena intención que puedan tener sus miembros-.

Personalmente, debo reconocer que, ante la situación actual, no puedo dejar de pensar en la advertencia que hiciera Nuestro Señor, cuando, refiriéndose a los tiempos pre-parusíacos, nos alertaba acerca de la aparición de “falsos Cristos”, quienes, de ser esto posible, lograrían engañar “incluso a los elegidos” (Mt. 24, 24).

Sin olvidar a la bestia de la tierra, descripta por San Juan, que tiene “dos cuernos semejantes a los de un cordero”, pero que habla “como dragón” (Ap. 13, 11), refiriéndose inequívocamente a una impostura religiosa de alcance mundial, en la que el dragón, para poder seducir a la humanidad, se reviste de la apariencia del cordero. Y bien sabido es que el cordero representa a Cristo, y el dragón, a Satanás…

¿Puede, acaso, existir un mayor “misterio de iniquidad”, al decir del Apóstol (2 Tes. 2, 7), que contemplar la “abominación de la desolación en el lugar santo” (Mt. 24, 15), profetizada por Daniel y retomada por Nuestro Señor en su discurso escatológico? Soy consciente de que estas palabras sólo se aplicarán con propiedad al “hombre de pecado” (2 Tes. 2, 3), durante la “gran tribulación” (Mt. 24, 21), pero todo parecería indicar que los sucesos actuales son como el “tipo” de este doble anuncio profético que aún está por verificarse.

A decir verdad, los constantes episodios “ecuménicos” e “interreligiosos” organizados por los papas conciliares no deberían asombrarnos demasiado, puesto que, para el modernismo -que no es sino la versión “cristianizada” de la ancestral gnosis panteísta, como la cábala lo es en el judaísmo-, la religión es un mero producto del subconsciente. Dios se revela en las profundidades de la conciencia humana, y los “dogmas”, por tanto, son expresiones relativas y cambiantes de esta experiencia primordial, conceptualizada y manifestada desde la cosmovisión propia de cada cultura.

De ahí que cada religión, a pesar del particularismo “dogmático” que necesariamente la caracteriza, limitándola, y que por ende no debe ser “absolutizado”, sea un medio legítimo de expresar lo divino y de ponerse en contacto con la misma divinidad, que reside en el hombre, manifestándose progresivamente, y tomando conciencia de sí misma en el devenir histórico. Hegelianismo en estado puro, en definitiva. Y esto, naturalmente, abarca todo tipo de manifestación religiosa, por falsa y aberrante que sea, la de la “Pachamama” incluida. No faltaría más…

Desgraciadamente, como ya he dicho, esta concepción modernista de la religión no es exclusiva de Francisco, sino que ha sido profesada por la jerarquía eclesiástica desde el CVII, de un modo más o menos explícito, basándose, principalmente, en los documentos conciliares referidos a las religiones no cristianas, al ecumenismo y a la libertad religiosa.

El estudio de la encíclica Pascendi, de San Pío X, condenando el modernismo, y, desde un punto de vista negativo, de la “teología” evolucionista de Teilhard de Chardin, es de gran utilidad para comprender lo que está sucediendo en la Iglesia, a saber, la infiltración de la gnosis modernista hasta sus más altas esferas, preludio, seguramente, de la “gran apostasía” final de la que habla San Pablo (2 Tes. 2, 3).

V. […] La cuestión es capital, pues se podría pensar, ilusoriamente, que bastaría con que Francisco diese marcha atrás puntualmente en este tema para que la situación volviera a la normalidad. Voy más lejos: éste no sería el caso ni siquiera si Francisco diese marcha atrás en todo lo que ha hecho desde marzo de 2013. Y ésa es la trampa (sin sugerir que lo hagan conscientemente), de estos cardenales (y de los «conservadores» que los sostienen): pretender resolver la crisis volviendo a la «hermenéutica de la continuidad» de Vaticano II preconizada por BXVI, rechazando la «ruptura» bergogliana, cuando la primer y principal ruptura se produjo en el CVII. En definitiva, que la revolución siga su curso, pero con las «formas tradicionales» de Ratzinger (bonapartismo), dejando de lado los «chocantes excesos» bergoglianos (Robespierre y «la terreur»…)

No hay nada nuevo bajo el sol, la revolución siempre ha operado utilizando esta estrategia, da dos pasos para adelante, la gente sensata se asusta, y luego da uno para atrás, gracias al «coraje» de algún «conservador» en las formas que «se opone» oportunamente a los «excesos repudiables», pero que deja intacto el fondo, a saber, los principios revolucionarios. El resultado es que la gente honesta respira aliviada, creyendo ingenuamente que se ha solucionado el problema, gracias a lo cual, lo único que se ha conseguido, en realidad, es neutralizar cualquier acción auténticamente contrarevolucionaria…

Cuando JPII y BXVI invitaron a todas las religiones del mundo a Asís a rezar a sus «dioses» para obtener «la paz en el mundo» (lo que constituye un pecado formal contra el primer mandamiento y una acción eminentemente blasfematoria y apóstata), los «conservadores» ni se mosquearon. Es más, tampoco se les movió un pelo en septiembre último cuando Francisco mismo convocó Asís V para que nuevamente el «panteón de las religiones» invocara al «Ser Supremo» para que «la paz y la unidad» entre los hombres se hiciera una realidad en el mundo. Estamos hablando de pecados contra la fe, que son mucho más graves que las violaciones de la moral matrimonial y sacramental perpetradas por Bergoglio en AmorisLaetitia…

¿Alguien puede imaginarse tan siquiera un instante a San Pedro o a San Pablo invitando a todas las religiones de su época a invocar a sus falsas divinidades para obtener la paz en el mundo? Es algo tan absurdo, tan surrealista y completamente escandaloso que uno se frota los ojos al observar la indiferencia pasmosa de la inmensa mayoría de los católicos al respecto. Si se leen los Hechos de los Apóstoles se comprende sin dificultad que San Pedro y San Pablo hicieron todo lo contrario de lo que se practica en la Iglesia desde el CVII, y que un hecho de la naturaleza de las reuniones interreligiosas de Asís hubiese suscitado un repudio inmediato y absoluto en cualquier otra época de la historia de la Iglesia. Es por demás evidente que la participación en un evento semejante hubiese sido tenido por un acto manifiesto de apostasía de la religión católica. Quien crea que exagero, puede leer al respecto la encíclica MortaliumAnimos de Pío XI…

En definitiva, si estos cuatro cardenales lograsen «salirse con la suya» contra Francisco, la situación, paradójicamente, sería, a mi entender, peor que la actual, ya que un régimen bonapartista es mucho más nocivo que uno jacobino, porque, como ya dije, cuando esto sucede, la gente buena se tranquiliza y se dice aliviada que «la tormenta ya pasó». Pero en este caso, sería a la espera de que más tarde llegara Asís VI y luego, tarde o temprano (porque no es otra la lógica del proceso ecuménico e interreligioso iniciado por el CVII), la Religión Mundial de la Humanidad, cuyo jefe explicará con toda suerte de argumentos falaces que, para que haya por fin «paz y seguridad» en el mundo deberíamos aceptar de buena gana la instauración del Gobierno Mundial del Anticristo (el cual, obviamente, no será designado con ese nombre)…

VI. […] Un último ejemplo de estos inauditos “saludos ecuménicos”, por si a alguien le quedase todavía alguna duda acerca del indiferentismo religioso fomentado por el Vaticano:

Queridos amigos Hindúes: el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso os envía cordiales saludos y sinceros deseos con ocasión de la Deepavali que este año celebráis el 27 de octubre. Que esta fiesta de luces ilumine vuestros corazones y hogares y traiga alegría y felicidad, paz y prosperidad a vuestras familias y comunidades. Al mismo tiempo, que fortalezca el espíritu de hermandad entre vosotros. (…) La religión nos inspira fundamentalmente a “ver en el otro a un hermano que debe sostener y amar” -Francisco y Ahmaed el-Tayeb, Gran Imán de Al-Azhar en Abu Dhabi, el 4/2/ 2019-. (…) Sólo cuando los seguidores de las religiones se exigen a sí mismos una vida coherente con su ética religiosa, pueden ser vistos como personas que desempeñan realmente su papel de constructores de paz y de testigos de nuestra humanidad compartida.

Y ahora haré una pregunta, cuya respuesta correcta me parece indispensable para poder comprender adecuadamente esta situación inaudita en la historia de la Iglesia que nos toca vivir: ¿cuál es la raíz de estas abominaciones, de este auténtico misterio de iniquidad, que consiste en ver a la jerarquía eclesiástica ejecutar el plan masónico e iluminista de puesta en marcha de una religión humanista planetaria, que trascienda los “dogmas” de las diferentes “tradiciones religiosas”? ¿Es acaso Francisco el único responsable de esta situación apocalíptica?

Imagino que ya habrán adivinado la respuesta. No, de ninguna manera, Bergoglio no es en absoluto el único responsable de lo que está sucediendo en la Iglesia. Él no hace más que implementar el falso ecumenismo y el falaz diálogo interreligioso del CVII, sobre los que se funda el objetivo modernista de constituir una religión global, integrada por todos los “cultos”, unificados bajo la divisa del “humanismo”, la “fraternidad”, el cuidado de la “casa común” y la obtención de una falsa paz mundial, al margen de Nuestro Señor Jesucristo.

Esta empresa, de innegable corte anticrístico, es actualmente llevada por Bergoglio, pero ha sido preparada meticulosamente por todos sus predecesores conciliares. Transcribo seguidamente un pasaje ilustrativo del origen conciliar de esta aberración, tomado del documento Nostra Aetate, referido a las religiones no cristianas -aquí, más precisamente, al hinduismo-:

Las religiones, al tomar contacto con el progreso de la cultura, se esfuerzan por responder a dichos problemas con nociones más precisas y con un lenguaje más elaborado. Así, en el Hinduismo, los hombres investigan el misterio divino y lo expresan mediante la inagotable fecundidad de los mitos y con los penetrantes esfuerzos de la filosofía, y buscan la liberación de las angustias de nuestra condición mediante las modalidades de la vida ascética, a través de una profunda meditación, o bien buscando refugio en Dios, con amor y confianza.

Conviene tener presente que mensajes de este tenor, congratulando a las “religiones” heréticas, cismáticas e idólatras por sus “festividades religiosas”, se vienen enviando desde hace más de cincuenta años. Me parece que ya es ampliamente hora de abrir los ojos y de dejar de idealizar los supuestos “buenos viejos tiempos” de JPII y de BXVI, que practicaron exactamente el mismo ecumenismo apóstata.

No olvidemos que fueron justamente ellos quienes comenzaron con las abominables reuniones interreligiosas de Asís, las tres primeras con JPII como “papa” y con Ratzinger al frente del ex Santo Oficio, es decir, nada menos que como supuesto garante de la ortodoxia doctrinal (!!!), y la cuarta, en 2011, convocada y presidida por el mismo Ratzinger devenido ya BXVI…

En comparación con ellas, el reciente episodio de la “Pachamama” en los jardines vaticanos                -grotesco espectáculo montado por Bergoglio para poner de relieve su maligno “sínodo amazónico”-, podría ser considerado como un incidente menor, como una suerte de “mini réplica” de los multitudinarios aquelarres pergeñados por Wojtyla y Ratzinger, y que el mismo, al estar en perfecta consonancia con el proyecto ecuménico conciliar y con lo hecho por sus predecesores, en buena lógica, no tendría que haber sorprendido a nadie. Veamos un testimonio muy esclarecedor al respecto:

Queridos hermanos y hermanas, en el Mensaje para la Jornada de la Paz de hoy subrayé que las grandes religiones pueden constituir un importante factor de unidad y de paz para la familia humana, y recordé, al respecto, que en este año 2011 se celebrará el 25° aniversario de la Jornada mundial de oración por la paz que el venerable Juan Pablo II convocó en Asís en 1986. Por esto, el próximo mes de octubre, iré como peregrino a la ciudad de san Francisco, invitando a unirse a este camino a los hermanos cristianos de las distintas confesiones, a los representantes de las tradiciones religiosas del mundo, y de forma ideal, a todos los hombres de buena voluntad, con el fin de recordar ese gesto histórico querido por mi predecesor y de renovar solemnemente el compromiso de los creyentes de todas las religiones de vivir la propia fe religiosa como servicio a la causa de la paz. Quien está en camino hacia Dios no puede menos de transmitir paz; quien construye paz no puede menos de acercarse a Dios. Os invito a acompañar esta iniciativa desde ahora con vuestra oración.

Éstas son palabras de BXVI, pronunciadas el primero de enero de 2011, tras haber convocado “Asís IV”, con motivo del 25 aniversario de “Asís I”, invocando descaradamente la bendición de Jesús y de María para legitimar su perversa iniciativa ante los fieles incautos:

Por esto, ante el ícono de la Virgen Madre, la Iglesia en este día invoca de Dios, por medio de Jesucristo, el don de la paz: es la Jornada mundial de la paz, ocasión propicia para reflexionar juntos sobre los grandes desafíos que nuestra época plantea a la humanidad.

Estas dos últimas citas van dirigidas a los cada vez más numerosos ilusos que, escandalizados con razón por las incesantes tropelías de Bergoglio, se empecinan, contra toda evidencia, en ver en BXVI el supuesto refugio de los fieles desamparados y un campeón de la fe católica. Algunos llegan incluso a considerarlo como el papa legítimo, quien estaría aguardando pacientemente su hora para manifestar ante el mundo la invalidez de su renuncia, retornar a la sede petrina, escarmentar al usurpador y muy hereje de Bergoglio y restaurar la sana doctrina. Ver para creer…

Lo que es indispensable comprender, de una buena vez, es que el plan ecuménico conciliar fue la razón de ser de esa funesta asamblea, y que dicho plan se viene efectuando de manera gradual desde hace más de medio siglo, a través de la acción mancomunada, uniforme y perfectamente coherente de todos los “papas conciliares”.

La principal característica de este plan es la de ser monolítico, innegociable e ineluctable, puesto que se trata de la realización en directo de la “gran apostasía” anunciada por San Pablo, consumada de manera oficial por la jerarquía eclesiástica, preludio necesario a la manifestación pública del Anticristo, del cual Francisco, posiblemente, vaya a ser el falso profeta…

Y este plan es exactamente el mismo tanto si es ejecutado con muceta e incienso y modales refinados -esto es, recurriendo a formas “tradicionales” para engañar mejor a los inocentes-, como empleando maneras plebeyas y repulsivas. ¿Hace falta acaso aclarar que lo primero es mucho más peligroso que lo segundo?

VII. […] Veamos ahora dos citas de Benedicto XVI que prueban el alcance de la influencia ejercida por Teilhard. La primera está tomada de su libro Luz del mundo:

[Dios] Pudo así crear también en la resurrección una nueva dimensión de la existencia, pudo colocar, como dice Teilhard de Chardin, más allá de la biosfera y de la noosfera, una esfera nueva en la que el hombre y el mundo llegan a la unidad con Dios.

La segunda es un extracto de su homilía en la catedral de Aosta del 7 de julio de 2009, en la cual Ratzinger, hablando de la Eucaristía, cita explícitamente a Teilhard, haciéndose eco de su libro herético, naturalista y panteísta La misa sobre el mundo:

La función del sacerdocio es consagrar el mundo para que se transforme en hostia viva, para que el mundo se convierta en liturgia: que la liturgia no sea algo paralelo a la realidad del mundo, sino que el mundo mismo se transforme en hostia viva, que se convierta en liturgia. Es la gran visión que tuvo también Teilhard de Chardin: al final tendremos una auténtica liturgia cósmica, en la que el cosmos se convierta en hostia viva./ 

He aquí, a título ilustrativo, un corto pasaje de la obra impía del jesuita apóstata francés:

En la nueva humanidad que se está engendrando hoy, el verbo ha prolongado el acto sin fin de su nacimiento, y en virtud de su inmersión en el seno del mundo, las grandes aguas de la materia se han cargado de vida sin estremecimiento. Nada se ha estremecido en apariencia en esta inefable formación y, sin embargo, al contacto de la palabra sustancial, el universo, inmensa hostia, se ha convertido misteriosa y realmente en carne. Desde ahora toda la materia se ha encarnado, Dios mío, en tu encarnación. […] Haz, Señor, que tu descenso bajo las especies universales no sea por mí estimado y acariciado sólo como el fruto de una especulación filosófica, sino que se convierta verdaderamente en una Presencia real./

De este modo, Benedicto XVI ostenta el dudoso privilegio de haber sido el primer papa conciliar que se atrevió a nombrar públicamente a Teilhard de Chardin, para ensalzarlo de manera entusiasta y suscribiendo sin reservas a su muy peculiar cosmovisión religiosa.

El motivo por el cual me he permitido transcribir todas estas citas de Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI en un estudio consagrado a Francisco es para que no se pierda de vista que Bergoglio no es más que un eslabón de una larga cadena de penetración de las ideas gnósticas en la Iglesia. El último, el más chocante y escandaloso, el que osó quitarse la máscara con un descaro a toda prueba, exhibiéndose tal cual es, en toda su fealdad y su malicia diabólica, pero que no habría podido hacer nada si el trabajo de zapa metódico de infiltración modernista no hubiera sido efectuado en todas las áreas de la vida eclesial desde hace más de medio siglo por todos y cada uno de sus antecesores…

Para finalizar este capítulo, no encuentro nada más adecuado que hacerlo con un pasaje del sermón dado por el Padre Raniero Cantalamessa, el predicador oficial de la Casa Pontificia, en la basílica de San Pedro, durante el oficio de Vísperas de la Jornada mundial de oración por el cuidado de la creación, instituida por Francisco en 2015:

¡Cuánto ha tenido que esperar el universo, qué gran carrera tuvo que tomar, para llegar a este punto! Miles de millones de años, durante los cuales la materia a través de su opacidad, avanzaba hacia la luz de la conciencia, como la linfa que del subsuelo sube con esfuerzo hacia la cima del árbol para expandirse en hojas, flores y frutos. Esta conciencia se alcanzó finalmente cuando apareció en el universo lo que Teilhard de Chardin llama ‘‘el fenómeno humano’’. Pero ahora que el universo ha alcanzado su objetivo, exige que el hombre cumpla su deber, que asuma, por así decirlo, la dirección del coro y entone en nombre de toda la creación: ‘‘¡Gloria a Dios en lo alto del cielo!’’.

VIII. […] Ya he abordado el asunto del mundialismo y el modo en que Francisco lo propicia a toda costa, en particular por su «prédica ecológica» y su cruzada contra el supuesto «calentamiento climático». Esta unidad del mundo que deja de lado a Cristo y a su Iglesia, concebida para un contexto laico y naturalista, ha sido evocada por Francisco en múltiples oportunidades. He aquí dos de ellas, tomadas de su panfleto socialo-ecologista Laudato Si’:

Se vuelve indispensable crear un sistema normativo que incluya límites infranqueables y asegure la protección de los ecosistemas, antes que las nuevas formas de poder derivadas del paradigma tecnoeconómico terminen arrasando no sólo con la política sino también con la libertad y la justicia. § 53

Desde mediados del siglo pasado, y superando muchas dificultades, se ha ido afirmando la tendencia a concebir el planeta como patria y la humanidad como pueblo que habita una casa de todos. Un mundo interdependiente no significa únicamente entender que las consecuencias perjudiciales de los estilos de vida, producción y consumo afectan a todos, sino principalmente procurar que las soluciones se propongan desde una perspectiva global y no sólo en defensa de los intereses de algunos países. La interdependencia nos obliga a pensar en mundo único, en un proyecto común. § 164

Concebir el planeta como «patria», pensar en un «mundo único», crear un «sistema normativo» con «límites infranqueables»: ¿es necesario precisar que lo que Francisco preconiza no es sino la instauración de un gobierno mundial dotado de un poder político efectivo, que no se funda en los Mandamientos sino en los Derechos Humanos masónicos y en el falso Evangelio Ecológico expuesto en Laudato Si’? Digámoslo claramente: para que el proyecto cosmopolita y apátrida onusino se vuelva coercitivo y pueda concretarse en una República Universal, so capa de «cuidado» de nuestra «casa común» amenazada por el «calentamiento global», hace falta establecer una autoridad planetaria capaz de imponer esta utopía totalitaria a los refractarios. Este objetivo es aun más explícito en el siguiente pasaje de la encíclica, en el que Francisco cita a Benedicto XVI, quien a su vez invoca a Juan XXIII, lo que demuestra, por si alguna duda cupiese, la continuidad del proyecto masónico de los predecesores de Francisco desde el CVII:

[…] se vuelve indispensable la maduración de instituciones internacionales más fuertes y eficazmente organizadas, con autoridades designadas equitativamente por acuerdo entre los gobiernos nacionales, y dotadas de poder para sancionar. Como afirmaba Benedicto XVI […]: ‘‘para gobernar la economía mundial, para sanear las economías afectadas por la crisis, para prevenir su empeoramiento y mayores desequilibrios consiguientes, para lograr un oportuno desarme integral, la seguridad alimenticia y la paz, para garantizar la salvaguardia del ambiente y regular los flujos migratorios, urge la presencia de una verdadera Autoridad política mundial, como fue ya esbozada por mi Predecesor, [san] Juan XXIII’’ (Caritas in Veritate n° 67) § 175.

Este párrafo número 67 de la encíclica Caritas in Veritate, de Benedicto XVI, constituye un auténtico manifiesto ideológico del Nuevo Orden Mundial a ser instaurado bajo los auspicios de la ONU y propone todo un programa de acción. Por tanto es conveniente referirlo íntegramente, no obstante su extensión. Las palabras subrayadas se encuentran en cursiva en el texto original:

Ante el imparable aumento de la interdependencia mundial, y también en presencia de una recesión de alcance global, se siente mucho la urgencia de la reforma tanto de la Organización de las Naciones Unidas como de la arquitectura económica y financiera internacional, para que se dé una concreción real al concepto de familia de naciones. Y se siente la urgencia de encontrar formas innovadoras para poner en práctica el principio de la responsabilidad de proteger y dar también una voz eficaz en las decisiones comunes a las naciones más pobres. Esto aparece necesario precisamente con vistas a un ordenamiento político, jurídico y económico que incremente y oriente la colaboración internacional hacia el desarrollo solidario de todos los pueblos. Para gobernar la economía mundial, para sanear las economías afectadas por la crisis, para prevenir su empeoramiento y mayores desequilibrios consiguientes, para lograr un oportuno desarme integral, la seguridad alimenticia y la paz, para garantizar la salvaguardia del ambiente y regular los flujos migratorios, urge la presencia de una verdadera Autoridad política mundial, como fue ya esbozada por mi Predecesor, Juan XXIII. Esta Autoridad deberá estar regulada por el derecho, atenerse de manera concreta a los principios de subsidiaridad y de solidaridad, estar ordenada a la realización del bien común, comprometerse en la realización de un auténtico desarrollo humano integral inspirado en los valores de la caridad en la verdad. Dicha Autoridad, además, deberá estar reconocida por todos, gozar de poder efectivo para garantizar a cada uno la seguridad, el cumplimiento de la justicia y el respeto de los derechos. Obviamente, debe tener la facultad de hacer respetar sus propias decisiones a las diversas partes, así como las medidas de coordinación adoptadas en los diferentes foros internacionales. En efecto, cuando esto falta, el derecho internacional, no obstante los grandes progresos alcanzados en los diversos campos, correría el riesgo de estar condicionado por los equilibrios de poder entre los más fuertes. El desarrollo integral de los pueblos y la colaboración internacional exigen el establecimiento de un grado superior de ordenamiento internacional de tipo subsidiario para el gobierno de la globalización, que se lleve a cabo finalmente un orden social conforme al orden moral, así como esa relación entre esfera moral y social, entre política y mundo económico y civil, ya previsto en el Estatuto de las Naciones Unidas./

He aquí un breve extracto de la encíclica de Juan XXIII Pacem in Terris, publicada el 11 de abril de 1963, documento que hizo oficial la adhesión del Vaticano al mundialismo masónico de la ONU:

No se nos oculta que ciertos capítulos de esta Declaración [Universal de los Derechos Humanos] han suscitado algunas objeciones fundadas. Juzgamos, sin embargo, que esta Declaración debe considerarse un primer paso introductorio para el establecimiento de una constitución jurídica y política de todos los pueblos del mundo. En dicha Declaración se reconoce solemnemente a todos los hombres sin excepción la dignidad de la persona humana y se afirman todos los derechos que todo hombre tiene a buscar libremente la verdad, respetar las normas morales, cumplir los deberes de la justicia, observar una vida decorosa y otros derechos íntimamente vinculados con éstos. Deseamos, pues, vehementemente que la Organización de las Naciones Unidas pueda ir acomodando cada vez mejor sus estructuras y medios a la amplitud y nobleza de sus objetivos. ¡Ojalá llegue pronto el tiempo en que esta Organización pueda garantizar con eficacia los derechos del hombre!, derechos que, por brotar inmediatamente de la dignidad de la persona humana, son universales, inviolables e inmutables.

Esta política será seguida escrupulosamente por todos los papas conciliares, comprometidos enteramente con la promoción del mundialismo laico y naturalista que hace del hombre y de su «carácter sagrado» la piedra angular de la vida social y de los principios jurídicos que regulan las relaciones internacionales. Esta misma línea de sostén incondicional del proyecto globalista onusino fue la adoptada por Pablo VI en su discurso del 4 de octubre de 1965:

Los pueblos se vuelven a las Naciones Unidas como hacia la última esperanza de concordia y paz; […] Estaríamos tentados de decir que vuestra característica refleja en cierta medida en el orden temporal lo que nuestra Iglesia Católica quiere ser en el orden espiritual: única y universal. No se puede concebir nada más elevado, en el plano natural, para la construcción ideológica de la humanidad. […] Lo que vosotros proclamáis aquí son los derechos y los deberes fundamentales del hombre, su dignidad y libertad y, ante todo, la libertad religiosa. Sentimos que sois los intérpretes de lo que la sabiduría humana tiene de más elevado, diríamos casi su carácter sagrado. Porque se trata, ante todo, de la vida del hombre y la vida humana es sagrada.

¡Poco faltó para que Pablo VI equiparara las Naciones Unidas, por su casi «carácter sagrado» (que entre otras cosas promueve el aborto y la aceptación de la homosexualidad), a la Santa Iglesia Católica!

Para concluir la demostración, leamos las declaraciones panegíricas que Juan Pablo II hizo de la ONU el 2 de octubre de 1979:

Léase el resto en los documentos del artículo en PDF Y WORD

2 respuestas »

  1. Buen y Santo Día del Señor.

    El problema creo es que seguimos pretendiendo encontrar respuestas dentro de lo que NO ES LA IGLESIA CATÓLICA y por tanto los supuestos papas son los papas de la Iglesia Católica.

    Esta es LA RAMERA, la Iglesia de Satanás, su Anticristo y Precursor, la que inció EL REINADO DEL ANTICRISTO, el de los tiempos del Fin. Del Fin del Siglo.

    Por tanto discutir sobre si Ratzinger es o no papa católico es claro que distrae de la grey católica para poner los pies en polvoroza y cumplir con el mandato de Nuestro Señor Jesucristo: «Salid de ella pueblo mío…..»

    Podemos MOSTRAR que esta iglesia NO ES CATÓLICA Y POR TANTO NO ES LA IGLESIA CATÓLICA.

    Podemos MOSTRAR que estos papas de la Iglesia de Satanás y sus Anticristos que inaugura el Reinado del Anticristo a partir de la muerte del último Papa: Pío XII, no son los papas de la Iglesia Católica porque NO SON CATÓLICOS.

    Baste decir que Ratzinger NO CREÍA EN EL CONCILIO VATICANO I y lo que de él salió para toda la Iglesia Universal! SU MAGISTERIO INFALIBLE Y SAGRADO OBLIGATORIO PARA TODO EL MUNDO Y PUEBLO CATÓLICO.

    En cuanto a su ser NO CATÓLICO BASTARÍA CON SU DEMOSTRACIÓN PÚBLICAMENTE REITERADA DE SU APOSTASÍA.

    Ratzinger participó varias veces de los cultos judíos, donde el Rabino públicamente rogaba a su dios el envío del MESÍAS. Esto dice de Ratzinger que es un hereje, cismático y apóstata PÚBLICO, que NO CREE EN JESÚS MESÍAS Y ÚNICO SEÑOR Y DIOS DE LA HISTORIA.

    No solo estamos obligados por el Magisterio de la Iglesia a no participar de cultos a-católicos, ESTAMOS OBLIGADOS POR AMOR DE NUESTRO DIOS A NOSOTROS Y DE NOSOTROS A NUESTRO DIOS Y SEÑOR NUESTRO, TRINO Y UNO, Y AL MESÍAS PROMETIDO: JESUCRISTO a DENUNCIAR Y JAMÁS PARTICIPAR DE RITO ALGUNO DONDE SE LO NIEGUE.

    Y es clarísimo que todo RITO Judío, Musulmán, Pagano, Cismático, Hereje es Apóstata porque la Santísima Trinidad es negada, Jesús es negado como Dios y Mesías, Su Santísima Madre es negada cuando no todos ellos además son DENOSTADOS, INSULTADOS Y AGRAVIADOS constantemente.

    Por tanto Joseph Ratzinger es UN ANTI-CRISTO porque está CONTRA CRISTO. Fue Papa de la Falsa Iglesia, de la Ramera, de la Iglesia del Anticristo y de Satanás que inauguró el Reinado del Anticristo con el Novus Ordo Missae y todos los documentos emanados durante el conciliábulo anticatólico llamado Vaticano II, hasta el último de los documentos que sean dados a conocer por la secta al momento de la Venida en Gloria del Rey y Señor Dios Nuestro Jesucristo.

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